ENTREVISTAS

23.05.2008

"Todo lo que tenían para llevarse a la boca durante los primeros días eran cocos"

Un médico con amplia experiencia que acaba de volver de la región del Delta da su testimonio.

© MSF

Desde que el ciclón Nargis asoló la región del delta en Myanmar el 3 de mayo, más de 250 trabajadores de MSF han estado trabajando las veinticuatro horas del día para proporcionar ayuda médica y distribuir alimentos y abrigo a los supervivientes. Hasta la fecha, nuestro personal ha tratado a cientos de pacientes y ha distribuido unas 70 toneladas de alimentos y material cada día. El 21 de mayo un médico con larga experiencia que acaba de regresar del Delta nos relató sus vivencias:

El 6 de mayo salí de Yangon y tras un día de viaje llegamos a la orilla oeste de la región del Delta. Cuando llegamos a la isla principal, lo primero que vi fue que el embarcadero, donde normalmente solíamos atracar nuestra barca, estaba completamente destruido, por lo que tuvimos que saltar al agua de dos metros de profundidad desde la embarcación y cargados con los kits médicos, las bolsas de arroz, etc cruzar hasta la orilla. Había personas de pie entorno al embarcadero destruido y otras esperando en sus casas, sin techo.

Puedo hablaros de un día en particular que me ha venido a la mente. Mi equipo, formado por 22 personas, se levantó a las cuatro y media de la mañana y lo cargamos todo en el barco. Ese día llovió mucho y resultó muy difícil llegar a la aldea. Llegamos allí a las seis y pudimos ver cadáveres en el río y que casi todos los árboles, incluyendo los cocoteros, se habían caído. Los árboles que todavía quedaban en pie no tenían ni una sola rama – parecían esqueletos. Como las casas, que también parecían esqueletos. Y los supervivientes…parecían abatidos.

Cuando llegamos allí lo descargamos todo y montamos la consulta. Algunos de nosotros recorrimos la zona evaluando la situación y hablamos con el líder del poblado y con los monjes en el monasterio. Anotamos el número de familias que habían sobrevivido y entonces empezamos una distribución de alimentos (arroz, aceite para cocinar, latas de pescado, judías) y material de abrigo (lonas de plástico, cubos, jabón y utensilios de cocina). Tardamos unas 4 horas en pasar por 600-700 viviendas. A las siete de la tarde, aproximadamente, acabamos nuestra distribución y regresamos a nuestra consulta.

Durante los primeros dos días después del ciclón, la gente que había sobrevivido se refugió en los monasterios mientras intentaban reparar sus casas y construir tejados con hojas de cocotero. Todo lo que tenían para llevarse a la boca durante los primeros días eran cocos.

La mayoría de los problemas de salud que hemos visto son heridas infectadas, fiebres y diarreas. La mayoría de las heridas son cortes causados por madera o bambú o también por los clavos de las casas destruidas.

Todos los equipos de MSF en la región del delta trabajan realmente duro. Tras dos semanas, algunos están muy cansados tanto física como mentalmente. Para muchos de nuestros trabajadores birmanos ésta es la primera vez que ven tantos cadáveres y viven una situación de post catástrofe como esta. Algunos de ellos están impactados. Pero durante su trabajo, olvidan la tristeza y se limitan a trabajar y trabajar. Están muy motivados.

Personalmente, cuando vi que la gente no tenía acceso ni a atención médica ni a alimentos ni a abrigo me sentí triste. Pero luego, me decía a mi mismo, “estamos trabajando para ellos y me siento feliz porque puedo ayudar”.

Recuerdo muy especialmente el caso de un hombre y su esposa. Les visité porque tenían pequeños cortes y mientras les curaba me contaron su historia. Sobrevivieron a la catástrofe, pero desgraciadamente su pequeña de tres o cuatro años murió. Cuando cayó la tormenta y el nivel del agua subió, todavía estaban los tres juntos e intentaron salvarse. La tormenta duró entre 6 y 8 horas. En medio de la tempestad, tras 3 ó 4 horas, el hombre dijo a su esposa: "No te puedo salvar porque tengo que salvar a la niña”. La madre respondió: "De acuerdo, coge a la pequeña y sálvala". El hombre me contó que con su hija en los hombros nadó y nadó y, tras tres horas, ya no le quedaban fuerzas. Tuvo que dejar a su hija: “No te puedo salvar porque si no moriremos los dos". Así que perdió a su hija. Por suerte, la madre encontró un trozo de madera y consiguió mantenerse con vida. Se encontraron en el campo de refugiados. Lloraron delante de mí, todos lloramos. Hay mucha gente en esta misma situación.