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04.03.2008

Fatouma y Raddia, testigos de las deficiencias del sistema de ayuda en Zalingei

Fatouma y Raddia se conocieron en el hospital de Zalingei a finales de enero. Estas dos jóvenes ilustran el deterioro de las condiciones de vida en Hamedia, cerca de Zalingei, principalmente para las poblaciones desplazadas aunque también para los residentes locales

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“Justo después de que naciera mi bebé, me di cuenta de que algo no andaba bien: tenía el estómago hinchado y no tomaba bien el pecho”, explica Fatouma, de pie junto a la cuna donde Fatma duerme. La joven madre toca la mascarilla que proporciona de forma permanente el oxigeno que su hija necesita. Y tiene motivos de preocuparse: durante cinco días, el equipo sanitario de MSF ha estado luchando para mantener al bebé con vida, pero su vida todavía está en peligro. A sus 45 días, Fatma padece una lesión cerebral permanente, neumonía y problemas respiratorios agudos. Resulta imposible reconstituir los hechos, pero el bebé probablemente contrajo la infección durante sus primeros días de vida. Durante seis semanas, no pudo recibir la atención que necesitaba y su estado empeoró.

Fatouma primero intentó ocuparse ella misma de su hija, al principio recurriendo a prácticas tradicionales. “Mi abuela cuidó de ella durante siete días”, afirma Fatouma, sin añadir más detalles. Muchas cicatrices superficiales pero perfectamente visibles en el estómago de la pequeña indican que se le practicaron una serie de incisiones. “Pero no mejoró, y tres semanas más tarde, la llevé a la clínica, donde se le administró un jarabe para la tos”, añade Fatouma. Esta clínica, abierta por MSF en 2004, fue traspasada a otra ONG. Seis días más tarde, el bebé empezó a tener dificultades respiratorias y Fatouma regresó a la clínica. Dada la gravedad del estado de la niña, los demás pacientes la dejaron pasar primero. Esta vez, le recetaron una “gran tableta blanca” que teníamos que partir en dos y administrársela una vez al día. Al salir de la clínica, Fatouma decidió ir al hospital donde Fatma fue ingresada en la sala de pediatría.

Dos asistentes médicos para más de 40.000 desplazados
Fatouma regresó a Hamedia hace un año. Tras pasar cuatro años en El Genina a donde había huido, decidido regresar a casa debido al deterioro de la situación de seguridad allí. Mientras tanto, la situación había cambiado en Hamedia, donde ahora hay un campo con 40.000 personas desplazadas. Unas 10 familias llegan cada mes. Pero las dos clínicas en Hamedia operan únicamente varios días a la semana, la mayoría de las veces con un asistente médico formado para tratar solamente las afecciones más frecuentes.

A poca distancia de Fatouma, en una tienda que alberga a niños desnutridos que empiezan a ganar peso, Raddia está dando de comer a su hija de siete meses, Awa. Raddia llegó al campo de Hamedia hace cinco años al igual que todos los habitantes de su aldea. “Desde que llegamos, recibimos regularmente todo lo que necesitábamos: alimentos, mantas, lonas de plástico... Pero este año, nos ha faltado agua y comida, y no hemos tenido mantas ni lonas de plástico para rehacer nuestros refugios. Durante 40 días, no hubo distribuciones de alimentos, recibimos solamente una ración reducida... Ni aceite ni lentejas y menos azúcar y mijo”, explica Raddia.

Menos comida...
A los siete meses, su hija Awa pesa cinco kilos y padece desnutrición severa. “Quería el pecho, pero no tenía mucha leche”, añade Raddia, “Ahora la situación ha mejorado. Tengo más leche y puedo alimentarla mejor”. Los seis miembros de la familia de Raddia se registraron a su llegada para recibir ayuda alimentaria. Cinco años más tarde, el Programa Mundial de Alimentos todavía les considera como una familia de seis miembros, aunque hoy ya suman 13 bocas que alimentar: no se han tenido en cuenta los dos niños nacidos en el campo y el sistema no ha incluido a los niños que nacen desde hace cuatro años. Además, un primo se ha reunido con ellos trayendo consigo cuatro miembros de la familia más. Como los recién llegados –también desplazados– todavía no han conseguido el derecho a recibir ayuda alimentaria, Raddia reparte sus raciones con ellos. Para intentar ganar algo de dinero para comprar comida en el mercado, se dedica a lavar ropa en la ciudad. “A pesar de todos nuestros esfuerzos”, dice, “nadie come bastante”.

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