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03.06.2022

Injusticia, el mundo está lleno de injusticia

“Eso es lo que siento y pienso cada vez que piso el suelo de un asentamiento de desplazados o un campo de refugiados, cada vez que veo las condiciones de vida en las que esas personas que están frente a mí pasan su día a día”, confiesa nuestra coordinadora de operaciones en terreno.

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Por Siham Hajaj, coordinadora de operaciones en terreno de Médicos Sin Fronteras

Eso es lo que siento y pienso cada vez que piso el suelo de un asentamiento de desplazados o un campo de refugiados, cada vez que veo las condiciones de vida en las que esas personas que están frente a mí pasan su día a día. Campos por todo el mundo, en los que viven, según cifras de Naciones Unidas, la mayoría de las más de 80 millones de personas que han sido forzadas* a abandonar su hogar. Y, todas las veces, me digo lo mismo. «¿Ves a esa mujer, a ese hombre, a esa niña?; podrías ser uno de ellos, Siham, y que no lo seas hoy no significa que no lo puedas ser mañana». Esa reflexión me llena de tristeza y me lleva al enojo, al comprobar la indiferencia que suele haber ante la situación de estas personas y cómo esta se ha normalizado. Pero es también un acicate para provocar un cambio, aunque sea mínimo.

Todo este tiempo trabajando en lo que llamamos «ayuda humanitaria» me ha hecho entender que los contextos donde hay crisis o exclusión social son complejos y muy difíciles de cambiar. El día que descubrí esa cruda realidad, dudé de todo: de los sistemas políticos y sociales, de los organismos humanitarios, de los movimientos comunitarios, del papel de Médicos Sin Fronteras y de mi propia labor. Tuve que tomar distancia, prendre du recul, como se dice en francés, y desmontar para volver a montar. Fue un proceso difícil y doloroso entre 2016 y 2017, durante el cual me sentí perdida, porque vi cuestionadas mis convicciones. Finalmente, me dije: «Quizá no puedo generar grandes cambios, pero quedarme de brazos cruzados no va a generar ninguno». A partir de ahí, entendí que conseguir grandes cambios no es mi papel, sino intentar alcanzar pequeños logros a través de mi trabajo con MSF, con una respuesta cualificada en lugares donde no llega casi nadie, dando visibilidad y hablando de la situación de esas víctimas de las crisis humanitarias y la exclusión de las que no se habla (a otras organizaciones, a otras víctimas, a los medios de comunicación, a mis amigos y mi familia, a mí misma); escuchando con respeto y empatía a mujeres desplazadas abusadas, violentadas y excluidas; sonriendo a niños a los que la miseria robó la inocencia. Porque, con pequeños actos, podemos marcar una gran diferencia.

Mi primer contacto con población desplazada, aunque no fue debido a una guerra o una catástrofe natural, tuvo lugar en 2002, con MSF; intentábamos entender qué pasaba con los grupos de migrantes subsaharianos, mayoritariamente nigerianos, que podían verse por la medina de mi ciudad, Tánger (en Marruecos). Durante seis años de trabajo con grupos de migrantes, toqué su realidad y vi niveles extremos de violencia y todo tipo de violaciones de sus derechos. En Tánger, como en Ushda, MSF fue una de las primeras organizaciones en facilitar el acceso del colectivo migrante al sistema de salud; identificábamos a quienes necesitaban atención médica y, bien los atendíamos con las clínicas móviles, bien los derivábamos a las estructuras de salud marroquíes. También derivábamos a las mujeres embarazadas y a los niños que tenían que ser vacunados. Para mí fue una maravillosa experiencia profesional y personal y, desde estas líneas, doy las gracias a cada colega con quien la compartí (muchos son hoy buenos amigos).

 

"¿Ves a esa mujer, a ese hombre, a esa niña?; podrías ser uno de ellos, Siham, y que no lo seas hoy no significa que no lo puedas ser mañana".

 

El hecho es que, cuando digo «maravillosa experiencia», me refiero también a los procesos dolorosos de aprendizaje que implica, aquellos que nos hacen entender la realidad del mundo y nos obligan a crecer. Porque ser consciente de que aún hoy sigue habiendo compraventa de seres humanos es duro; porque escuchar a mujeres que han sido sistemática y diariamente violadas es duro; porque encontrarse con mujeres forzadas a quedarse embarazadas o a terminar sus embarazos según los movimientos de las pateras es duro (en verano salen más pateras y un embarazo evita ser deportada, mientras que en invierno salen menos y un embarazo no es deseable, porque alimentar a una embarazada y a un niño cuesta más); porque ver a mujeres y hombres forzados a trabajar en el tráfico ilícito, en la mendicidad y en la prostitución es duro; porque escuchar en las sesiones de apoyo psicosocial a personas que te piden que las saques de su realidad diaria y no poder ayudarlas es duro; porque ver cuerpos quemados o heridos y dedos arrancados por ajustes de cuentas entre traficantes de personas es duro; porque ver marcas de balas de goma en los cuerpos de los pacientes es duro; porque intentar asistir a menores que han sufrido agresiones sexuales a manos de funcionarios es duro; porque enterarte del fallecimiento de personas con las que hablaste unos días antes es muy duro. Y porque ver que todo esto está pasando en silencio es aún más duro. Recuerdo lo que me dijo un paciente: «Siento que no existo, como si fuera un fantasma». Hasta ese punto había perdido el control de su vida y se sentía invisible. No he podido sacarme esa descripción de la cabeza.

Casi 20 años más tarde, aterricé en Nigeria, donde estuve dos años, hasta principios de 2021. En el estado de Borno (en el noreste), el 90 por ciento de la población está afectada por el conflicto entre el Gobierno y los grupos armados, que ha provocado el desplazamiento reiterado de la población. Es otra guerra justificada por la lucha contra el terrorismo; y, si años atrás veía en mi país a nigerianos «castigados» por buscar mejores condiciones de vida, hoy los veo sufrir el mismo destino por tener la misma y legítima expectativa, pero dentro de su propio país. En los campos de personas desplazadas de Gwoza y Pulka, vi las mismas caras de desesperación, los mismos silencios y miedos, la misma lucha diaria por conseguir comida, agua, alojamiento, salud, educación, trabajo y protección. En estos campos, he vuelto a ver la misma lucha cotidiana de estas comunidades para recuperar unas condiciones de vida dignas.

En Borno, la población que escapó de la violencia (o que fue forzosamente desplazada) en las zonas ocupadas por grupos armados vive ahora en las llamadas «ciudades guarnición» (garrison towns), territorios relativamente pequeños que solían ser capitales provinciales, en las que puede haber ahora hasta 70.000 personas que dependen de la ayuda humanitaria. Estas ciudades están bajo control militar y es el Ejército el que decide quién entra y quién sale, y eso incluye el acceso a las huertas donde cultivar productos de subsistencia. Las familias que tuvieron que dejar a sus seres queridos en las zonas controladas por los grupos armados no pueden ir a visitarlos. En cuanto a los superpoblados campos de desplazados, la gente se aloja en tiendas raídas y ya no hay espacio para poner más, ni para construir más letrinas; conseguir agua potable es un problema y, si ya en lugares como Pulka la cantidad de agua por persona puede no superar los cuatro litros por día en la estación seca, en el resto de «ciudades guarnición», consumir agua no tratada está más que normalizado.

La violación de los derechos humanitarios y de los derechos humanos es el día a día de las personas que viven en el miedo y la miseria. Movimientos forzados de población, ataques contra los civiles, detenciones abusivas, violencia física, explotación y violencia sexual, trabajo forzado, instrumentalización de la ayuda humanitaria, agresiones contra la misión médica, reclutamiento de menores por los grupos armados y otras violaciones están teniendo lugar en presencia de los organismos humanitarios y representantes de la comunidad internacional presentes en el noreste de Nigeria; MSF es uno de ellos, con la diferencia de que estamos más próximos a la población y tenemos la capacidad de levantar la voz en nombre de las personas que la han perdido. Y hoy, al preguntarme si mi labor y la de MSF han cambiado la situación en Borno, diría que no, pero también diría que sí hemos cambiado la vida de algunos pacientes, por quienes hicimos todo lo que pudimos, para salvarles la vida y darles el trato digno que merecen como seres humanos.

Lo que más renueva mi motivación y ánimo es entrar en un campo de desplazados y ver a los niños jugando y saltando. De ellos aprendo que hay que seguir caminando y que la risa hay que mantenerla, pase lo que pase.

 

*A 2022, ya son más de 100 millones de personas desplazadas a la fuerza

Este texto forma parte del libro ‘La memoria del olvido. Una historia gráfica de Médicos Sin Fronteras con fotografías de Juan Carlos Tomasi’ (editorial Blume)