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23.08.2019

“El destino de los rohingyas está en nuestras manos”

Metun* es un refugiado rohingya que vive en el campo de Kutupalong-Balukhali, en Cox’s Bazar, en Bangladesh. Anteriormente vivía en Rakáin, donde trabajó para ONG locales. Ahora es voluntario con las organizaciones que trabajan en los campos de refugiados de Cox’s Bazar. En este texto, expresa sus esperanzas y sus miedos.

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“Llevo en Bangladesh desde el 11 de septiembre de 2017. Recuerdo la fecha exacta en la que llegamos. Hui con mi mujer y mis cuatro hijos.

Siempre estuvimos amenazados en Rakáin. En comparación con Myanmar, Bangladesh nos parece un paraíso. Pero las condiciones aquí son inhumanas. La habitación que tenemos es pequeña, los baños son compartidos y vivimos debajo de un trozo de plástico sin ventilación. No se nos permite ir a ningún lado y no podemos trabajar como la gente de Bangladesh.

En general, los campos son menos seguros de lo que eran antes. Como no hay forma de ganar dinero, ni de tener educación, ni oportunidades de trabajo, la gente recurre a actividades ilegales para sobrevivir. Ahora hay algunos grupos extremistas que secuestran, chantajean y roban. Las mujeres solteras y los niños son blanco de los traficantes de personas. Si no le caes bien a alguien, pueden pedirle a una banda que te mate. Quienes tienen tiendas pequeñas o son voluntarios con las ONG pueden ganar algo de dinero y eso los convierte en objetivo de estos grupos.

En este momento, la gente está muy preocupada por los rumores de que habrá una cerca alrededor del campo. Si esto sucede, no podremos movernos de un bloque a otro; solo podremos hacerlo mostrando una identificación. Esto va a ser muy duro psicológicamente para la gente. Va a haber más peleas y agitación en los campos.

Sobre volver a Myanmar, preocupa que pase lo mismo que en 1992, cuando obligaron a regresar a los rohingyas. Sabemos que la situación ahora no es como en 1992, pero la gente sigue preocupada. ¿Qué haríamos?

Hace un par de días estuve en contacto con personas que aún están en Rakáin y que están muy pendientes de lo que ocurra aquí. Nos dicen que el destino colectivo de los rohingyas está en nuestras manos. Que si conseguimos justicia aquí, obtendremos nuestros derechos allí. Pero que, si regresamos, todos estaremos en peligro. Fue difícil escuchar eso. No nos sentimos seguros. Esperamos que el Gobierno de Bangladesh no nos presione.

Muchos países ni siquiera sabían nada de los rohingyas antes de esta afluencia. La gente no conocía la violencia que sufríamos ya antes de agosto de 2017. En Myanmar no se nos permitía usar móviles inteligentes, así que no pudimos contarle nuestra situación al mundo.

El año pasado, muchas ONG y medios de comunicación hablaban sobre nuestro destino. Ahora la atención ha disminuido y tal vez el año que viene el interés será aún menor. Si continúa de esta manera, es posible que en unos años el Gobierno de Bangladesh se harte y nos envíe de vuelta. Esperamos que la comunidad internacional mantenga su interés. Sabemos que estas cosas requieren tiempo para resolverse.

 

Nos llaman “ilegales”

Los rohingyas somos una etnia, pero en Myanmar nos llaman “kala”, “migrantes ilegales” o “bengalíes”, como si fuéramos de Bangladesh. El Gobierno de Myanmar nos exige obtener la Tarjeta Nacional de Verificación (NVC) y, al cabo de seis meses, te investigan para decidir si te dan la nacionalidad. La primera pregunta del formulario es: “¿Cuándo llegaste de Bangladesh?”. Luego: “¿Por qué viniste?” y “¿quién era el presidente de tu pueblo en Bangladesh?”.

¿Cómo podemos responder estas preguntas? Significa automáticamente meternos en una jaula. Por eso la gente no quiere regresar. Si volvemos, nos veremos obligados a pasar por el proceso de la NVC y a solicitar la ciudadanía. Es como meter las manos en el fuego. Te piden documentos de identidad de ambas partes de la familia de tres generaciones atrás. ¿Quién conserva eso? Especialmente cuando el Gobierno de Myanmar reclamó antes la devolución de muchos documentos de identidad. Nos dejaron deliberadamente sin documentación. Cuando incendiaron nuestros pueblos, perdimos los documentos que nos quedaban.

No creo que yo pueda regresar antes de cinco años, así que me estoy preparando para quedarme aquí. Si tenemos que quedarnos mucho tiempo, me gustaría que los rohingyas se beneficien de educación, seguridad, la condición de refugiado, mejor atención médica secundaria y empleo. En definitiva, lo que buscamos es justicia.

Queremos nuestro derecho a la ciudadanía, a la libre circulación, a la educación, a la atención secundaria y a la libertad de religión, al igual que otros grupos en Myanmar. Estamos destruyendo la generación de nuestros hijos. Los niños deberían estar en la escuela, pero no hay escuelas. Miro a mis hijos y a otros niños: son la generación futura. Si se quedan cinco o seis años aquí, no podrán o no querrán volver a la escuela. Cuanto más tiempo nos quedemos aquí, más niños se perderán”.

 

* Nombre cambiado a petición suya.