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Es como si no fuera a acabar nunca. Cientos de mujeres caminando en fila india entran en el recinto y hacen cola. Todas llevan a sus hijos a cuestas, todas esperan obtener alimentos, y son muchas. Es una escena que se repite cada mes en la pequeña aldea de Istorte, en la región de Bakool, Somalia. Las mujeres y los niños vienen aquí para pasar un control nutricional con la esperanza de ser aptos para recibir raciones alimenticias suplementarias. MSF se encuentra aquí para detectar a los niños con desnutrición severa, para quienes los alimentos suplementarios no bastan. Cuando un niño pesa menos del 70% de lo que se considera normal para su altura, éste necesitará tratamiento en el centro de nutrición terapéutica (CNT) de MSF, a unos 90 kilómetros de aquí.
Al final, una vez han entrado los últimos niños, las puerta del recinto se cierran. “Debe haber 800 niños,” afirma el supervisor de MSF, Ali Cuba, mientras observa la escena y empieza a describir la gran tarea que supone determinar el nivel nutricional para cada uno de ellos.
Ali Cuba efectúa una prueba muy simple y fiable para examinar a los niños. Utilizando un brazalete con varias franjas de color denominado MUAC (siglas en inglés de middle-upper arm circumference), rápidamente mide la circunferencia braquial colocando el MUAC alrededor de la parte superior del brazo de cada niño. El color verde indicará que el niño está bien, el amarillo que padece desnutrición moderada –y por tanto el niño necesitará nutrición suplementaria– y el rojo que el niño padece desnutrición severa y necesitará tratamiento.
El sol se pone mucho antes de hacer el control del último niño. Al final del día, el MUAC y la medición peso/talla revelan que varios niños padecen desnutrición severa. Por fortuna, Ali Cuba los ha detectado a tiempo. Mañana, un camión alquilado por MSF hará las veces de ambulancia y los referirá al CNT. Sin autoridad nacional La desnutrición es una de las muchas plagas de Somalia. La pobreza generalizada y las estaciones secas naturalmente contribuyen al problema, pero hay más. El país, situado al extremo del Cuerno de África, lleva sin un Gobierno central efectivo desde 1991. A nivel nacional, no existe una autoridad que asuma el reto que supone alimentar a la población somalí y proporcionarle atención sanitaria. Las consecuencias son evidentes: la esperanza de vida no supera los 47 años. “Toda la atención sanitaria en Somalia la prestan bien las farmacias privadas o las organizaciones de ayuda como la nuestra”, explica Göran Svedin, coordinador de uno de los proyectos de MSF en el país.
Los servicios de salud privados están fuera del alcance de todos, excepto de los ciudadanos somalíes más ricos. Por consiguiente, la tarea a la que debe hacer frente MSF es enorme. “Te pares donde te pares en un país como éste, detectarás necesidades”, afirma Göran.
Y cubrir esas necesidades resulta incluso más difícil sin el marco que proporciona un Gobierno. “Sin un Gobierno central, no hay Ministerio de Salud. Sin un Ministerio de Salud, no hay una política nacional de salud ni hay nadie que coordine las actividades médicas que tienen lugar en Somalia”, explica Feisal Abdikadir, coordinador general interino de MSF, quien añade: “Nos vemos abandonados a nuestra propia suerte y por tanto obligados a buscar por nuestros propios medios cómo ofrecer atención sanitaria a la población”. Violencia Desde que hace unos 10 años fracasaron los intentos internacionales de mantener la paz, los somalíes deben arreglárselas como buenamente pueden en un país desgarrado por violentas rivalidades entre clanes. Prueba de ello son las estructuras que forman el centro de salud de MSF en Xuddur, la capital de la región de Bakool. El centro es un antiguo recinto de los militares franceses en la década de los noventa, antes de que la comunidad internacional abandonase a Somalia. Ahora, todo lo que queda de las fuerzas de paz son casquillos de ametralladora oxidados y vehículos del ejército incendiados en los alrededores del centro de salud. En Xuddur, MSF ofrece servicios vitales que de otra forma estarían fuera del alcance de los 20.000 habitantes sin recursos que pueblan la región de Bakool. Pero proporcionar atención sanitaria en Somalia no significa limitarse a administrar tratamiento. La necesidad de entender la cultura somalí es crucial, sobre todo porque el vacío dejado por la ausencia de una Administración nacional reconocida y operativa lo llenan los sistemas tradicionales y religiosos. Por consiguiente, el equipo de MSF mantiene el contacto con los líderes comunitarios y religiosos, y refuerza la formación del cada vez más cualificado personal local.
El centro de salud incluye un ala para pacientes externos y salas de hospitalización, además de un centro de nutrición terapéutica, una sala para pacientes tuberculosos y una para niños que padecen kala azar.
Kala azar en hindi significa “fiebre negra”. La enfermedad se trasmite por la picadura de una especie de tábanos y los niños suelen contraerla cuando juegan cerca de los termiteros. Los síntomas son fiebre, anemia, pérdida de peso y bazo distendido. El Kala azar puede ser mortal a los pocos meses de haberlo contraído si no se trata. Inyecciones Son la 11 de la mañana en la sala de kala azar del centro de salud de MSF. Los primeros llantos de los pacientes más jóvenes se convierten en desgarradores gritos cuando Abdullai, un sanitario local, se pone los guantes quirúrgicos y se prepara para administrar a los niños la inyección diaria para combatir la fiebre negra. Es un largo y doloroso tratamiento para los niños, pero es su única posibilidad de supervivencia. El medicamento se denomina estibogluconato de sodio (SSG), un tratamiento arcaico desarrollado en los años treinta. Los niños afectados deben recibir una inyección diaria durante un mes. Entre las dos y tres semanas de tratamiento, la fiebre normalmente baja y los niños recobran sus fuerzas. Tras otros 14 días, ya curados, podrán regresar a casa. Nurow Mahamed Ahmed, de ocho años, estaba gravemente enfermo cuando su abuela, Amino, recorrió con él 25 kilómetros hasta llegar al centro de salud. “Estaba muy débil y tenía mucho dolor cuando llegamos,” nos cuenta Amino. Nurow ha soportado el tratamiento con SSG cada día durante 28 días. Es el único niño que lo hace sin llorar. Y las 28 inyecciones han surtido efecto. Nurow ha ganado su batalla contra el kala azar. “Me siento mucho mejor ahora,” explica el valiente niño. Ahora solamente le quedan dos inyecciones más para ser dado de alta del centro de salud. Atención ambulatoria “¡Regina! ¡Regina! ¡Regina!”. Los gritos de júbilo de los niños son el primer sonido que escuchamos cuando bajamos del coche. La mujer que están tan contentos de ver es la enfermera de MSF, Regina Dehnke. Los niños la conocen bien. Regina lleva dos años con MSF en Somalia. Su trabajo consiste en supervisar tres puestos de salud, uno de ellos aquí, en la aldea de El Garas, a 45 kilómetros del centro de salud de Xuddur. Regina también efectúa controles nutricionales en las zonas más remotas de la región de Bakool, así como formaciones para el personal local en los puestos de salud. “Proporcionar al personal de salud la formación adecuada es extremadamente importante en Somalia. No hay muchas personas cualificadas o experimentadas aquí”, dice Regina. Los puestos de salud hacen los servicios mucho más accesibles a la población que vive lejos de la ciudad de Xuddur. Para enfermedades como el kala azar y la tuberculosis, los pacientes deben ser referidos al centro de salud en la capital de la región. Ahora tienen la oportunidad de ser diagnosticados y transferidos antes de que sea demasiado tarde. Estamos en El Garas con Regina para inspeccionar una estructura que acaba de ser rehabilitada y que pronto se convertirá en el nuevo puesto de salud de la aldea sustituyendo al antiguo –una habitación pequeña y oscura en una casa de la calle principal de El Garas–. Una sala de curas, el consultorio y una sala de espera resguardados de la lluvia, el viento y el sol constituyen el nuevo puesto, que cuenta con la total aprobación de los habitantes de la aldea. “Hasta 10.000 personas de El Garas y sus alrededores se beneficiarán de este nuevo puesto de salud”, afirma el Comisario del Distrito, la autoridad más importante de la aldea. “La vida será mucho más fácil para todos cuando estemos enfermos”. Abandonarles a su suerte no es una opción Somalia tiene una de las tasas de tuberculosis (TB) más altas del mundo. “Afortunadamente, la situación es Xuddur es los bastante estable por el momento para ofrecer el tratamiento de la TB en el centro de salud,” afirma la médico de MSF Ingrid Herder. Curar la TB lleva de seis a ocho meses de tratamiento. Si éste se interrumpe, pueden desarrollarse cepas resistentes a los fármacos para tratarla.
“Resulta muy estimulante ver los resultados del tratamiento”, añade Ingrid:
”Un niño de 10 años llamado Schuheeb vino al centro de salud en una carretilla hace unos meses. Tenía la espalda cubierta de pústulas llenas de pus y era incapaz de tenerse en pie. Ahora, tras unos meses de tratamiento, ya va de aquí para allá con los otros niños. Esta clase de cosas nos recuerdan cada día que nuestro trabajo tiene su recompensa”.
También supone un estímulo que ayuda a alimentar el compromiso de los equipos de MSF con sus pacientes, en un momento en que parte de la comunidad internacional parece haber abandonado a Somalia y a su población. Para Ingrid y sus compañeros de equipo, abandonar a los somalíes a su suerte no es una opción. “Sin MSF, estas personas no tendrían acceso alguno a la atención sanitaria. Aunque hay mucho que no podemos hacer por ellos, hay todavía mucho que sí podemos hacer”, concluye. MSF continúa trabajando con la población de Somalia, una población sumida en la pobreza, devastada por la guerra y abandonada.
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