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20.03.2014

Chad: “los refugiados reprimen sus recuerdos del dolor con una fuerza asombrosa”

Un verdadero calvario es lo que los refugiados de la República Centroafricana (RCA) han sufrido antes de llegar por fin a Sido, al otro lado de la frontera con Chad. Tras haber sido testigos muchos de ellos de la masacre de sus vecinos y familiares en la RCA, llegan agotados tanto física como psicológicamente tras un viaje de centenares de kilómetros apiñados en camiones o en vehículos escoltados por el ejército chadiano desde la capital, Bangui. Frédérique Drogoul, psiquiatra de MSF, es testigo de estas vidas alteradas para siempre por la violencia y el exilio.

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"La gran mayoría de los refugiados que me han explicado sus historias lo hacen con una voz monocorde, gestos graves y evocan sin detalles los cuerpos mutilados durante las masacres, se reprimen en la expresión de emociones dolorosas. Un refugiado me dijo, "tenemos que economizar en todo, hasta en emociones, si no queremos volvernos locos". Su mujer e hijos habían sido asesinados salvajemente". Drogoul regresa de Sido, donde Médicos Sin Fronteras (MSF) abrió a principios de febrero un centro de salud y una unidad de hospitalización para responder a las necesidades médicas urgentes de 13.000 refugiados instalados en esta población de la frontera con RCA.

"A pesar de que sí me han explicado historias terribles tenía con frecuencia la sensación de que los recuerdos más dolorosos eran retenidos con una fuerza asombrosa", explica Frédérique. Es el caso de la abuela de Abdel y Zacharia, dos hermanos de alrededor de veinte años. "Ella estaba como desconectada. Provinentes del barrio PK5 de Bangui, llegaron a Bangui en uno de los convoyes organizados por el ejército del Chad. 28 miembros de su familia fueron masacrados. Cuando los conocí, Abdel estaba en otro lugar, sentado a solas y farfullando de vez en cuando. Su abuela me explicó que Abdel salió corriendo y llorando cuando vio a su abuelo ser decapitado: no se ha recuperado desde entonces", añade Frédérique. Zacharia, el hermano menor de Abdel no se encontraba en casa en el momento del ataque. Estaba en su tienda, que también fue arrasada. Los anti-Balaka lo dejaron atado en el interior antes de lanzar una granada que destruyó la tienda y que dejó a Abdel sin parte de su mano derecha y con el ojo derecho lesionado. "Zacharia encontró a su abuela y a su hermano por casualidad. Ahora está agotado, ansioso, se ocupa de la abuela, poco autónoma y de un hermano casi psicótico. Es una carga enorme para el joven". MSF hace un seguimiento constante de la situación de esta familia.

A las violencias que los refugiados sufrieron en su lugar de origen se suma la sufrida también durante la ruta hacia el Chad. Mariama es una niña Peulh de diez años. Cuando Frédérique la vio por primera vez, fue acompañada de su hermana mayor. "Su mirada era de temor, toda su expresión triste, encerrada en sí misma, no hablaba, fue su hermana la que explicó la historia de la familia", recuerda Frédérique. Los padres de Mariama fueron asesinados en el ataque a Bossembéle. Ella pudo huir al bosque con sus vecinos. Un tío consiguió encontrarla y llevársela a su casa en Bonali antes de proseguir su escapada hacia Bangui en un convoy del ejército Chadiano. En la ruta, el camión sufrió una avería. "El resto de camiones siguieron su camino. Según la hermana de Mariama, los anti-Balaka lo atacaron enseguida. Los hombres, entre ellos el tío de Mariama, murieron a machetazos delante de sus mujeres e hijos". Algunas mujeres fueron violadas. Mariama salió con vida tras ser pateada con fuerza. Todavía ahora se queja de dolores generalizados. "En nuestra tercera consulta ella me confesó que antes de abandonarlas en plena noche, los anti-Balaka habían pegado fuego a sus cosas, haciéndolas creer que ellas iban a ser cocinadas y devoradas. Durante el relato de su hermana mayor, Mariama estaba atenta y asentía en ocasiones. Creo que la posibilidad de hablar de lo sucedido permitió aliviar el terror. A raíz de nuestro último encuentro la hermana me dijo que Mariama ya no lloraba, que volvía a hacer las cosas propias de su edad, poco a poco".

En Dobaya, a unos cien kilómetros, se ha habilitado un espacio de acogida para menores que llegaron solos, sin familia. Son unos 400, pero de acuerdo con Unicef en todo el Chad serían alrededor de un millar. Cuatro hermanos llegan a Dobaya vía Sido. Presentan cicatrices de machetazos en las cabezas y dos de ellos, dedos mutilados. "Los dos mayores de 7 y 8 años, parece que mejoran, las heridas han cicatrizado, juegan. Pero los dos más pequeños siguen aislados, en sí mismos, todavía idos".

En estos casos, la separación de sus familias se suma al trauma de la violencia. Para Frédérique, "es indispensable trabajar en la reunificación de las familias. Sobreviven día a día, su vida emocional suspendida por el momento, no hay lugar para los recuerdos pavorosos, ningún espacio para la protección en el futuro. Haber sobrevivido y conseguir la protección de los niños es lo que cuenta hoy en día", según Frédérique Drogoul. "Pero cuando por fin consigan mantener condiciones de vida mínimas, es probable que entonces afluyan sentimientos de desamparo, que los colapsos psicológicos sean más frecuentes".

MSF trabaja en Chad desde hace más de 30 años. Además de los proyectos de emergencia en N’Djamena, Bitoye, Goré y Sido que cubren necesidades médicas y humanitarias de los refugiados llegados de RCA, los equipos de MSF mantienen proyectos regulares en Abéché, Am Timan, Massakory, Moissala y Tissi.

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