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19.03.2014

“Es inaceptable lo que sucede en el sur del Chad con los refugiados de RCA”

Son las siete de la tarde. La noche se cierra sobre Baibokoum. Estamos a unos treinta kilómetros de la frontera con la República Centroafricana. Es el lugar donde Médicos Sin Fronteras ha dispuesto sus estructuras.

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Cada día, el equipo hace el viaje de ida y vuelta entre Baibokoum y Bitoye, una localidad de 10.000 habitantes que ha visto cómo su población se doblaba con la llegada de miles de personas arribadas a pie o en coche, buscando refugio en Chad, tras huir de la violencia en la República Centroafricana.

MSF inició sus actividades hace tres semanas, con la puesta en marcha de un centro de salud primaria. Con cien consultas al día, la sala de espera nunca está vacía. Mujeres y niños, mayoritariamente, esperan con paciencia sentados en bancos o en esteras bajo un mango. Una madre amamanta a su bebé de apenas un mes. Explica cómo tuvo que huir, descalza, hacia el bosque con sus siete niños después de que los anti-Balaka atacaran Bocaranga, el pueblo donde nació. La misma historia se repite con otras mujeres, que han llegado aquí buscando protección. Muchas de ellas son Fulani (Peuhl). Sus maridos o bien se quedaron atrás con el poco ganado que les queda o bien están muertos. “Nunca había visto algo similar”, dice Aaron Zoumvournai, un medico de MSF al cargo de evaluar la situación en Bitoye, Goré y Sido, los tres lugares principales de entrada a Chad para refugiados llegados desde RCA. Describe las heridas que presentan los refugiados, principalmente de Bangui: niños con cicatrices en las cabezas fruto de machetazos, una niña a la que amputaron dos dedos con tijeras como “recuerdo”, heridos de bala y evidencias de tortura.

Explica la historia de un paciente en el centro de salud de Bitoye que fue transferido más tarde al hospital de Baibokoum. “Llegó de una población cerca de Bouar. Ese día estaba solo en casa cuando los anti-Balaka atacaron su pueblo. Incendiaron su casa. Cuando intentó escapar por la ventana vio como atacaban con machetes a cuatro personas, como las mataban. Se preguntó cuántos estarían muriendo, quemados, por miedo a salir de sus casas. El paciente salió y fue capturado por los anti-Balaka, que le obligaron a poner los pies en un barril ardiendo. De no hacerlo, le hubieran matado. Cuando se hartaron de la tortura, se fueron”. Alguien lo dejó al lado de la carretera, donde un camión que iba camino a Chad lo recogió. No sabe qué ha sido de su familia, pero visto lo sucedido en el pueblo, no tiene ninguna esperanza”. En Goré son seis mil las personas que se hacinan alrededor del hospital. Muchos de ellos provienen de Bossangoa. Duermen en el suelo y se procuran un techo con ramas y telas. Cuando lleguen las próximas lluvias, se quedarán sin nada. Un anciano para al equipo y explica que acaba de llegar de la frontera esa mañana, a pie. Un poco más adelante una mujer se acerca con un bebé, minúsculo, en sus brazos. Dio a luz, prematuramente, y no tiene leche. “El niño sólo tiene un problema: hambre”, dice Francis Koné, médico de MSF en Chad. El bebé no ha comido nada en dos semanas.

En Sido, el problema es mayor, porque el número de refugiados es mayor. Más de 13.000 refugiados se han establecido allí, a apenas unos centenares de metros de la frontera. Hace tan sólo tres días, el octavo y último convoy, escoltado por el ejército chadiano, con 3500 personas. Kaltouma fue una de ellos. Tuvo que huir de Yaloké, hace dos meses, después de que fuera atacada y ocupada por los anti-Balaka. Pasó veinte días en los bosques con su hijo mayor, de 13 años y con sus gemelos, de un año. Entre los veinte miembros de su familia que desaparecieron durante el ataque, se encuentran su marido y su hijo de ocho años. Gracias a la ayuda de familiares en Bangui supo que la armada francesa escoltaba a los refugiados hasta el aeropuerto de Bangui. Entonces después de tres semanas de espera, consiguió una plaza en uno de los camiones a Chad. Se intercambia a los gemelos de pechos mientras los amamanta. Ni ella, ni nadie a su alrededor habían estado nunca en Chad. “Somos cien por cien centroafricanos”, dice. Aún así, el ACNUR, no está aquí para evaluar su situación.

“Mientras estas familias no puedan ejercer su derecho a pedir asilo en Chad, no podrán obtener estatuto de refugiado y no podrán obtener ayuda de ACNUR. Incluso podrían ser enviados en contra de su voluntad a un destino final donde no habrá nadie que les preste ayuda”, dice Sarah Chateau, coordinadora general de MSF en Chad.

“La mitad de los pacientes que hemos visto me han dicho que tienen hambre”, dice Antoine, un médico en Sido, “Sólo tienes que pasear por los patios donde los refugiados se asientan y ves que no tienen nada que comer”. Además de la comida, sólo tienen a su disposición veinte letrinas, 300 tiendas y cuatro puntos de distribución de agua. Cuando comiencen las lluvias, el riesgo de epidemias será aún mayor.

“Es crítico que, por una parte, se reconozca el hecho de que esta población está aquí huyendo de la violencia y son por lo tanto refugiados. Necesitan recibir ayuda internacional inmediata en forma de comida, tiendas, agua y facilidades sanitarias”, dice Chateau, “Lo que está pasando ahora en Chad es inaceptable”.

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