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25.06.2008

Diarios de Karamoja (2): morir de hambre

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El lunes nos despertamos con el cielo teñido de gris. Finalmente, parece que va a llover. Nos sentamos a la mesa para desayunar y no pasa mucho tiempo antes de que empiece la lluvia. Primero, suavemente y luego de forma intensa. La gente está contenta. Hace días que no llueve en la zona de Kaboong.

El único aspecto negativo de la lluvia es que, según me explica Harriet, probablemente esta semana bajarán las consultas en el programa ambulatorio. Ha habido tan poca agua este año que cuando llueve, aunque sea un poco, la gente aprovecha para ir a trabajar la tierra y deja la consulta de los niños para más adelante. En todo caso, esperemos que al menos la lluvia aguante todo el día para que realmente cale y reblandezca la tierra.

Por la mañana, trabajo con Innocent en la oficina y, después de comer, me voy con María al hospital. Antes de visitar el ala pediátrica pasamos por el quirófano, donde una "brigada" de cirujanos keniatas está operando a los niños de la región con paladar hendido. Estarán aquí  solo una semana y esperan operar a cerca de 30 pacientes. María habla con ellos y les explica el caso de uno de nuestros pacientes con secuelas de quemaduras que, mediante cirugía podría recuperar el movimiento de la pierna. El cirujano comenta que solo han traído instrumental para la operación de paladar, pero que si podemos conseguirles el material necesario para la operación, por ellos no habrá ningún problema. Acompañamos a la madre con su niño al área pediátrica y los alojamos allí a la espera de que María pueda conseguir el instrumental en alguno de los hospitales de la zona.

Al entrar en pediatría nos encontramos a las madres con sus bebés, sentadas en sus colchones, escuchando la charla de una Educadora de Salud del proyecto. Mientras dura la charla, María me va contando el historial de cada paciente.

Vemos al pequeño que trajimos el viernes. Parece que evoluciona positivamente. A continuación, me enseña a otra pareja de gemelos prematuros que llegaron al programa con poco más de 1,5 kilos y que ahora están ya en 2 kilos. Es increíble como estos pequeños tiran adelante. Son tan pequeños que apenas se adivina su figura debajo de la manta que los cubre, ocupando solamente una mínima parte del colchón.

El siguiente paciente es un pequeño de un año que encontramos en brazos de su madre.  Lo ingresaron hace cuatro días y parece que no responde al tratamiento. Pesa cuatro kilos. Veo como María abre la manta para auscultar al pequeño y me sorprendo de su extrema delgadez. Me comenta María que es muy difícil diagnosticar a estos pequeños, pues su cuerpo es ya tan débil que no tiene fuerza ni para mostrar los síntomas de la enfermedad que sufren. Me estremezco al pensar en que mi hija Marta pesaba casi cuatro kilos al nacer, prácticamente lo mismo que este pequeño, un año después.

Mientras María examina al niño me fijo en su cara. Tiene los ojos muy abiertos, con las cuencas hundidas y el rostro totalmente inexpresivo. Toma el aire con esfuerzo, en pequeñas bocanadas, y en cada inspiración veo como se hincha su huesudo pecho. Recorro con la mirada sus brazos, sus piernas, su cuerpo... apenas son hueso cubierto de piel. Una de las pruebas que realiza María es pellizcarle en la piel de la barriga, y el pliegue que se le crea tarda unos segundos en desaparecer. Me explica que este es un síntoma claro de deshidratación unida a la desnutrición. María vuelve a mirar el historial del paciente. No consigue averiguar porqué no se recupera.

Decide realizarle una prueba de malaria, el ‘paracheck'. La prueba recuerda a un test de embarazo. Se realiza con una gota de sangre del pequeño que se extrae a través de un pequeño pinchazo en la yema del dedo. El niño no tiene fuerza ni tan solo para quejarse o llorar. El test sale negativo.

María continúa con la ronda y yo me quedo un poco más observando al bebé en brazos de su madre. Me acerco, lo acaricio, le sonrío pero no reacciona.

Pienso en mis hijos Marc y Marta. Me imagino cómo de duro debe ser para un padre ver que no es capaz de conseguir suficiente comida para su hijo. Cuánta impotencia. Qué desesperación al ver que, poco a poco, se va apagando sin que puedas procurarle alimento.

Finalizamos la ronda y volvemos a casa. De camino de vuelta María me explica que el pequeño está muy mal, que ve difícil que pueda superar esta noche. La noticia me devuelve, como una bofetada, a la realidad. "¿Se va a morir?". Me quedo sin habla. "No creo que supere la noche". Supongo que la diferencia es que ya no se trata de una estadística, de una fotografía o de una imagen en televisión. Se trata del pequeño que estaba acariciando hace apenas unos minutos.

Antes de llegar a casa decidimos acercarnos al río. Finalmente ha estado lloviendo todo el día y parece que ahora baja lleno de agua. Me alegro.

Por la noche, María llama al hospital para preguntar al enfermero de guardia acerca del bebé. Le dicen que han tenido que ponerle una sonda para alimentarlo y que tiene el pulso muy débil. Nos vamos a dormir.

A la mañana siguiente, María me confirma que el pequeño no ha superado la noche, falleció a las 4 de la madrugada. Parece imposible. En pleno siglo XXI, el pequeño karamojong, como miles de niños cada día, murió. Murió de hambre.

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