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02.07.2020

Cuando (solo) miramos a la COVID-19, ¿qué sucede con millones de personas más?

Los daños colaterales de la pandemia en la salud son enormes: no podemos olvidar el impacto devastador que este desvío de atención causa en millones de personas víctimas de desplazamiento forzoso, violencia y conflictos armados. Por cada muerte de COVID-19 evitada mediante la suspensión de las actividades de vacunación, podrían morir más de 100 niños que no han sido vacunados.

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Por Kim West, investigadora y analista de MSF

Cuando estalla una pandemia, todos los recursos se centran en detener la transmisión y en tratar a aquellos que han contraído la enfermedad. Llevar a cabo este esfuerzo resulta de vital importancia, sobre todo en un momento tan complicado y excepcional como el que vivimos, pero al mismo tiempo, como ya ha ocurrido otras veces en menor escala, no hay que perder de vista el impacto devastador que este desvío de atención puede llegar a tener en la salud de millones de personas en el mundo. Particularmente, para aquellos que antes del coronavirus ya tenían un acceso muy limitado a la atención médica debido al desplazamiento forzoso, a la exclusión, a la violencia y a los conflictos armados.

Se han hecho pronósticos de hambrunas de ‘proposiciones bíblicas’ y se han publicado estudios que alertan sobre el número de muertes por malaria, que en alguno de los peores escenarios podrían verse hasta duplicadas. En 2018 hubo 213 millones de casos de malaria en el África subsahariana y el 45% de las muertes en niños menores de 5 años en países de bajos ingresos están asociadas con la desnutrición, así pues, si se cumplieran estas predicciones aterradoras, el coste que esto tendría en cuanto al número de vidas perdidas sería demoledor.

La temporada de lluvias está comenzando en muchos países en África subsahariana, y esto conlleva un aumento drástico en el número de casos de malaria y desnutrición. En tiempos ‘normales’, no pandémicos, este es un periodo para el que los Gobiernos y otras agencias de salud se preparan durante meses: se distribuyen redes tratadas con insecticidas, a menudo se administra quimioprevención contra la malaria, se llevan a cabo distribuciones de alimentos, se suministran antipalúdicos y en los centros de atención primaria se llenan los stocks de productos nutricionales terapéuticos. Durante estos meses previos a la llegada de las lluvias, se aumenta también el número de camas de hospital y se incrementa el personal para tratar a pacientes que llegarán gravemente enfermos.

Sin embargo, este año está sucediendo todo lo contrario: se están posponiendo o cancelando las distribuciones de mosquiteras y de alimentos, se están cerrando los servicios de atención primaria y muchos hospitales están reduciendo sus servicios para dejar solo aquellos que se consideran esenciales o que permiten salvar vidas de forma inmediata. Además, algunas organizaciones y Gobiernos han aconsejado no acudir a las instalaciones sanitarias en caso de fiebre para tratar de evitar que se produzcan infecciones adquiridas durante la visita a las mismas

También existe una amenaza para los programas de vacunación, ya que muchas de las actividades que se llevan a cabo en estas campañas se han visto suspendidas debido a la COVID-19. En los últimos años, la incidencia de algunas enfermedades como el sarampión y la difteria, que pueden prevenirse fácilmente con vacunas, ya había comenzado a aumentar en países como República Democrática del Congo y Bangladesh. Y este tipo de brotes se multiplicarán si los niños no pueden ser vacunados.

 Nuestro compañero realiza un test rápido de malaria a un bebé en Kenema, Sierra Leona.

Se estima que por cada muerte de COVID-19 evitada mediante la suspensión de las actividades de vacunación podrían morir más de 100 niños que no han sido vacunados. Desde el año 2000, se calcula que las vacunas contra el sarampión han evitado más de 20 millones de muertes infantiles. Si a esto le unimos el hecho de que la desnutrición es un factor de riesgo para los niños afectados por esta enfermedad, veremos fácilmente que estamos ante un cóctel explosivo que podría revertir muchos de los logros conseguidos en los últimos años en cuanto a la reducción de la mortalidad infantil.

Las razones por las que se están reduciendo los servicios de salud durante estos últimos meses de pandemia son muchas, interrelacionadas y complejas, pero se debe, al menos en parte, a que los recursos limitados (dinero, infraestructura, personal y suministros) se están desviando de los servicios de salud regulares a la respuesta a la COVID-19.

También se debe al desafío que supone mantener el distanciamiento físico en entornos donde se reúnen grandes grupos de personas, como es el caso de las distribuciones de alimentos o de las vacunaciones. También influye la implementación de medidas de confinamiento y la suspensión de actividades regulares, que no solo obstaculizan el transporte de suministros y personal, sino que también impiden que los pacientes lleguen a las instalaciones médicas.

Y por último, pero no menos importante, hay que tener también en cuenta los problemas que está generando la lucha encarnizada a nivel mundial por hacer acopio de suministros, en particular de equipos de protección individual (EPI), sin los cuales, como ya hemos visto en España, los hospitales y centros médicos acaban por convertirse en lugares de transmisión de COVID-19.

Necesitamos prestar la importancia adecuada a esta situación. Si se suspenden las medidas preventivas, esto se traducirá en que las tasas de enfermedades prevenibles por vacunación, desnutrición o malaria aumentarán. Si se reducen los servicios de atención primaria de salud, esto significará que enfermedades en principio leves y tratables probablemente progresarán a formas graves que requieren de hospitalización y que pueden provocar la muerte.

Trabajador comunitario entrega medicamentos para la malaria a una mujer. Sierra Leona.

Y en muchos lugares del mundo, como ya ha ocurrido en España, esto ocurrirá en un momento en que los hospitales están colapsados y desbordados con pacientes de COVID-19. Los servicios de salud para enfermedades transmisibles y no transmisibles y la atención de salud sexual y reproductiva también se verán afectados. De hecho, algunas estimaciones sugieren que si la COVID-19 causase interrupciones similares a las que provocó el brote de Ébola en África occidental durante los 2014-2015, significaría que casi 1,2 millones de niños y 57.000 madres podrían morir en países de ingresos bajos y medios en apenas seis meses, lo cual representa un incremento en la mortalidad infantil de más del 45%.

Mantener nuestros proyectos de salud no relacionados con la COVID-19 ha sido nuestra prioridad desde que la pandemia comenzó a extenderse. Sin embargo, la falta de EPI y las enormes dificultades que existen para hacer llegar a los trabajadores sanitarios a los lugares donde son más hacen que nos hayamos visto obligados a reducir las actividades en algunos de nuestros proyectos, justo en el momento en que lo necesario sería  ampliarlos más que nunca.

En Sudán del Sur y República Democrática del Congo, nos hemos visto obligados a cerrar proyectos antes de lo planeado; en Sudán y Burkina Faso hemos tenido que reducir o cerrar las consultas de salud primaria; y en casi todos los países hemos tenido que suspender nuestras ambiciones para expandir nuestros servicios de salud no relacionados con la COVID-19.

Somos conscientes de que los ministerios de salud y las ONG no gubernamentales que trabajan en África subsahariana también se enfrentan a los mismos desafíos que nosotros, pero eso no nos sirve de consuelo. Cada día que pasa sin que podamos llevar a cabo algunas de las actividades esenciales que sabemos que tendríamos que estar haciendo, supone un duro mazazo para millones de personas que ven cómo los servicios médicos que tanto necesitan resultan cada vez más escasos.  

La COVID-19 es un multiplicador de amenazas y por ello hay que poner todo nuestro empeño en que los servicios médicos permanezcan abiertos y sean efectivos en este momento tan crítico. Es la única manera de evitar que la mortalidad por otras enfermedades se dispare. Y esto solo será posible si priorizamos que los trabajadores sanitarios y los suministros puedan llegar a los lugares donde resultan necesarios. Hay que poner todo el empeño del mundo y presionar a nuestros Gobiernos para que fortalezcan los sistemas de salud a medida que se relajen las medidas de cierre y hay que establecer mecanismos que sirvan para garantizar una verdadera "solidaridad global" en cuanto a la distribución de recursos y de equipos de protección y en cuanto al acceso igualitario a potenciales vacunas y tratamientos.

El “todos estamos juntos en esto” debe incluir a todos y no solo a aquellos que tengan un mayor poder adquisitivo. De lo contrario, podríamos ver consecuencias devastadoras y duraderas para las poblaciones más desfavorecidas. Consecuencias que, como mínimo, serán tan importantes como las que deje la COVID-19.

Articulo originalmente publicado en Planeta Futuro