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07.05.2021

El absurdo coste de una violación

Acciones que pueden parecer muy sencillas logran tener un gran impacto positivo para las personas que han sufrido agresiones sexuales. Raimund Alber, nuestro psicólogo en el hospital de Maraoua, en Camerún, comparte la historia de cómo él y su equipo atendieron a Violete, una niña que sufrió violencia sexual.

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Por Raimund Alber, psicólogo de MSF en el hospital de Maraoua, en Camerún

“Es la segunda vez que trabajo para Médicos Sin Fronteras en las regiones afectadas por el conflicto armado en el noroeste y sudoeste de Camerún. La violencia entre las fuerzas gubernamentales y los grupos armados no estatales separatistas se ha intensificado en los últimos años y esto, como es lógico, tiene consecuencias directas para las comunidades locales. Sin embargo, toda esta violencia ligada al conflicto no es, ni de lejos, la única causa de sufrimiento para la gente que vive aquí.

En esta parte olvidada del mundo, la mayor parte de la población se enfrenta al desplazamiento forzado, al desarraigo que produce haber tenido que dejar tu casa a causa de la violencia, a la pobreza, a la ruptura de las redes de apoyo familiares, a una creciente sensación de desesperación y a la inseguridad y al miedo constante a perder la vida.

Para algunas personas, los umbrales del bien y del mal son difusos y cambiantes. Además, con un sistema de justicia que resulta completamente disfuncional, los delitos que antes eran raros ahora se han convertido en algo casi “normal”.

Por eso, y porque resulta muy representativo de lo que aquí ocurre, me gustaría compartir la historia de una paciente que sobrevivió a una agresión sexual. Esta no fue cometida por ningún actor armado, que a menudo utilizan la violación como un arma de guerra, sino por un miembro de su comunidad. Se trata, por tanto, de otra víctima más de una sociedad infectada por la violencia; de otro daño colateral causado por esta maldita situación. Y ella, de alguna manera, representa a las innumerables niñas, mujeres, niños y hombres que sufren todo tipo de agresiones de forma totalmente indiscriminada en este país.

Una urgencia especial
Es lunes. Ciudad fantasma. No hay movimiento en las calles. El mensaje es claro. ¡Quédate en casa o serás castigado! Grupos armados refuerzan estos confinamientos regulares cada lunes. Las excepciones son el personal médico que vaya de camino al trabajo y las urgencias que llegan hasta el hospital en nuestras ambulancias.

Hace pocos minutos, nuestro director médico ha recibido una llamada. Una emergencia está esperando en urgencias. Se trata de una emergencia de esas que calificamos de “especial”. Llamo a madame Bridget, la matrona que está a cargo del servicio durante el turno. Cuando coge el teléfono, le digo: “tenemos un caso urgente, ve lo antes posible a Urgencias. Nos encontramos allí”.

Me responde: “¡Voy inmediatamente!”.

 

Ojos asustados

Cuando llego, veo a una mujer y a una niña sentadas pacientemente en el banco de la sala de espera. Me acerco lentamente, las saludo y me presento. La mujer me devuelve el saludo. La niña está sentada junto a la mujer, pegadita a ella y aferrándose a su brazo. Asumo que es su madre. Se asoma para ver quién soy y rápidamente vuelve a esconderse. Sus ojos expresan miedo. Les explico que tenemos que esperar a Bridget y que después podremos ir a la consulta juntos. Cinco minutos esperando que se hacen eternos. Permanezco en silencio. Este no es el sitio ni el momento para empezar a hablar.

El silencio puede ser difícil de manejar a veces, así que me siento aliviado cuando veo llegar a mi compañera. Por fin entramos en nuestra sala especialmente equipada, nos sentamos y cerramos la puerta. “Mi nombre es Raimund y mi compañera se llama Bridget. Soy psicólogo y ella es matrona. Queremos sentarnos con vosotras, preguntaros sobre lo que ha pasado y tratar de ver cómo podemos ayudar a Violete (nombre ficticio) de la mejor manera posible. ¿Os parece bien que estemos los cuatro juntos aquí?” les pregunto. La madre asiente. La niña permanece en silencio.

Les explico que, con su consentimiento, Bridget examinará a la joven y le proporcionará diferentes tratamientos si fuera necesario. Les digo que quiero apoyarlas en cómo seguir adelante a partir de este momento. Ojalá hubiéramos contratado ya a una terapeuta psicosocial. En la mayoría de los casos es más fácil para nuestras pacientes. Pero por ahora, yo soy la única opción. Por eso trato de ser lo más sensible y respetuoso posible.

 

Violete

La mujer que acompaña a la niña, quien con total seguridad no tiene ni 10 años, es efectivamente su madre. Nos explica que, el sábado por la tarde, Violete empezó a quejarse de un dolor en la vagina. La progenitora intentó recabar más datos, pero ella no quería decir lo que había pasado, así que decidió castigarla hasta que se decidiera a hablar. Finalmente, Violete le contó que ese mismo día, mientras ella estaba trabajando en la granja, su padrastro le había bajado la ropa interior y había puesto “su piel sobre la de ella”.

Después de que la madre de Violete confrontase al hombre con lo que había dicho la niña, el padrastro acudió al consejo del pueblo para decir que la niña mentía y que la madre solo quería dañar su reputación. Y para demostrar que no había hecho nada, él mismo las trajo al hospital esta mañana.

“¿Cómo? ¿Pero me estás diciendo que él está aquí?”, pregunto sorprendido.

“Sí, está fuera. Es el hombre que lleva un suéter”, dice la madre.

Bridget me dice que vaya a hablar con él. “Deberíamos hacerle la prueba del VIH al hombre. Mientras, examinaré a la niña”, me dice. Entre incrédulo e indignado, me dirijo hacia el lugar donde está el hombre para hablar con él.

A medida que me acerco, siento que me ahogo. Estoy nervioso. Nunca antes había tenido que entablar conversación con el presunto autor de un abuso. Mi cabeza empieza a dar vueltas, siento como la ira aumenta. Lo miro y no puedo dejar de pensar en la niña y en lo que la madre nos ha contado. “¡Para!”, me digo a mí mismo. “No soy policía, ni juez. Yo estoy aquí solo para ayudar”. Respiro profundamente y me presento. Vamos a un sitio tranquilo. Confidencial. Él jura que es inocente. Acepta hacerse el test de VIH y le dejo con mis compañeros.

Otra respiración profunda.

Cuando vuelvo a la consulta, Bridget sale y me comenta los resultados del examen. Son concluyentes: la niña ha sido violada. Siento náuseas.

Otra respiración profunda.

 

Siguientes pasos

Bridget vuelve a entrar para administrar a Violete la profilaxis contra el tétanos, contra la hepatitis B y contra varias infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH.

Vuelvo a pedir permiso para entrar en la habitación. La madre asiente. La niña permanece en silencio. No hay contacto visual. Me mantengo a una distancia prudencial de ella. Hablo con la madre para saber qué piensa hacer. Le pregunto si el presunto agresor seguirá viviendo con ellas, dialogamos sobre qué medidas puede tomar para garantizar la seguridad de la niña y la suya propia, sobre la conveniencia de implicar a la policía o de dejarlo todo en manos del consejo tradicional.

Le comento a la madre cómo puede reaccionar su hija en los próximos días y semanas y que estas reacciones son normales en estas circunstancias tan anormales e inaceptables: “Violete podría tener pesadillas y ansiedad y podría sentir necesidad a estar muy pegada a ti, no querer salir más de casa o tener miedo a quedarse sola. Podría también empezar a mojar la cama de nuevo”.

 

Edificio de recepción del Hospital General de Maroua, en Camerún.

“O puede que se muestre agresiva contigo o con otras personas, que empiece a retraerse, que deje de jugar, que esté triste, solitaria y callada. Puede que empiece a hacer preguntas sobre lo que ha pasado o sobre cualquier tema sexual”.

“En resumidas cuentas: es muy posible que Violete cambie respecto a cómo era antes”.

Y sobre todo, pongo mucho esfuerzo en explicarle que lo que más necesita ahora mismo su hija es mucha atención, amor y cariño, que pegarla y castigarla no ayudará a que la niña afronte mejor la situación. Y comparto con ella qué otros enfoques pienso que podría usar para que Violete se sienta protegida.

 

Una pequeña sonrisa

La niña establece cada vez más contacto visual conmigo. Veo cómo empieza a mirar una de las grandes cajas de plástico en la que guardamos juguetes, material para pintar y globos. Mientras le digo a la madre lo bien que han hecho en venir hoy al hospital y lo importante que es para ellas volver para las citas de seguimiento, deslizo suavemente la caja hacia la niña y, desde la distancia, abro la tapa. Sus ojos están fijos en la pequeña caja de lápices de colores.

Me dirijo a Violete y le pregunto si le gusta colorear. Su madre lo traduce, ya que el inglés de la niña es muy básico. Violeta asiente con la cabeza, vacilante. Intento hacerle entender que puede coger la caja de lápices y uno de los libros para dibujar. Rápidamente los agarra y los acerca a su pecho como si los reclamara para sí. Veo una pequeña sonrisa en su cara.

 

Dudas

Al marcharse, nos prometen volver la siguiente semana para recibir la próxima dosis de la vacuna y comprobar cómo está Violete. La madre no tiene teléfono y, aunque lo tuvieran, apenas hay cobertura en la zona donde viven, así que la única forma de hacer seguimiento es de manera presencial.

Mientras la madre, la niña y el hombre del suéter se alejan juntos hacia la salida del hospital, empiezo a tener dudas. ¿Hemos hecho todo lo posible? ¿Está a salvo? ¿Podemos y debemos involucrar a la policía en un lugar donde la justicia tiene un precio y las víctimas podrían sufrir incluso más debido a la estigmatización pública? ¿Hemos actuado en beneficio de nuestra paciente?

Lo que desde luego no me imaginaba en ese momento era que, unos días después, el consejo del pueblo se reuniría y decidiría el veredicto. La sentencia dictada dice que el hombre del suéter tendrá que pagar 10 cajas de cerveza, un castigo habitual para delitos que se resuelven sin la implicación de la policía. ¿Y quién recibirá la cerveza? El consejo del pueblo. Todos hombres.

 

Una nueva familia

Una semana después, Violete y su madre vuelven. La madre nos explica que después de aquel día en el hospital, Violete tuvo algunas dificultades, pero que poco a poco ha vuelto a ser la misma de antes. Me dice que no la deja sola ni un momento y que las dos se sienten muy unidas. Ella juega con los niños que viven al lado de ellas y se comporta como una niña completamente normal, a pesar de haber tenido que sufrir una experiencia terrible para alguien de su edad.

La madre nos cuenta también que han dejado la casa en la que estaban y que ahora están viviendo con unos familiares. Charlamos un rato, les agradecemos enormemente que hayan venido a la cita y les pedimos que nos visiten de nuevo en las próximas semanas.

Cuando se fueron, me quedé pensando en cómo la violencia sexual afecta a millones de personas en todo el mundo. En cómo puede destrozar la vida de las mujeres, hombres y niños.

Las consecuencias psicosociales pueden atormentar a un ser humano durante años, provocándole graves problemas de salud mental y, en algunos casos, llevando a esa persona al suicidio. El impacto puede ser demoledor, pero al menos tenemos herramientas para tratar de minimizarlo.

 

Intervenciones sencillas

Las intervenciones sencillas y a tiempo, como por ejemplo las sesiones que hacemos con las familias sobre cómo crear un entorno seguro y afectuoso, pueden impulsar el proceso de sanación y, con el tiempo, pueden evitar el desarrollo de un futuro que a veces es devastador.

Con el tiempo se verá cómo Violete supera su trauma. Crecerá y se convertirá en una adolescente, en una mujer. Tal vez pueda tener una relación sana y amorosa con una pareja, forme una familia y tenga una vida “normal”. Soy consciente de que nada de todo eso depende al 100% de nosotros, pero quiero creer que podemos ayudarles a sanar y a salir adelante, tanto a ella como a su familia.

Los nombres y algunos detalles de este relato han sido cambiados u omitidos por su autor para proteger la identidad de la niña.

 

Artículo publicado originalmente en El País