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29.07.2013

Conversación con el miedo

Este es el primer de los cuatro reportajes que Médicos Sin Fronteras ha preparado para seguir la ruta de los refugiados sirios desde la provincia de Alepo hasta Grecia.

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Alia Mosa está postrada en la cama de un hospital del norte de Siria. Descubre sus pies, que están desfigurados. Hace un gesto para invitar a la conversación. “Fue a las cinco de la mañana. Lanzaron misiles y la casa quedó totalmente destruida. Mataron a cuatro de mis hijos. Yo resulté herida y una de mis hijas y mi marido sobrevivieron”, cuenta la joven. Indignada, Alia promete que jamás volverá a Alepo, la principal ciudad del norte de Siria en la que vivía hasta ahora. Insiste en denunciar el ataque pero pide no ser fotografiada. En su cara se mezclan la necesidad de comunicar el dolor y el miedo a ser identificada: sentimientos contradictorios que debieron de causarle una extraña sensación de impotencia.

Historias como esta se repiten en un hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en una zona controlada por la oposición armada de la provincia de Alepo. Espejo de la guerra, en el centro médico se recuperan tanto civiles como combatientes que han sufrido episodios de violencia. “Estaba en Alepo. Había combates, yo estaba en la calle y me dispararon”, relata Nora Aljassem, una señora de avanzada edad que pasó por el quirófano tras recibir dos impactos de bala en el vientre.

En el norte del país la atención médica es precaria a causa del derrumbamiento del sistema sanitario. Las embarazadas sufren partos prematuros a causa del estrés generado por la violencia y las personas con enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión se han quedado prácticamente sin atención médica. Son algunas de las víctimas silenciosas del conflicto.



Por un par de palabras

En boca de casi todos hay una palabra que les obsesiona: tayyara (avión en árabe). Los combates y los bombardeos dominan sus vidas: 4,25 millones de sirios se han visto desplazados desde que empezó la guerra hace más de dos años. En la provincia de Alepo, unas antiguas aduanas alojan un campo en el que se aglomeran 10.000 desplazados a la espera de cruzar la frontera y refugiarse en el país vecino. Varios de ellos se reúnen en una tienda de campaña para compartir sus proyectos de futuro.

— Quizá nos vayamos a Turquía y así podremos descansar —pronostica Mustafá—. Seguro que estaremos mejor que aquí. Aquí la situación es mala. ¿Qué le parece, señora?

— Que se haga la voluntad de Dios.

— ¿Pero en Turquía no será mejor que aquí?

— Por supuesto, será mejor.

Mohamed fuma un pitillo mientras Mustafá y su acompañante apuran el menú del día: huevos revueltos, pimientos verdes con sal y sopa de lentejas. Mohamed llegó al campo en busca de seguridad, después de huir de la ciudad de Alepo, donde un bombardeo destruyó una escuela y la casa de sus vecinos. “Cuando salí de casa había mucho polvo y no veía nada. Fui a buscar a mis hijos y cuando se disipó la nube, los sacamos de allí”, cuenta Mohamed. “Están atacando a los civiles. Están atacando las escuelas, las panaderías y las mezquitas. Se están centrando en estos tres lugares”, denuncia.

Mohamed es un nombre ficticio. No se opone a ser fotografiado, pero prefiere que su nombre real no sea revelado. El motivo es que sus problemas no empezaron con la guerra civil, sino que se remontan a 1993. El miedo no le ha abandonado desde entonces. “Estaba hablando con unos amigos. Era una discusión política. Mis comentarios se filtraron y fui encarcelado durante once años. ¡Once años!”, resopla Mohamed, que fue liberado en 2004. “Once años”, repite una y otra vez: “Once años sin ver a mi familia porque el régimen no me lo permitía. Once años por un par de palabras”.

 

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