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21.08.2014

La fuerza de Mary (el enfermero italiano Massimo Galeotti cuenta uno de sus encuentros cercanos con el Ébola)

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El Triángulo de la muerte. Así es como tengo que describir esta parte del mundo en la que los equipos de Médicos sin Fronteras (MSF) están luchando día y noche para detener la epidemia de Ébola. La historia que voy a contarles comienza y termina en Guéckédou, un pueblo en el interior de los bosques guineanos, no lejos de la frontera con Sierra Leona y Liberia. Allí el virus del Ébola no parece querer detener su avance y en nuestro hospital de campaña tenemos cada vez más dificultades para encontrar camas y espacio para todos los casos que se nos presentan. Las muertes se producen a diario: es como una masacre que va dejando un reguero de víctimas gota a gota. El día que menos fallecidos tuvimos contamos cuatro víctimas, pero hemos llegado a perder hasta siete personas.

El mismo día de mi llegada ingresamos a toda una familia: el padre, la madre y sus tres hijas, de 7, 10 y 13 años. El padre murió a las pocas horas. Geneva estaba aterrorizada ante la posibilidad de que ella siguiera la misma suerte de su marido y que sus tres hermosas niñas se quedaran huérfanas. Su estado empezó a agravarse de repente. Comenzó a sangrar por la nariz y luego la boca hasta que no pudo aguantar más. No olvidaré nunca los gritos de horror de sus tres niñas, traumatizadas al tener que pasar por la horrible experiencia de ver morir a su madre de esta manera tan cruel. El padre había ido a un funeral de un hermano. En ese momento nadie sabía que aquel hombre había fallecido por Ébola, así que sus familiares realizaron la ceremonia de preparación de cuerpo sin protección. Una persona infectada con Ébola tiene el virus en todas las secreciones del cuerpo: el sudor, las lágrimas, la saliva, sangre, heces, vómito, e incluso en la leche materna. Y ya hemos comprobado que es precisamente en los funerales donde más fácilmente se propaga la enfermedad, ya que todas las personas que acuden al entierro tocan el cuerpo del fallecido. Y en el caso de esta familia, así fue como ocurrió: no todos fueron al funeral, pero una vez de vuelta a casa el padre transmitió el virus a su mujer y a sus hijas.

Mary, la mayor de las tres hermanas me impresionó de inmediato por su actitud madura y por las duras miradas que me dirigía. Se había quedado sola para cuidar de sus dos hermanas menores y pasaba horas tratando de darles algo de bebida y de comida. Les pedía que hicieran un esfuerzo para salir adelante, pero para ellas el abrir la boca ya era de por sí un auténtico calvario. La diarrea comenzó a manifestarse en la hermanita menor y después de una noche de agonía al final también se nos fue.

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