ENTREVISTAS

21.03.2012

“El periodista es la voz de quien no puede hablar”

Rosa María Calaf nos saca un año de ventaja: cuando nació MSF, ella ya llevaba un año trabajando en TVE. Fue la primera reportera de una televisión que crecía con un ojo puesto fuera de nuestras fronteras. Su buen hacer, su inconfundible voz y su pelo colorado nos llegaron desde más de 170 países. A “la Calaf” aún la paran por la calle para darle las gracias por enseñarnos el mundo.

Viajar para ti ha sido siempre una forma de vida, ¿verdad?
El viaje es trasformación y aprendizaje. Debes tener los ojos abiertos y una actitud receptiva para no rechazar lo diferente ni tenerle miedo. Se aprende de lo diferente. Hay que buscar lo que une, hacer un ejercicio de comprensión. Esa es la función esencial de los periodistas: acercar lo distinto, ser los ojos y los oídos de la persona que no puede estar ahí, y la voz del que está en el otro lado y no puede contar lo que le pasa.

El mundo del periodismo ha cambiado desde que tú empezaste.
Cuando yo empecé era mucho más fácil que ahora, por eso no me gusta ponerme medallas. Ahora es más difícil resistir a la estética cinematográfica de la tragedia, que se ha impuesto por encima de la información. También el cooperante lo tiene más difícil. Creo que hay muy pocas ONG que sepan resistir a esas presiones. Una de las que ha conseguido mantenerse al margen del circo mediático-humanitario es Médicos Sin Fronteras.

¿En qué otros aspectos crees que se han traspasado los límites de la ética?
Algo que yo jamás he hecho, por ejemplo, ha sido subirme en los helicópteros destinados a la ayuda humanitaria, sobre todo en las primeras 48 horas. Si tú te montas en ese helicóptero, hay menos hueco para ayuda de emergencia. En el terremoto de la Isla de Nias, en Indonesia, llegué allí tras 12 horas de viaje por carretera y barco. Recuerdo que en la tele me dijeron: “Alguien va a llegar antes que tú”, y yo les contesté: “¡Me importa un bledo! Yo no voy a tener sobre mi conciencia que hayan bajado 300 kilos de carga de emergencia para que nos subamos yo y el cámara”. Siempre he ido por tierra, encontrándome otras historias por el camino.

Pero, llegando antes, también cumples un papel: informar antes al público, generar solidaridad…
Ese no puede ser siempre el pretexto. Hay casos y casos. Si hay 300 helicópteros, puede haber uno o dos que se dediquen a la prensa y que cumplan esa función de lograr imágenes inmediatas que provoquen antes la solidaridad. Pero cuando no hay comunicación con la zona afectada, no se sabe todavía el número de muertos y hay pocos helicópteros, no puedes subirte tú. Además, hoy en día, de esos mismos helicópteros muchas veces llegan ya imágenes de móviles grabadas por los militares o los cooperantes. En esas primeras horas, ese material puede servir a los medios para explicar lo difícil que es acceder a la zona, creando incluso más expectación precisamente por la falta de imágenes propias.

Hay otro factor: la competencia mediática es brutal
En mi última etapa he visto cómo cuenta más el estar que el saber, y se informa de una forma frívola, sin pensar en el beneficio de la víctima. Es tremendamente contradictorio, porque aquí la gente piensa en la víctima y es eso lo que genera solidaridad. En una catástrofe, en un conflicto o en una emergencia silenciosa, siempre el objetivo para un periodista deber ser la víctima.Esa ha sido siempre mi máxima: ayudar a la víctima contando lo que pasa. Y en ese sentido lo enlazo con la labor de las ONG, que deberían hacer lo mismo y no estar en una crisis por estar, para que se las vea. Ahora vivimos en una industria del espectáculo humanitario. Antes se podía confiar en muchas organizaciones porque trabajaban por el interés de la víctima y no por el de la organización, al igual que el periodista trabajaba por la información y no por la audiencia.

Pocos medios de comunicación hacen autocrítica… 
Es muy triste. En toda mi trayectoria, en estos contextos jamás he puesto un micrófono a alguien sin preguntarle antes. Estas víctimas indefensas merecen respeto. Yo tengo una cosa muy clara: si no puedo entrevistarles, lo explico, les saco de cuadro y digo que no se pudo hablar con ellos; pero jamás se debe encender la cámara. Además, un periodista tiene que ser consciente de que lo que el entrevistado diga a cámara puede perjudicarle. En situaciones de dictadura, por ejemplo, tienes que proteger a la víctima de sí misma, porque ella puede no darse cuenta de las consecuencias que le puede acarrear lo que diga. A ti te queda una crónica preciosa, pero esas personas, como ya ha pasado, son detenidas, sufren represalias, acaban encarceladas.

Las ONG son importantes fuentes de información y están sometidas a mucha presión de la prensa en escenarios de conflicto. ¿Qué les recomendarías?
Que tengan cuidado porque, desde determinado sector de la prensa sin escrúpulos, se les va a empujar a que faciliten un acceso a las víctimas que en realidad no viene motivado por una preocupación por la suerte de estas últimas. Una ONG seria y comprometida no puede caer en este juego. Existe la presión de salir en la foto, porque si no sale, “saldrá otra ONG”. Yo les diría: “Pues que salga cualquier otra”. Lo que no se puede es traspasar determinados límites. Es muy importante que las ONG que verdaderamente trabajan por las víctimas sepan diferenciar las clases de periodistas que cubren este tipo de noticias, porque hoy todo el mundo se llama periodista. Pero muchos se comportan muy mal, hacen tierra quemada para la buena información. Muchas veces no puedes acceder a ciertas cosas porque la gente ya no te deja, porque le han pasado por encima de tal manera que ya no quieren ni ver a un periodista. Esa falta de credibilidad que tenemos hoy en día los periodistas, esa mala imagen, es culpa nuestra. No puedes pretender que te respeten si tú no respetas a los demás.

¿Cómo ha sido tu relación con MSF?
Siempre he tenido la sensación de que MSF estaba donde había que estar. No era tan fácil acceder a MSF como a otras organizaciones que buscan un efecto inmediato. Eso siempre me ha gustado. Y yo creo que esa política ha respondido a que su objetivo siempre ha sido atender a las víctimas y no estar en el escaparate. Mientras que hay muchas ONG que tienen grandes problemas para trasmitir una imagen de seriedad, en MSF creo que no ha habido grandes fisuras. Tal vez por sus orígenes, por cómo nació, y porque los trabajadores de MSF a los que he conocido en mis viajes siempre me han parecido personalidades carismáticas, convincentes, con una gran fuerza personal y, ante todo, muy profesionales. En un contexto en el que la acción humanitaria ha sido desvirtuada con elementos que no la han ayudado, complicándole el ejercicio de su labor, ONG como MSF deberían luchar con uñas y dientes para que no sean identificadas con ningún tipo de ideología, y poder así ayudar a la víctimas… Algo que también deberían hacer un periodista serio y un buen medio de comunicación.

Visita '40 años de acción humanitaria'

Ver la entrevista en la revista MSF90

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