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24.02.2006

"La inseguridad crónica nos lleva a redefinir e incrementar nuestras actividades"

En el oeste de Darfur, los violentos enfrentamientos de 2004 han provocado una inestabilidad crónica. Pauline Horrill, responsable médico de MSF en Sudán, y Fabrice Weissman, coordinadora general, describen la situación.

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¿Cómo describiríais la situación actual en el oeste de Darfur?
Fabrice Weissman: Desde 2005, Darfur ha dejado de ser escenario de los grandes enfrentamientos y la violencia generaliza que asolaron la provincia en 2003 y 2004. Entonces los enfrentamientos obligaron a cientos de miles de personas a abandonar sus hogares, cuando sus aldeas fueron saqueadas y quemadas. Tras haber perdido todos sus bienes y cosechas, la población huyó de las masacres que en algunos lugares habían acabado con la vida de una de cada 20 personas*. Actualmente, y desde el año pasado, Darfur vive una situación de inestabilidad crónica.

Pauline Horrill: En la provincia oeste de Darfur, donde nosotros trabajamos, se producen brotes puntuales de violencia en algunas zonas, vinculados a la actual situación cerca de la frontera con Chad, a los recurrentes combates entre milicias, grupos armados gubernamentales y fuerzas rebeldes, e incluso a tensiones entre clanes nómadas que degeneran en sangrientos enfrentamientos. Esta inestabilidad crónica, plagada de episodios violentos, tiene consecuencias directas sobre la población y nos ha llevado a redefinir e incrementar nuestras actividades.

¿Cómo viven las personas desplazadas?
F.W. Casi todos los desplazados, aproximadamente dos millones de personas –es decir, uno de cada tres habitantes de Darfur– continúan viviendo en los lugares donde se refugiaron hace casi dos años. En ciudades controladas por las fuerzas gubernamentales, una especie de archipiélago militar, sus condiciones de vida, aunque han mejorado, son todavía casi carcelarias. En estas verdaderas cárceles al aire libre, las poblaciones no siempre pueden –ni quieren– regresar a sus hogares, debido a la inseguridad reinante feura de estas zonas. Son pocos los desplazados que se aventuran a salir de los campos para ir en busca de madera, forraje y cañas para sus necesidades personales o para vender. Algunos, algo más acomodados, han podido comprar tierras en la periferia, pero cultivarlas es siempre una empresa peligrosa, a causa de las agresiones de las que suelen ser víctimas las personas que se aventuran fuera de los campos. En el interior, las condiciones de vida continúan siendo precarias. Los desplazados siguen viviendo hacinados en refugios improvisados, en una mezcla que no es nada sana. En definitiva, hay violencia incluso en el interior de los campos (doméstica, prostitución, etc.) que es característica de todas las situaciones de desplazamiento, en las que el éxodo y las agresiones han socavado las estructuras tradicionales. Aunque los indicadores epidemiológicos muestren que la situación médica y nutricional es estable, ésta es todavía muy frágil.

P.H. Mi última visita se remonta a diciembre de 2005 y la anterior fue en febrero de 2005. En 10 meses, lo que resulta más chocante es que no ha cambiado nada, aunque a simple vista, la vida parezca haber retomado su curso. En Mornay, por ejemplo, los niños van a la escuela y hay actividad en el mercado del campo. Sin embargo, esta actividad enmascara las frágiles condiciones de vida que se plasma en el elevado número de intervenciones médicas que realizamos. En Mornay, una aldea de 5.000 habitantes y 74.000 desplazados, cada mes se realizan casi 5.900 consultas y las principales patologías que vemos –infecciones respiratorias, diarreas y distintas afecciones– son signos patentes de una vida extremadamente precaria. Por ejemplo, en julio, la distribución general de alimentos tuvo que interrumpirse a causa de los disturbios por la realización de un nuevo censo de desplazados, entonces el número de niños con desnutrición moderada se disparó. Un simple fallo o una demora en el suministro del campo pueden conducir a una rápida degradación de la situación nutricional de las familias. Pero sobre todo, para todos los desplazados del campo, perdura otra forma de sufrimiento: la de no vislumbrar ninguna esperanza de cambio en su situación.

¿Basta con la asistencia desplegada? ¿Está adaptada?
F.W.
Continuamos prestando una asistencia médica muy importante, pero las condiciones de vida aún son inaceptables. Hemos llegado al límite de nuestras capacidades y no podemos asegurar que estemos prestando toda la atención necesaria, como ocurre con la asistencia a mujeres víctimas de la violencia sexual. Las mujeres, como en otros contextos parecidos, no acuden fácilmente en busca de atención por temor al rechazo social y a la represión policial. Además, esta cuestión está muy politizada entre las autoridades que querrían demostrar que esta forma de violencia no existe o que es algo marginal y otros organismos que tienden a forzar para provocar una reacción más potente por parte de la comunidad internacional.
De momento, no hemos puesto en marcha actividades de apoyo psicológico en el oeste de Darfur, aunque, según cuentan nuestros pacientes y nuestros personal sudanés, todo parece indicar que las personas están profundamente traumatizadas por lo que vivieron en 2004.

P.H. Al fin y al cabo, mantener con vida a la población de los campos supone ya un verdadero desafío tanto humano como financiero. Estamos hablando de centenares, de miles de personas, a quienes hay que proporcionar agua, atención sanitaria y alimentos. Aunque la presencia humanitaria es importante en todo Darfur –aproximadamente 1.200 trabajadores humanitarios– lo que verdaderamente importa es la calidad de la ayuda dispensada y la capacidad de reacción cuando se producen emergencias, ya sea por el resurgimiento de la violencia o por epidemias. Darfur continúa siendo una región con un enorme potencial epidémico (fiebre amarilla, meningitis, paludismo).

¿Cómo vive la población fuera de los campos?
F.W. En las zonas controladas por los rebeldes, esencialmente en el Jebel Marra, un macizo montañoso en el centro de Darfur, las condiciones de vida de la población son sensiblemente mejores que las que hay en los campos de desplazados. Pero aún así son difíciles, ya que estas zonas están rodeadas por el ejército y las milicias, lo que supone una barrera y dificulta el acceso de la población a fuentes de aprovisionamiento o a la atención sanitaria. Las pocas estructuras sanitarias que existen en esta zona han dejado de funcionar. El único medio que tiene la población de conseguir asistencia médica es salir de las zonas rebeldes y aventurarse a las ciudades controladas por las fuerzas gubernamentales, pero corre el riesgo de ser detenida (especialmente los hombres, siempre bajo la sospecha de ser combatientes rebeldes, aunque se trate de civiles que deben soportar la coexistencia con la guerrilla). Desplazarse significa también atravesar zonas de combates. En Niertiti, por ejemplo, al pie del Jebel Marra, las personas sólo se desplazan los días de mercado. Por esta razón decidimos poner en marcha un dispensario móvil el pasado julio, primero una vez a la semana y después dos, para atender a los habitantes de Kutrum, una población en zona rebelde con cerca de 25.000 personas. El objetivo es conseguir tener una presencia permanente para asegurar una atención de calidad y mejorar el sistema de referencia de los enfermos que necesitan ser hospitalizados.

¿Se ve afectada la población nómada?
F.W. La población nómada es la menos afectada, pero tampoco se salva completamente, ya que sus rutas habituales se ven obstaculizadas por las actividades rebeldes. Los enfrentamientos entre diferentes clanes, recurrentes desde hace décadas, actualmente son más frecuentes y más sangrientos debido al volumen de armamento en la región. Así pues, a mediados de diciembre, en el hospital de Zalingei, nuestros equipos atendieron a 52 heridos graves en tres días, a causa de los enfrentamientos entre dos tribus nómadas. Los combates también han provocado el desplazamiento de 3.600 personas hacia Alamedia, uno de los dos campos de desplazados cercanos a Zalingei. Pero las poblaciones nómadas no han podido instalarse porque los demás desplazados las consideran próximas a las milicias Janjawid. Su acceso a los diferentes servicios, y sobre todo a la atención médica, es limitado.

¿Cuáles son las perspectivas para nuestros proyectos en el oeste de Darfur?
P.H.
En el oeste de Darfur, llevamos a cabo cuatro proyectos que dan cobertura a una población de 300.000 personas (desplazados y otros). Nuestro equipo está formado por 27 trabajadores internacionales y más de 580 sudaneses. El presupuesto previsto para el año 2006 es de 3,8 millones de euros, es decir, cerca de un 20% más con respecto al año 2005, que corresponde a nuevas actividades (dispensarios móviles y refuerzo del apoyo a los hospitales de Zalingei y de El Genina).
El refuerzo de nuestra presencia en el hospital de Zalingei constituye un buen ejemplo de las dificultades a las que nos enfrentamos. Con capacidad para responder a las necesidades de unas 30.000 personas, este hospital está cubriendo a una población de 90.000, por la gran afluencia de desplazados. Al no poder hacer frente al volumen de heridos en diciembre, decidimos intervenir en este hospital. Aunque nuestro compromiso humano y económico en Darfur es ya muy importante, tenemos además que poder ser capaces de responder a las emergencias que puedan surgir.

* "Violence and Mortality in West Darfur, Sudan (2003-2004) - epidemiological evidence from surveys". Epicentre y Médicos Sin Fronteras. Informe publicado en The Lancet en octubre de 2004.

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