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21.09.2016

Testimonios de nuestro personal en Bokoro, Chad

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Andrea Kuehn tiene 30 años y es de Vancouver (Canadá). Es enfermera de las clínicas móviles de desnutrición de Médicos Sin Fronteras (MSF) en la región de Bokoro (Chad).  

Llegué a Bokoro hace tres meses. Era mi primera misión con MSF, estaba muy emocionada por llegar aquí. Siempre había querido trabajar para MSF, es mi pequeña contribución para hacer del mundo un lugar mejor. Sabía que Chad era un país seco, muy caluroso y con un nivel de desnutrición muy elevado.

Soy responsable de las 15 clínicas de desnutrición móviles que tenemos instaladas en 15 pueblos diferentes. Superviso el equipo de enfermeros, farmacéuticos y secretarios, y me encargo de que todo se desarrolle correctamente.

Cuando un niño llega a la clínica, le medimos el perímetro mesobraquial (MUAC): si es inferior a una cierta longitud, lo registramos en nuestro programa. En cada visita a la clínica, les volvemos a medir el MUAC, los pesamos y comprobamos su apetito. Después, los bebés pasan por la consulta de enfermería.

También tratamos diarreas, casos de malaria, infecciones respiratorias de parásitos y gusanos, casos de deficiencia de vitamina A e infecciones oculares. Los niños desnutridos casi siempre sufren otras enfermedades ya que su sistema inmunológico está débil. Además, proporcionamos alimentos terapéuticos preparados, mosquiteras y jabón. Si hay niños muy enfermos, me encargo de que los trasladen al centro hospitalario de nutrición terapéutica de MSF en el hospital del Ministerio de Salud de Bokoro.

La clínica móvil de la ciudad de Bokoro fue la primera a la que fui. Es una de las más grandes que tenemos en la región: allí atendemos a más de 400 niños al día. Recuerdo que era inmensa y caótica, nunca en mi vida había visto a tantos niños gravemente enfermos. Incluso con mi experiencia como enfermera en Canadá, el nivel de gravedad me sorprendió enormemente. Ahora que ya llevo tres meses aquí, las cifras siguen siendo extremadamente elevadas y la situación impactante.

Llegué por primera vez en mayo y la temperatura era de unos 45 °C. Aquí, el calor extremo se suma a los desafíos laborales cotidianos y afecta a nuestros pacientes. Y es que cuando un niño está enfermo y hace mucho calor, la probabilidad de que se deshidrate es mucho mayor.

Ahora estamos en época de lluvias. Las familias tienen cultivos de maíz y cacahuetes, pero probablemente no serán suficientes para pasar todo el año.

Otro problema aquí es la falta de educación en salud y nutrición: las mujeres no amamantan a sus hijos el tiempo suficiente, no espacian los nacimientos de los hijos (suelen tener uno y, al poco tiempo, ya están embarazadas del siguiente) y tienen muchas ideas falsas sobre la lactancia materna (cuando están embarazadas, dejan de amamantar a sus hijos mayores o incluso dejan de amamantar a varios hijos al mismo tiempo, lo que les causa desnutrición). Es muy frecuente que a nuestras clínicas lleguen madres con uno de sus hijos desnutrido y un bebé sano en brazos, cuando en realidad deberían estar amamantando a los dos.

Lo que me resulta más difícil es ver cómo los niños sufren y saber que somos capaces de ayudarlos aunque, muchas veces, las madres y los padres no aceptan la atención que proporcionamos o tardan en recurrir a ella.

Un día, una madre trajo un bebé de seis meses a una de nuestras clínicas móviles. La niña llevaba enferma cierto tiempo con fiebre y tos, y tenía dificultad para respirar. Sus padres la habían llevado primero a un curandero tradicional. En un intento de curarla, el sanador le había cortado la campanilla de la garganta y le había realizado unos cortes en el pecho, por lo que la pobre niña sentía dolor y se negaba a mamar. Era el principio de una infección.

Cuando llegó a nuestra clínica, era muy pequeña, estaba muy deshidratada y la infección se había extendido por todo el cuerpo. Se notaba cómo, en cada respiración, todo su cuerpo tenía que hacer un gran esfuerzo. Necesitábamos trasladarla de inmediato a la unidad de cuidados intensivos de MSF en la ciudad de Bokoro. Recuerdo que yo estaba sentada en el vehículo y rezaba para que la niña se recuperase. Fueron los 45 minutos más largos de toda mi vida.

Con cada respiración de la niña me preguntaba si sería la última. Afortunadamente, se recuperó en el hospital y, unos días más tarde, fui a visitar tanto a ella como a su madre. Ya no estaba en cuidados intensivos. Fue una alegría ver que había mejorado y ganado peso. Fue muy impactante ver ambos extremos: desde que estaba tan gravemente enferma hasta que luego se recuperó tan rápidamente gracias a la asistencia sanitaria.

 

Elizair Djamba es de Chad y supervisa el proyecto de distribución de MSF en Bokoro (Chad).

Este es el tercer año que trabajo con MSF. Vi lo que MSF hace en Chad en el terreno y quise trabajar con ellos. Por naturaleza, MSF es una organización médica. Estaba preocupado, pensaba que no tendría nada que ofrecer. Sin embargo, he estudiado mucho y, ahora que he tenido la oportunidad de trabajar aquí, aporto todas las habilidades y la experiencia posibles. Actualmente soy supervisor del programa de distribución de MSF en Bokoro, donde esperamos acabar con la desnutrición infantil.

Los niños que vienen a nuestros centros pueden estar sanos, pero corren el riesgo de padecer desnutrición. Este año, y por primera vez en Bokoro, damos a estos niños raciones de alimentos suplementarios especialmente formulados. Así tienen la oportunidad de mantenerse sanos.

Me encargo de gestionar y supervisar a un equipo de 20 personas bien motivadas y formadas, de modo que todos nuestros beneficiarios reciban la atención y los productos que necesitan. También soy responsable de la gestión de las existencias: me aseguro de que no nos quedemos sin jabón, alimentos suplementarios ni mosquiteras.

Se trata de un proyecto muy variado; tenemos enfermeros que miden el perímetro mesobraquial de todos los bebés, evalúan a las personas y realizan el seguimiento de los bebés enfermos. En última instancia, es un proyecto de prevención, por lo que también hay una gran cantidad de tareas no médicas como distribuir jabón, mosquiteras y alimentos suplementarios. Las madres también reciben una pequeña formación en higiene y nutrición.

El trabajo es duro. Tenemos que viajar mucho, las distancias son largas y el estado de las carreteras no suele ser muy bueno. Cuando llegamos, las mujeres y sus bebés siempre nos están esperando, de modo que salimos de la base de MSF cada día a las 6.30 de la mañana. No podemos dejar a la gente esperando fuera con el calor que hace, no tenemos tiempo para hacer una pausa durante el almuerzo. Llegamos a los pueblos temprano y seguimos trabajando hasta que todas las madres reciben todo lo que necesitan.

Ahora estamos en época de lluvias y, cuando llegamos a los centros, a menudo empieza a llover de forma torrencial. Tampoco podemos dejar a las mujeres y los bebés bajo la lluvia; tenemos que estar con ellos, mostrándoles que es importante y merece la pena estar allí. Además, los líderes de las aldeas locales esperan mucho de nosotros.

Un día, una abuela se presentó en el centro de distribución con un niño muy enfermo de 18 meses. Estaba extremamente desnutrido y tenía diarrea y vómitos. El padre del niño había muerto tres días antes. Nos llevamos al niño a la unidad de cuidados intensivos de MSF en Bokoro y, un par de días después, su madre también murió. No me lo podía creer. La abuela se quedó con el niño en el hospital, pero era muy mayor y tenía muchos problemas de salud. Yo estaba muy preocupado por el futuro del niño y recurrí a los líderes de la comunidad local para ver si alguien del pueblo podía adoptarlo.

El niño se recuperó de la enfermedad y fue dado de alta del hospital de MSF. Fue una alegría, pero aún llamo de vez en cuando a los líderes de la comunidad para comprobar si está bien. Últimamente no he tenido noticias suyas. Espero que un día podamos reencontrarnos con él; me gustaría asegurarme de que está inscrito en nuestro programa de distribución. A veces, las mujeres recorren largas distancias para llegar a nuestros centros y viajan por varios pueblos, así que trato de seguirles la pista.

 

Benedicte Latoumbayle tiene 28 años y es de Bokoro (Chad). Es enfermera en el centro de alimentación terapéutica y en la unidad de cuidados intensivos de MSF en la ciudad de Bokoro (Chad).

Empecé a trabajar con MSF hace cuatro años y medio. Como chadiana vi lo que mi pueblo sufría y me sentí identificada con los principios de MSF de ayudar a las personas en peligro. Me siento muy feliz de tener la oportunidad de ayudar a mi gente.

Llego temprano por las mañanas y compruebo todos los signos vitales de los niños. Lo hacemos todas las horas ya que muchos de ellos están muy enfermos. En el caso de los más graves, los comprobamos cada 10 ó 15 minutos. Desde que empiezo, estoy muy ocupada. Llego a las 7.30 de la mañana y, aparte de un breve descanso para el almuerzo, no paro hasta las 17.30. Perder el tiempo puede tener consecuencias terribles en la salud de los niños: un niño desnutrido que no está bien puede morir muy rápidamente.

La desnutrición es un problema muy grave en esta región. No hay suficiente comida ya que el desierto no es un buen lugar para el cultivo de alimentos. Los maridos a menudo dejan solas a las mujeres para viajar a otras partes del país en busca de trabajo, y hasta que no regresan, ellas y sus hijos viven una situación muy complicada.

Aunque en parte también se debe a unas costumbres y tradiciones perjudiciales. Algunas madres de aquí dicen que, cuando su niño nace, no es bueno amamantarle. Creen que la lactancia materna dañará a los futuros hijos que llevan en el vientre. Para luchar contra la desnutrición, la educación es fundamental.

Lamentablemente, hoy un niño ha muerto. Cuando llegó, su estado de malaria era  ya muy avanzado. En casa le habían dado de comer un tratamiento tradicional que le envenenó. Hicimos todo lo que pudimos y duele mucho ver a un niño así. Lo único que puedo decir a su madre es que su hijo ha muerto a causa de lo que le dieron de comer.

A veces, las madres nos cuentan que sus otros hijos han seguido el mismo tratamiento tradicional y que también están enfermos en casa. Entonces tenemos que ir de inmediato a buscar a los otros niños y traerlos al hospital.

Es triste ver a tantos niños sufrir, pero también es lo que me motiva a seguir adelante ayudándoles. Tengo una hija de 19 meses. Está sana, pero me resulta difícil ver a niños de la misma edad tan enfermos. Quiero que mi hija me sobreviva. Soy enfermera, pero creo que, con fortaleza y el apoyo adecuado, lo hará aún mejor.

Todo lo que MSF hace aquí por los niños desnutridos es impresionante. Ningún centro de salud en Chad sería capaz de asumir la responsabilidad de todos estos niños enfermos. No tienen experiencia ni recursos suficientes. No es un trabajo fácil.