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28.05.2014

La espiral de violencia parece no tener fin II (por Natalie Roberts, médica de emergencias de MSF)

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Poco después del éxodo de Bozoum, partí junto al jefe de proyecto desde Bozoum para hacer una misión exploratoria del resto de la región noroeste, desde la ciudad de Bosemptele, al sur de Bozoum, hasta la frontera con Chad y Camerún.

Cuando llegamos a la primera de las aldeas, el jefe del puesto de salud me dijo que quería mostrarme algo. Pidió a toda la gente que me llevaran a sus hijos enfermos. El primer niño que vi era muy pequeño, evidentemente sufría de malaria y se veía en muy mal estado. Me ofrecí a llevarlo al hospital de Bozoum, pero la madre dijo que estaba demasiado lejos y que no se sentía segura de dejar su pueblo. Me invadió un sentimiento de impotencia porque el niño necesitaba urgentemente ser hospitalizado, pero lo único que podía hacer en esos momentos era darles algunos de los medicamentos que llevaba en mi equipo de emergencia.

En ese momento me di cuenta de que teníamos que ir más a menudo a los pueblos y de que podíamos conformarnos con trabajar solo en la ciudad. La gente tenía demasiado miedo de salir de sus aldeas, y además no había suficientes carreteras o medios de transporte en la zona como para llegar fácilmente. Cuando volaba hacía la República Centroafricana iba pensando que me tocaría tratar a mucha gente con traumatismos provocados por la violencia. Sin embargo, una vez que ya estaba instalada allí, me di cuenta de que, al menos fuera de Bangui, lo que había era mucha más gente muriendo a causa de enfermedades comunes en África, como pueden ser la malaria y otros problemas de salud, que por heridas de bala.

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