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13.04.2022

Kenia: las personas refugiadas de Dadaab necesitan soluciones

Un año después de que Kenia anunciara que cerraría los campos para personas refugiadas en el país para finales de junio de este año, los habitantes de Dadaab se enfrentan a una tormenta.

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Las soluciones duraderas aún no están al alcance de las más de 200.000 personas refugiadas de Dadaab, la ayuda humanitaria sigue estando muy por debajo de lo necesario, y las repercusiones económicas de la pandemia de COVID-19 junto con el aumento de los precios de los productos básicos, han mermado la capacidad de adaptación de las personas", asevera Jeoren Mathys coordinador del proyecto  de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Dadaab.  

Todo esto sucede en un momento en el que las personas refugiadas en Dadaab dicen que tienen que compartir sus escasos recursos con un creciente número de recién llegados a los campos, quienes se han visto forzados a desplazarse en busca de comida y agua a medida que una sequía fulminante arrasa el este de África. Las personas recién llegadas no pueden acceder a los servicios desde que Kenia dejó de registrar solicitantes de asilo en 2016. 

Este año, los equipos de alcance comunitario de Médicos Sin Fronteras (MSF) han reportado unas 105 nuevas llegadas, principalmente de Somalia, tan solo en el campo Dagahaley -uno de los tres campos en Dadaab-; aunque lo más probable es que se trate de una pequeña fracción de las cifras totales. 

“La falta de claridad sobre el futuro de los campos ha paralizado la capacidad de las agencias humanitarias de ampliar la asistencia a las personas refugiadas y las comunidades de acogida, ya que muchas luchan por conseguir fondos y planificar actividades para el futuro”, explica Jeroen Mathys.

 

Consulta médica en el hospital de Dagahaley, en Dadaab, Kenia.

 

“Cualquier progreso que se esté logrando para la integración de las personas refugiadas en Kenia está siendo superado rápidamente por las nuevas necesidades humanitarias sobre el terreno, ya que las y los refugiados han agotado las pocas opciones que tenían para conseguir una asistencia cada vez más reducida".  

Muchas de las familias de refugiados han perdido su ganado por la sequía o se han visto obligados a venderlo, así que hay poca leche disponible. Las raciones de alimentos siguen siendo insuficientes debido a los constantes recortes de fondos, mientras que los trabajos informales dentro del campo son escasos, ya que la actividad económica es poca y las operaciones humanitarias están paralizadas. 

Todos estos factores, combinados, han provocado un gran aumento de la inseguridad alimentaria. Los ingresos por desnutrición en el centro de salud de Médicos Sin Fronteras en el campo de Dagahaley están aumentando, llegando a más del doble en febrero de este año en comparación con el anterior. La mayoría de ellos son niños, niñas y mujeres embarazadas. 

Los problemas de salud mental en los campos también han aumentado drásticamente, en especial entre las y los refugiados más jóvenes, quienes perdieron oportunidades de educación durante el confinamiento en la pandemia. Algunos tuvieron que renunciar a becas, y muchos más abandonaron los estudios por completo. El anuncio de que el campo cerraría trajo incertidumbre, aumentando los problemas de salud mental. Como resultado, el abuso de sustancias entre las personas jóvenes del campo ha incrementado y nuestros equipos continúan viendo casos de intentos de suicidio entre la población refugiada.    

La nueva Ley de Refugiados promulgada por Kenia este año ha cambiado el enfoque del cierre de los campos por el de facilitar la integración de las personas refugiadas en el país. Ha reavivado los esfuerzos, hasta ahora estancados, por ofrecer oportunidades de trabajo y acceso a los servicios públicos a la población refugiada. 

"Ahora necesitamos urgentemente una fuerte voluntad política y un mayor apoyo de los donantes para sacar adelante el proceso de integración de las personas refugiadas”, afirma Dana Krause, directora de MSF en Kenia. 

“Kenia debería anunciar inmediatamente que los campos no cerrarán y publicar una hoja de ruta para la integración que ponga fin a la incertidumbre entre la población refugiada. Las y los donantes deben aumentar rápidamente el apoyo a las agencias humanitarias para que puedan ampliar la asistencia y la protección a la población refugiada, incluyendo a quienes recién llegaron, antes de que la situación humanitaria se deteriore aún más”. 

“Después de tres décadas de calvario para las y los refugiados en Dadaab, no podemos abandonarles ahora. Nosotros, la comunidad internacional, tenemos la responsabilidad de presionar para que la integración se convierta en una realidad, así las comunidades de personas refugiadas podrán dejar una vida de dependencia atrás”, dice Dana Krause. “Kenia y los países donantes deben duplicar los esfuerzos para proveer soluciones duraderas para las personas refugiadas. Deben garantizar la disponibilidad de una ayuda humanitaria previsible y oportuna para hacer frente a las necesidades críticas y apoyar la transición de esta población hacia una vida digna”, concluye.