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12.03.2013

Aves de paso atrapadas en Marruecos

Aves de paso con las alas rotas por vallas alzadas y un mar traicionero. En su migrar suspendido, sin recursos, no pueden regresar a sus países de origen ni avanzar hacia su supuesto oasis europeo. Miles de migrantes subsaharianos se encuentran atrapados en Marruecos, -fin de trayecto obligado, dique de contención para Europa-, indigentes, clandestinos, expuestos a toda clase de violencia.

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En Nador, viven en campamentos en los montes que rodean la ciudad, a la espera de que se les organice el viaje, traficado por mar. En el monte Gurugú, viven en campamentos improvisados, a la intemperie, a la espera de saltar la valla, con Melilla-España-Europa a la vista, inaccesible. Tan cerca y tan lejos.

Oujda es la primera ciudad que se encuentran la mayoría de migrantes subsaharianos, que llegan a Marruecos a través de Argelia. Es la ciudad a la que regresan cuando son deportados, expulsados a la frontera. Vuelta a la casilla de salida.

En Rabat, como en las principales ciudades del país, la población migrante se camufla con mayor facilidad, aunque siempre está presente el riesgo de detención, de deportación, de violencia. Muchas mujeres subsaharianas caen víctimas de redes de trata que las explotan sexualmente, en origen, en el camino o en destino.

Rabat

Las proporciones exactas de la violencia sexual experimentada por hombres, mujeres y chicos y chicas migrantes subsaharianos durante su viaje son desconocidas. Imposibles de contabilizar en una población que busca pasar desapercibida y/o que está en manos de traficantes humanos. Sólo de 2010 a 2012 MSF ha tratado a 700 pacientes agredidos. El viaje a Marruecos representa, especialmente para las mujeres, un riesgo elevado, añadido en ocasiones a agresiones sufridas en sus países de origen.

“Nuestro viaje, no es un viaje como tal. Cuando estás sola, no tienes donde dormir, no conoces el país, estás expuesta”. Son las declaraciones de una mujer sin nombre real y sin cara, como todas las entrevistadas, que se hará llamar Marie, y que fue violada en cuatro ocasiones en su trayecto desde Camerún hasta llegar a Rabat. Quedó embarazada y acaba de dar a luz en la capital marroquí. Marie, con 30 años, espera que su pequeño crezca un poco antes de arriesgarse a subirlo a una balsa de plástico que los lleve a Europa. Dejó en Camerún a una niña pequeña de la que no se podía hacer cargo y con la que no puede contactar, “porque no tengo dinero, nada que darle de lo que me pueda pedir”. Marie conserva las fuerzas y carga con un bebé no deseado que aprende a querer.

Beauty se camufla con un pañuelo y habla el francés dulce de los marfileños. Salió de Costa de Marfil por la guerra, porque dice que su nombre estaba en una lista de los que apoyaron al presidente equivocado, vio como parte de su familia era asesinada. Dejó atrás a su pequeña, al cuidado del padre, no marcado políticamente. Tiene 32 años. La violaron en Argelia en dos ocasiones: por dos camerunenses en Tamanrasset y por argelinos en Maghnia, cerca de la frontera con Marruecos. Contrajo el VIH, que se hizo llegar acompañado de tuberculosis y fue finalmente en Rabat donde se le procuró asistencia médica y psicológica por MSF. Espera recuperarse, “si no me han matado en mi país, en el camino, si esta enfermedad no me ha matado, es que Dios quiere que todavía viva para algo” y poder llegar a Europa. No puede regresar a su país y no quiere estar en un país, Marruecos, donde no hay trabajo, donde dice que no se le acepta.

En similares circunstancias tuvo que salir su compatriota, Aimée, de 25 años, aunque a ella la violaron ya antes de cruzar la frontera hombres armados. En Malí, tras trabajar un año en un restaurante y con la amenaza de guerra también en el norte del país, se unió a un grupo de jóvenes para llegar a Marruecos, lugar de paso, creía ella, para llegar a Europa. Uno de los malienses que organizó el viaje la tomó como esposa. “Cuando llegamos a Maghnia (frontera con Marruecos), dijo a sus amigos que me había comprado, que era su esposa y que por lo tanto ellos me podían utilizar”. La violaban frecuentemente y era forzada a trabajar en el campo, “tareas muy duras para una mujer. Si no las hacías te dejaban sin comer o sin beber o te violaban”. Consiguió escapar, de noche. Aimée explica que las dificultades para sobrevivir que se encuentran en Marruecos hace que muchas mujeres subsaharianas se vean abocadas a la prostitución. No es su caso, asegura, y sueña con llegar a Europa y montar un salón de belleza. De hecho, una cadena de salones de belleza.

El caso de Gala es diferente. Tiene 52 años y es viuda.  Ha viajado con sus tres hijas a Rabat. Sus problemas se originaron en su país, la República Democrática del Congo (RDC), en Beni, en Kivu Norte. La violaron un grupo de siete soldados repetidas veces. Pero había conseguido esconder a sus pequeñas. Sacude la cabeza cuando lee nuevas de la región, siempre convulsa. Explica que se fue del país para evitar la amenaza de violación a sus hijas, “en RDC no puedes dormir tranquilo, si no es en tu casa, es en la del vecino”. Pero en el viaje, entre Malí y Argelia, su hija mayor (23 años) fue violada por soldados. En Rabat ha sabido que es seropositiva.

No sabe a dónde ir, no huyó para acabar en Marruecos. Sólo huía.

 

Oujda

El miedo a la deportación es una constante. Oujda es vieja conocida por los migrantes subsaharianos. La gran mayoría de ellos llega a través de Argelia y Oujda es la ciudad de recepción, de entrada. También a la que regresan cuando las fuerzas de seguridad marroquíes los expulsan del país. Generalmente en grupos de veinte o treinta. A veces, heridos, a veces, menores.

Cuando los deportan, los dejan en tierra de nadie, son repelidos por los argelinos y ellos regresan a pie a Oujda, cinco horas de camino, veinte horas de camino, dependiendo de dónde sean abandonados y de si conocen por dónde salir del desierto.

En Oujda se han instalado en terrenos de la universidad y también en los montes de las afueras. Se organizan por comunidades, Ghana, Malí, Camerún, Guinea. Oujda es ciudad de entrada, de salida y también de reposo, de coger fuerzas, de curarse las heridas (si han sido deportados desde Nador, repelidos mediante fuerza bruta en el intento de saltar la valla a Melilla, en Oujda pueden tratarse en centros de salud públicos), de esperar a que llegue la estación del año adecuada y la meteorología facilite el paso por mar. Sin poder trabajar por no disponer de papeles, se ven condenados a la mendicidad.

Sidy tiene los dos brazos escayolados. Ha intentado saltar a Melilla diez veces. En esta última, se esmeraron con él: “nunca me habían dado tan fuerte. Formaba parte de un grupo de más de cien que queríamos saltar. No llegamos ninguno al otro lado. Me dieron con las porras, unos seis, traté de protegerme la cabeza, por eso me dieron en los brazos”. Sidy convive con sus compatriotas malienses en un campamento de tiendas hechas con plásticos. Sus compañeros son los que piden por él, los que le hacen el café y se lo acercan, los que le ayudan a comer con lo que obtienen de mendigar. Cuando se recupere, regresará a Nador, lo volverá a intentar. Asegura que ha conseguido pasar a Melilla tres veces, “y las tres veces la Guardia Civil me ha devuelto a los militares marroquíes. Hay puertas en las vallas que comunican los dos países”. Sus compañeros, como el resto de migrantes, se quejan de las redadas, -casi diarias, aseguran-, por parte de la policía, “nosotros huimos y ellos roban y queman lo poco que tenemos”. También se quejan del camino en el desierto desde Argelia, “esta última vez me costó muchas horas, tuve que andar de noche”. Con Sidy intentó saltar Mohammed. Él tiene un dedo roto, producto de porrazos. No quiere que se le grabe o que se le fotografíe. Huyó del norte de Malí, de su pueblo, cuando los fundamentalistas se hicieron con la región. Lo amenazaron de muerte por escuchar música. Sidy y Mohammed se retiran a hacer sus abluciones y se unen de nuevo, en grupo hacia la Meca, para la plegaria de mediodía.

“Nuestros bebés están siempre helados. Ahora hace mucho frío, llueve dentro de las tiendas. La situación es muy mala, no tenemos comida”, explica Eloise, de 19 años y de Nigeria, “donde los ricos se hacen más ricos y donde los pobres, más pobres. Por eso me fui, por la pobreza”. Eloise espera en Oujda que la llamen, “espero una zodiac, es lo que se utiliza. Sé que es peligroso pero no puedo quedarme aquí, aquí no se puede hacer nada, sólo mendigar para comer. Y me he prometido que cuando llegue a Europa trabajaré en lo que sea, cualquier cosa, siempre y cuando no sea mendigar”.

 

Menores en Marruecos

No son una excepción. Chavales de entre trece y dieciocho años que llegan a Marruecos solos o acompañando a hermanos o a primos mayores. Huyen de la pobreza, sin padres o familias que les ayuden, sueñan lo mismo que el resto: llegar a Europa, jugar al fútbol (los sueños, sueños son), seguir estudiando, conseguir un trabajo. Como el resto de los migrantes, viven a la intemperie y su supervivencia depende de la caridad de los marroquíes.

Chima, con 16 años, explica que come tres veces por semana, que se estaciona cerca de los semáforos para pedir y que vive con otros compatriotas: “sí hay otros muchos como yo, de la misma edad y menores. Pero no, no jugamos a nada. Aquí sólo lloro”. Perdió a sus padres y a su hermano en un accidente de coche.

Los padres de Elvis y Stephan también fallecieron. El padre en Douala, la madre, vendedora de telas, en un accidente en Costa de Marfil. No les quedó otra opción que unirse a un amigo, mayor, y dejar atrás Camerún, “sólo Stephan  iba a la escuela, pero ya no teníamos con qué pagar la luz en la casa, no tenemos familia que pueda hacerse cargo de nosotros”. Los dos hermanos, de 17 y 15 años se hicieron a la mar en un bote de plástico, unos juguetes en la mayoría de las playas españolas, unas pesadillas que salen atestadas de migrantes desde Marruecos. “Tenía una fuga. Nosotros nos agarramos mucho a ella, pero vimos cómo murieron dos”. También han intentado saltar la valla. Llegaron a tocarla. Su amigo consiguió pasar. A ellos los deportaron a Oujda. Están a la espera. Tal vez por mar. Sólo saben que se reunirán con su amigo en Melilla. Algún día. Y tal vez entonces Stephan volverá a estudiar y Elvis intentará ser un profesional del fútbol. O conseguirá un trabajo.

 

Nador

Desde 2005, cuando murieron cinco migrantes, no se había vuelto a producir, pero el pasado año se repitieron: intentos de cruzar la valla que separa Nador del territorio español de Melilla por parte de grupos numerosos de jóvenes subsharianos.  1.100 personas atendidas por heridas asociadas a la violencia por los equipos de MSF en 2012. Violencia directa, al ser repelidos por las fuerzas de seguridad en la valla misma; o indirecta, con heridas producidas al huir de los soldados y de las redadas policiales, más frecuentes.

Resultado: fracturas de brazos, piernas, manos, mandíbulas, dientes rotos, conmociones cerebrales, pérdidas de visión...

Nador es bella, mediterránea. Una ciudad plácida, mar, montes de pinos y bosque bajo y una albufera, la Mar Chica, que el año próximo se convertirá en parte de un gran parque natural para atraer al turismo pajarero: en la albufera se refugian gaviotas mil, especies autóctonas y aves migratorias, flamencos entre ellas.

Un migrar diferente es el que buscan los que habitan en los montes que coronan Nador y los que sobreviven en el monte Gurugú. Son especies migratorias diferentes: los primeros optan por el mar y esperan, escondidos en los bosques (hombres, mujeres y niños) que los profesionales del tráfico humano les busquen un lugar en una patera abarrotada; los segundos, en el Gurugú, sin dinero para ser atractivos a ninguna red de tráfico que se precie, ambicionan sólo que el próximo intento de salto a la valla de Melilla sea el de verdad. Los del Gurugú, con la excepción de una única mujer, son todo hombres jóvenes. A la espera de alas.

Se hace llamar como el héroe de una serie de televisión y, como todo héroe, tiene una misión: saltar la valla de Melilla, llegar a Europa. Maliense alto, lleva mono de mecánico azul, pañuelo a la cabeza, guantes de trabajo y una mochila, ataviado para saltar (o salir pitando) a la mínima de cambio. Experimentado, de su discurso emana resignación: “es una cuestión de suerte. Nosotros queremos entrar. Y bueno, la policía marroquí y la española nos lo tienen que impedir. La policía marroquí utiliza porras, la Guardia Civil, balas de goma. Cada uno tiene su función”.

“Esto es como una guerra”, comenta John Muxi, que regresa de un intento fallido con las manos ensangrentadas de aferrarse a la valla, “le han roto la cabeza a uno de los que iban con nosotros. Éramos unos sesenta. Lo hemos tenido que dejar allí. Hemos tenido que salir huyendo”. Muxi tiembla, dice que han estado toda la noche bajo la lluvia, cerca del lugar elegido para saltar, esperando la mejor ocasión. “Aquí no se puede vivir. Si alguien te ofrece trabajo, te paga 20 dirhams (menos de dos euros) y eso si te paga, a veces te dicen que no te pagan y no puedes quejarte porque te denuncian a la policía. Vivimos como los hombres prehistóricos, en los bosques, en cuevas, nos alimentamos de la basura”. Muxi no puede regresar a Camerún, “lo haría, pero allí no hay trabajo y tengo que ayudar a mi familia”. “Aquí sufrimos. No existen los derechos humanos, no me siento como un hombre”, añade su compañero Mohamed, que denuncia que la Guardia Civil lo ha devuelto dos veces a Marruecos y que en una de ellas utilizaron porras eléctricas de las que enseña marcas. “Tuve que salir de mi país por el sufrimiento que atravesábamos, mi familia y yo. Desde que estoy aquí (hace un año y tres meses), no he podido enviar dinero a mi familia. Y sé que sufren”. De acuerdo con el último informe publicado por MSF al respecto, la mayoría de las consultas de migrantes sub-saharianos a sus equipos (10.500 de 2010 a 2012) guardan relación con las condiciones en las que se ven forzados a vivir (infecciones en las vías respiratorias, enfermedades cutáneas, gastrointestinales y presentan cuadros de ansiedad y depresión).

En el otro lado de Nador, en el interior, el perfil de los migrantes que optan por cruzar por mar es diferente, con muchas más mujeres, muchas embarazadas y no son menos los niños.

Israel lleva un año y siete meses tratando de hacerse con un lugar en una balsa. Es de Nigeria. “Llegué a Rabat, con mi pasaporte, pero me lo quemó la policía y me deportaron a la frontera, te cuesta cuatro o cinco horas regresar a Oujda y dos días más para regresar a Nador”, se lamenta, pero aún se lamenta más por la imposibilidad de trabajar, “somos gente con talento, yo he estudiado ingeniería electrónica, si el gobierno marroquí nos permitiera trabajar, alquilar una casa, en vez de perseguirnos, pagaríamos impuestos, gastaríamos más, Marruecos tendría más dinero”.

“Comemos los pies de pollo y las cabezas de cordero, que los marroquíes desechan porque no es plato de su agrado. Recogemos comida de la basura. Pedimos. No me hubiera imaginado que un día mendigaría. Pero es que aquí no hay nada que hacer”, explica Prince, un camerunés de 20 años que sueña con trabajar un día en un hotel de Bilbao, pero cuyo sueño-sueño sería cantar en un cabaret en Francia.

“Sé que voy a correr un gran riesgo, tenemos noticias casi cada día de ahogados, pero eso no hace que pierda la esperanza. Pero la valla...cada vez que lo he intentado ni siquiera he llegado a tocarla y es muy peligroso. Esperaré a tener el dinero para pagar el pasaje y también a que mejore el tiempo para ir por mar. Prince canta una canción de su compatriota, Richard Bona, un tributo a los ancianos, a la bendición de llegar a ancianos. Mientras espera un lugar en una balsa.

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