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23.09.2022

En Puerto Príncipe “estamos sobreviviendo, no viviendo”

Rosenberg, Ugo, Natalie y Morjorie trabajan en uno de nuestros hospitales en Puerto Príncipe. Atrapados en una espiral descendente de violencia extrema por parte de grupos armados, describen la vida cotidiana en medio del caos de la capital de Haití.

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A principios de mayo de 2022, 188 personas perdieron la vida y alrededor de 100 resultaron heridas en enfrentamientos entre grupos armados en Puerto Príncipe. Aproximadamente 17.000 residentes también se vieron obligados a abandonar sus hogares. Nuestro hospital en Tabarre, que se especializa en el tratamiento de traumatismos y quemaduras, experimentó un aumento en la ocupación de camas, con 96 pacientes que requirieron tratamiento por heridas de bala, mientras que las ambulancias luchaban por llegar a varios de los barrios de la ciudad para ayudar a las personas heridas.

La violencia es ahora una realidad diaria para las personas que viven en condiciones infernales en medio de grupos armados en la capital haitiana. Cada vez más grupos fuertemente armados luchan por el control de las carreteras y los barrios de Puerto Príncipe.

Un paciente llega al hospital de MSF en Tabarre, Puerto Príncipe, Haití.

 

Oleada de secuestros

El comercio de secuestros está funcionando a toda velocidad, al igual que la recaudación de impuestos en casi todas las actividades (mercados, iglesias, negocios e incluso hospitales) que generan ingresos para las comunidades locales. Durante los primeros tres meses de 2022, CARDH (Centro de Análisis y de Búsqueda en Derechos Humanos, por sus siglas en francés) identificó 225 secuestros, un 58,45% más que en el mismo período de 2021.

Durante los últimos dos años, Natalie* ha trabajado en uno de nuestros hospitales en Puerto Príncipe. Su viaje en coche entre su casa y el trabajo es una fuente constante de ansiedad. “Tengo miedo de que me roben, por supuesto, pero mucho más de que me secuestren”, dice. “Cada vez que salgo de casa me preparo física y mentalmente. Me digo a mí misma que podría pasar y uso ropa holgada para estar cómoda si me mantienen prisionera en algún lugar durante varios días. La mayoría de las mujeres secuestradas son violadas, lo que también me aterroriza”.

Para reducir los riesgos que implica ir y venir del trabajo, hemos introducido turnos de 24 horas en nuestras instalaciones. "Es agotador, pero menos arriesgado", continúa Natalie. Rosenberg, que también trabaja para nuestra organización, está de acuerdo. Varias veces en abril no pudo llegar al hospital debido a los enfrentamientos y los intensos disparos en la calle. “Tardo 45 minutos en caminar cuando no puedo encontrar transporte”, explica. “A veces, debido a los enfrentamientos y los caminos bloqueados, puede durar más de dos horas. Es lo mismo para mi hijo mayor que ni siquiera puede llegar a la Universidad."

Originaria de Gonaives, esta madre de cuatro hijos es el único sostén de la familia. Su sueldo apenas alcanza para pagar la matrícula escolar y la comida, principalmente arroz, en ocasiones patatas, plátanos o batatas. La cena ya no forma parte de la rutina diaria, y tampoco la carne porque cuesta demasiado. Rosenberg continúa: “Estamos sobreviviendo, no viviendo porque todo el tiempo estamos estresados ​​y asustados. La vida es realmente dura”. Durante un tiempo, la familia residió en Cité Soleil, el barrio marginal más grande de Puerto Príncipe, antes de verse obligada a huir a Croix-des-Bouquets, que según ella es ahora el “centro de bandidos".
 

Manifestantes haitianos pasan junto a neumáticos en llamas durante una manifestación en Puerto Príncipe, en Haití.

 

La inflación y un gobierno quebrado

Asesinatos, secuestros, extorsiones, brutalidad policial…. Toda esta violencia tiene lugar mientras Haití está sumida en una profunda crisis económica y política. Desde julio de 2018, se han llevado a cabo en todo el país protestas cada vez más violentas, debido en parte a la crisis del combustible.

En medio del caos, en 2019 reabrimos nuestro hospital de Tabarre, que brindó a las comunidades más pobres un mejor acceso a la atención médica. Al no poder costear el tratamiento médico en los centros de salud que carecen de personal médico, la gente también ha tenido que hacer frente a repetidas huelgas en los hospitales públicos.

Ugo es uno de los que han sido detenidos camino al trabajo en el hospital. "No son los ricos los que son atacados, sino la gente común como yo que trata de ganarse la vida".

Un arma de gran calibre lo apuntó, le robaron todo lo que tenía. “Perdí la esperanza”, recuerda. "Pensé que iba a morir. Sentí que era su enemigo. Cuando me soltaron, fui a trabajar y describí lo que me pasó. Vemos cosas terribles todos los días, personas asesinadas, quemadas vivas en la calle”.

Para evitar pasar por Martissant -un peligroso distrito controlado por grupos armados-, ahora tiene que salir de casa al amanecer y caminar por la montaña. “Salir temprano es más arriesgado porque las calles están vacías, lo cual es realmente peligroso. A menudo llego tarde, a veces porque no puedo atravesar los disparos. Nos afecta económica y físicamente. Es agotador".

Padre soltero de cuatro hijos, su hijo menor tiene ahora solo 10 semanas. Todos los días, mientras va y viene con su familia, pone su vida en peligro.

Con solo 10 senadores en el cargo, el gobierno de Haití está sumido en una gran crisis económica y social. Entre noviembre de 2021 y marzo de 2022, el precio del transporte aumentó un 92% y las necesidades básicas, como el agua y los alimentos, experimentaron aumentos de precios similares. En marzo de 2022, la inflación alcanzó casi el 26%, un enorme aumento cuando cerca del 60% de la población de Haití lucha por sobrevivir con el equivalente a dos dólares al día.


  Un joven con heridas de bala en el hospital de Martissant, Haití

 

Huyendo de la violencia extrema

Ugo y Morjorie, que también trabaja para nuestra organización, conocen a muchas personas que han decidido huir de Haití. Según el OCID (Observatorio Ciudadano para la Institucionalización de la Democracia en Haití), más del 82% de los haitianos quiere salir del país, para ir o a República Dominicana o a EE.UU.

“Ya no quedan jóvenes en mi distrito”, dice Ugo varias veces. Morjorie recuerda a una señora de 50 años “y su hermosa casa y su pequeño jardín en Tabarre” que ahora vive, indocumentada y desamparada, en condiciones de extrema pobreza y miseria en EE. UU. “Cerró la puerta y nunca volvió”.

Después de la destitución del presidente Jean-Bertrand Aristide en 2004, Marjorie también dejó su casa en Martissant y se mudó a Lalue, un barrio más tranquilo y menos propenso a la violencia.

Cuando el terremoto destruyó su casa en 2010, la familia se mudó una vez más a Delmas, otro distrito de Puerto Príncipe. “Cuando llegué a Puerto Príncipe, vivía en un barrio cerca de Martissant”, recuerda. “Tuve a mis dos hijos mayores en Martissant. En ese entonces era totalmente diferente. La vida era mucho más fácil”.

Ugo y Morjorie comparten el mismo sueño para sus hijos, que terminen sus estudios a salvo en algún otro país, lejos de la horrible violencia y pobreza. “Quiero quedarme en mi país. Quiero quedarme porque tengo fe en que algún día las cosas cambiarán”, concluye Ugo.

*Todos los nombres han sido cambiados