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23.03.2012

Mejorar la detección y tratamiento de la tuberculosis en tres prisiones de Camboya

Médicos Sin Fronteras (MSF) está ampliando sus actividades en tres cárceles de Phnom Penh, la capital camboyana, añadiendo servicios de atención primaria a los que ya ofrece para dar apoyo a la detección y tratamiento del VIH y la tuberculosis entre los reclusos.

© Eddy McCall

La organización médico-humanitaria trabaja desde febrero de 2010 en los centros penitenciarios CC1, CC2 y PJ de  Phnom Penh, que representan el 25% de la población reclusa total de Camboya, con el objetivo de mejorar la detección de la tuberculosis (TB) y el VIH/sida, y ofrecer atención médica adecuada a los reclusos afectados por ambas enfermedades durante su encarcelamiento.

Las condiciones de hacinamiento, escasa ventilación y humedad de las prisiones camboyanas las convierten en perfecto caldo de cultivo para la transmisión de la enfermedad, que se contagia a través del aire cuando una persona infectada tose.

Camboya es uno de los 22 países del mundo con mayores tasas de TB y la prevalencia de la enfermedad entre los presidiarios camboyanos es entre cuatro y seis veces mayor que la de la población general. Los niveles de VIH son hasta nueve veces mayores. La combinación de ambas enfermedades puede ser letal.

“Los prisioneros suelen proceder de poblaciones con escasos recursos, que son más vulnerables a la tuberculosis y que con frecuencia no tienen acceso a servicios de salud”, explica el coordinador general de MSF en Camboya, Jean-Luc Lambert. “Un problema añadido es que las prisiones tienen una gran rotación de internos porque son trasladados o puestos en libertad, lo que supone además una seria amenaza para la salud pública”.

Mejoras en la detección
En respuesta a la creciente epidemia de TB en las prisiones camboyanas, MSF se centró inicialmente en la puesta en marcha de un programa integral de control de TB y VIH de todos los internos. Más de 3.600 reclusos pasaron revisiones médicas entre febrero de 2010 y julio de 2011. Se estableció un área de cuarentena donde los casos sospechosos de TB eran separados del resto para evitar una mayor transmisión de la enfermedad.

El siguiente paso se centró en integrar la detección activa de TB en las actividades rutinarias de los centros de salud penitenciarios. Desde entonces, unos 200 pacientes han recibido tratamiento de TB en las tres prisiones. Actualmente, el programa de MSF está tratando a 32 pacientes de TB y a 94 de VIH en las tres prisiones.

“Nuestro objetivo es crear un sistema en el que cada nuevo interno sea aislado durante las primeras 48 horas para poder detectar su estado de salud, tanto de VIH como de TB”, incide Lambert. “El siguiente reto será poner en marcha protocolos efectivos y viables para que los reclusos sigan recibiendo atención de calidad tras el período de detección”.

Para reducir la transmisión e incidencia de la TB, MSF trabaja en colaboración con el programa nacional de lucha contra esta enfermedad y con las autoridades penitenciarias, para mejorar las prácticas detección y control de infecciones. Todos los casos sospechosos de TB son aislados hasta tener los resultados de las pruebas médicas. Los internos que dan positivo de TB resistente a los medicamentos (DR-TB por sus siglas en inglés) permanecen separados de los demás durante más tiempo.

Tratamiento continuado
Cuando un paciente es diagnosticado de TB y/o VIH, MSF le ofrece tratamiento y atención médica durante el periodo de reclusión, y le facilita medicamentos y seguimiento cuando es puesto en libertad o es transferido a otra prisión, lo que resulta  imprescindible para prevenir la expansión de la DR-TB.

Esta forma de tuberculosis se desarrolla cuando el paciente interrumpe el tratamiento (de unos seis meses de duración) de forma prematura y el bacilo que causa la enfermedad crea resistencias a medicamentos específicos. La D- TB puede entonces contagiarse fácilmente de persona a persona, por eso es crucial asegurar el acceso al tratamiento completo de la TB, a fin de evitar el desarrollo de formas resistentes en entornos cerrados como son las prisiones. 

“El reto más importante es garantizar que los presos sigan recibiendo tratamiento una vez son puestos en libertad”, apunta el coordinador general de MSF en Camboya. “No sirve de nada iniciar un tratamiento en prisión si el paciente deja de tomar la medicación cuando sale a la calle. De hecho, esto puede suponer la transmisión de una forma de tuberculosis resistente, mucho más difícil de curar”.

Diagnóstico rápido
Srey (nombre ficticio), de 29 años, ingresó en prisión en marzo de 2010 y fue examinada por primera vez por el personal de MSF en marzo de 2011. Le diagnosticaron VIH y dio negativo de TB. Fue puesta en tratamiento para el VIH y tuvo que ser examinada de nuevo al cabo de seis meses por presentar síntomas de TB. Esta vez dio positivo, presumiblemente por contagio de otra reclusa. Entonces Srey entró en el programa de TB de MSF y recibió tratamiento para ambas enfermedades hasta el fin de su condena en octubre de 2011.

“No tuve miedo cuando me encontraron tuberculosis porque en la prisión me cuidaron y me explicaron el tratamiento”, dice Srey. “Me dieron buenas medicinas y me dijeron que las tenía que tomar todas para eliminar los gérmenes de mi cuerpo. El principio del tratamiento fue duro, porque me sentía muy cansada y tosía mucho. También tenía fiebre, escalofríos y temblaba mucho. Me encontraba muy mal, pero el personal médico me explicó que no debía abandonar el tratamiento, por duro que fuera”.

Antes de ser puesta en libertad, MSF pudo poner a Srey en contacto con un centro médico de su vecindario. “Cuando me soltaron, continué el tratamiento en el centro de salud de Chamkardong”, explica. “No dejaré el tratamiento hasta que esté curada del todo, porque vivo con mi hijo y mi hermana y no los quiero poner en peligro. Si otros lo consiguen, yo también puedo hacerlo”.

Chamkardong es uno de los nuevos centros de salud que ha recibido apoyo de MSF para la formación de su personal.

“Srey es un ejemplo claro de por qué es tan importante detectar y tratar a los reclusos en la cárcel, tanto desde el punto de vista de los pacientes, como también desde el punto de vista de la salud pública”, dice la coordinadora del proyecto de prisiones de MSF, Christine Wagari. “Estuvo presa un tiempo relativamente corto y se infectó de tuberculosis poco antes de salir. Sin diagnóstico, educación y tratamiento, Srey habría llevado consigo la enfermedad a su comunidad. Y sin completar el tratamiento en el centro de salud, podría haber desarrollado y contagiado la forma resistente de la enfermedad, mucho más virulenta”, añade.

Pacientes olvidados
Además de seguir atendiendo las necesidades de la población reclusa con VIH y/o TB en las cárceles de Phnom Penh, MSF está ampliando sus actividades médicas para hacer frente a los principales problemas de salud de los internos: infecciones de transmisión sexual, enfermedades dermatológicas y atención general de enfermería. Los equipos de la organización también dan apoyo a actividades preventivas de dengue y de saneamiento en los centros. MSF realiza consultas semanales en CC1 y CC2, con una media de 100 consultas al mes. Asimismo, continúa con la formación de personal sanitario en las prisiones y sigue integrando a presos con VIH y TB en el sistema nacional de salud, asegurando la comunicación y colaboración con diferentes contrapartes.

“Para reducir la transmisión en la prisión y fuera de ella, en la comunidad, es esencial el tratamiento de los reclusos en cuanto se les detecta el VIH o la TB, y no esperar a tratarlos hasta que sean puestos en libertad”, explica Jean-Luc Lambert. “Establecer buenas prácticas de seguimiento y vínculos de tratamiento entre la prisión y el exterior es la manera más efectiva de luchar contra la epidemia”.