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24.08.2006

Darfur: "En Jebel Marra hemos abierto un espacio humanitario donde no había nada"

Tras sufrir varios ataques en Darfur (Sudán), MSF ha tenido que suspender parte de sus actividades y evacuar a su personal internacional de la zona de Jebel Marra. Alfons Verdú, coordinador de terreno, repasa el desarrollo de la intervención de MSF hasta que el último ataque contra un equipo el pasado 20 de julio llevó a tomar esta difícil decisión

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Los equipos de MSF en Jebel Marra ya fueron evacuados una primera vez en enero de 2006. ¿Cómo se gestó el regreso a la zona?

Cuando en enero los rebeldes del Ejército de Liberación de Sudán (SLA) atacaron Golo, que era donde estábamos trabajando, hubo un flujo masivo de desplazados desde esta zona hacia el área controlada por el SLA, en Killin y sus alrededores. A partir de febrero, nos concentramos en verificar la situación y llegamos a la conclusión de que el acceso a Jebel Marra era imposible, tanto por carretera como por vía aérea. La ONU lo consideraba no go area y las demás ONG seguían en la misma línea, así que nadie se planteaban volver ni tenía capacidad para hacerlo. Estaban cerrados los accesos por el Sur, el Norte, el Este y el Oeste. Estuvimos chequeando con los comandantes, tanto de la parte rebelde como del Gobierno, si era posible operar en la zona, y todos nos dijeron que no. De hecho, por primera vez en año y medio, el SLA nos dijo que no fuéramos a Jebel Marra. Era una zona de enfrentamientos continuos en la que el espacio humanitario no existía.

Al final el regreso se produce en marzo y “a la vieja usanza”.

Como el acceso era imposible por las vías tradicionales –coche o helicóptero–, prácticamente tuvimos que “inventarnos” una entrada. Definimos la ruta preguntando a los líderes locales; nos comentaron la existencia de una vía utilizada por comerciantes, con camellos, burros o a pie, un camino de ocho horas y media que discurría desde la última aldea con población permanente hasta el área de Killin. Creo que hacía años que MSF no acometía una intervención así, a base de camellos, para transportar 400 kilos de medicamentos y posicionar un equipo, en este caso un médico, una enfermera, un logista, y un coordinador de terreno. Nos encontramos con la problemática de siempre: mientras en las capitales y las grandes ciudades como El Fashir tienes una docena de ONG como mínimo, en las áreas rurales no hay nadie trabajando. Y el caso de Jebel Marra es paradigmático: en aquel momento sólo estaba el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y después MSF. Ni siquiera había planes, no ya sólo de volver al área y ser operacionales de forma permanente o regular, sino de hacer siquiera una evaluación para ver lo que estaba sucediendo. Había desaparecido hasta del mapa humanitario.

¿Qué situación os encontráis al llegar?

Nuestro objetivo era doble: comprobar si había una epidemia de meningitis, como se estaba reportando (un equipo de MSF situado más al sur estaba recibiendo algunos casos), y hacer una evaluación de la situación de los desplazados, entre 30 y 40.000 personas, que se habían sumado a las 20 ó 25.000 que ya estaban en el área de Killin. La evaluación fue rápida; nos permitió comprobar, por una parte, que no había brote de meningitis, y por otra que la situación de vulnerabilidad era enorme. Los mecanismos de respuesta empezaban a fallar. Por ejemplo, tras un mes y medio, los sheijs (jefes locales) se habían visto obligados a suspender las distribuciones de grano a los desplazados. Cuando llegamos, hacía más de 15 días que no recibían comida. Tampoco tenían utensilios de higiene o de cocina. No había cobijo, cuando ya estaba comenzando la estación de lluvias, y sobre todo no había asistencia médica de ningún tipo. Todo esto ya se estaba traduciendo en un aumento exponencial de las enfermedades respiratorias, por ejemplo, y en problemas nutricionales en los niños, con niveles de desnutrición moderados o severos. Y, dada la mala calidad del agua, había peligro de brotes epidémicos, desde disentería a cólera.

¿Cómo se articularon las actividades?

En las tres primeras semanas se da una primera respuesta con los 400 kilos de medicamentos y luego, debido a las condiciones de seguridad, tuvimos que replantearnos la intervención. Partimos entonces de una pequeñísima clínica de Goal (una de las ONG que habían trabajado allí), que completamos con estructuras de tiendas. No hicieron falta clínicas móviles porque se trata de una población nómada acostumbrada a moverse y ya tenía Killin como lugar de referencia de asistencia sanitaria. No podían desplazarse al hospital de Niertiti, el más cercano, a seis horas de camino, y además tenían que cruzar la línea de frente y poner su vida en peligro.

Los problemas de seguridad fueron aumentando con las semanas. ¿Qué desencadena la evacuación?

No hay una tendencia en cuanto a la pauta de violencia. Tanto en esta zona como en el resto de Darfur, podemos hablar de “impredictibilidad” y hasta de “somalización”, ya que el SLA se ha dividido en facciones, las líneas de frente son móviles y las zonas de control de cada grupo armado varían constantemente. Es algo que hay que comprobar no sólo día a día, sino en cuestión de horas. El Coordinador General de la misión y el Coordinador de Terreno manteníamos tres contactos de seguridad al día, de media hora cada uno. La decisión de evacuar se tomó como un último paso en toda una cadena de incidentes de seguridad sufridos, no sólo por MSF sino por las demás organizaciones, en algunos casos incluso con muertos. El último de los ataques que sufrió MSF fue en la carretera que pasaba por Golo en dirección a Niertiti, que habíamos conseguido reabrir y habíamos utilizado durante mes y medio. Este tipo de incidentes es algo que tienes contemplado, te paran y te roban. Pero la situación se había hecho insostenible, era imposible desarrollar actividades, ni médicas ni de ningún otro tipo.

¿Qué actividades siguen ahora en marcha en Jebel Marra?

La gran ventaja en este proyecto es que hemos contado con el personal nacional formado por MSF durante los dos últimos años. Aunque ahora hayamos decidido la salida del personal internacional, hemos dejados los dos proyectos a “control remoto”, a través de nuestros trabajadores nacionales. Ellos mantienen los pilares básicos: consultas externas, internamiento y el proyecto de nutrición. Tenemos contactos semanales y recibimos sus informes sobre la morbilidad por si hay algún brote epidémico. Y, en función de los consumos de la farmacia, les vamos enviado medicamentos. No es la fórmula más deseable, pero en este contexto, al menos somos capaces de seguir manteniendo las actividades. Es fácil dejarse vencer por una sensación de derrota cuando al final te tienes que marchar, pero creo que lo importante es que hemos abierto un espacio humanitario donde antes no existía nada. Donde no había nada, con una población de 35.000 personas, ahora hay dos clínicas funcionando y la absoluta voluntad de regresar allí con toda la maquinaria de MSF. No hemos vuelto con la sensación de que nos han derrotado, todo lo contrario.

¿Hoy por hoy, es posible determinar una fecha de regreso?

Tenemos que tener la garantía de que la seguridad no es un impedimento para nuestra labor, y ahí hay un claro responsable, que es el Gobierno de Sudán, el cual, según las convenciones de Ginebra, es responsable de que la ayuda humanitaria llegue donde tiene que llegar. También entran en juego otras variables, como la fragmentación de los grupos armados, la implantación del proceso de paz, la posible operación militar del ejército, etc. Pero ya tenemos un cronograma: a principios de septiembre, un equipo de evaluación se desplazará a las capitales del Jebel Marra (Salingi y Niertiti) para recoger información de autoridades gubernamentales, rebeldes y civiles. Si es posible el regreso, comenzaríamos con los preparativos para estar operativos en el área a finales de septiembre. Además, en noviembre, después de la estación de lluvias, se abren nuevos caminos incluso para los coches, por lo que las posibilidades de volver son muy reales. Y la voluntad existe.

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