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15.05.2015

Liberia: evaluación de los costes del brote de Ébola

Con ocasión de la declaración de Liberia como país libre de Ébola por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) el 9 de mayo, al no haberse registrado ningún nuevo caso de Ébola durante 42 días, MSF se detiene a analizar cómo los liberianos están reconstruyendo sus vidas truncadas por la enfermedad y volviendo a poner en pie sus comunidades completamente devastadas, casi un año después del primero caso de Ébola registrado en el país.

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Liberia ha sido el país más afectado por el brote de Ébola, con 10.212 casos, entre los cuales 4.573 muertes. Hay madres que han perdido a sus hijos, niños que han perdido a sus padres, y hermanos y hermanas que han perdido a sus familiares. Las comunidades han sido diezmadas. Pero incluso en estas circunstancias pueden encontrarse historias de supervivencia y esperanza.

 

Siaffa Dolo, trabajador de primera línea de MSF, 29 años 

Trabajé para MSF asumiendo distintas responsabilidades desde agosto de 2014 hasta abril de 2015. En mi asignación inicial trabajé como conductor del equipo médico y una semana después me uní al equipo de recuperación de cadáveres.

Mi responsabilidad principal consistía en transportar cadáveres desde el Centro de tratamiento de pacientes con Ébola hasta el crematorio. Era una tarea agotadora que jamás hubiese realizado en circunstancias normales. Pero el país estaba en crisis y se precisaba contar con la participación de todos los ciudadanos.

He pagado un alto precio por ocupar un puesto de trabajo al que se oponía mi familia. Se sentían decepcionados por mi decisión y me dijeron que me mantuviese alejado de ellos hasta el fin de la crisis.

Cada día era desalentador. Lloraba por cada vida perdida. Para mí, lo más desgarrador era ver a bebés de apenas dos meses de edad que tenían que ser incinerados.

Transporté más de 700 cuerpos antes de ser reasignado al recién inaugurado cementerio nacional justo antes de Navidad, donde trabajé como supervisor del equipo de enterradores.

Después volvieron a reasignarme al Centro de tratamiento de pacientes con Ébola ELWA3, donde serví durante casi dos meses como higienista y a continuación trabajé con el equipo de respuesta rápida y actividades externas hasta el final de mi contrato.

He vuelto a casa con mi familia y todos están muy contentos de tenerme de vuelta. Ahora dispongo de un par de semanas más de descanso antes de que pueda aventurarme a buscar un nuevo trabajo.

 

Watta Jabateh © Adolphus Mawolo/MSFWatta Jabateh, superviviente

Perdí a nueve miembros de mi familia, incluyendo a mi hija, pero sobreviví.

Antes de que el Ébola visitase a mi familia, trabajaba en un negocio de importación. Me dedicaba a viajar a las vecinas Guinea y Sierra Leona y comprar ropa para traerla a Liberia para venderla. Cuando contraje el Ébola, perdí mi negocio.

En el momento de caer enferma, tenía ahorrados 50.000 dólares liberianos (500 dólares estadounidenses) en casa. Un equipo ambulatorio fue a mi casa esa mañana y me llevó al centro de tratamiento.

Fui ingresada, recibí atención médica y pude recuperarme del virus. Pero cuando volví a casa descubrí que me habían robado todo el dinero. No sé quién se lo llevó.

Algunos de los clientes a los que había facilitado algún crédito antes de caer enferma no se han presentado para pagarme; no siempre consigo recordar quiénes son. El Ébola ha afectado a mi capacidad para recordar cosas. Mis nietos no van a la escuela porque no puedo permitirme el lujo de pagar sus matrículas.

Mi marido sufre una minusvalía y me necesita para todo. Ahora mismo, nuestra familia sobrevive gracias a la solidaridad de nuestros parientes, pero esta situación es insostenible. Así que estoy buscando una manera de ganar algo de dinero para reemprender mi negocio.

 

Beatrice Yardolo © Adolphus Mawolo/MSFBeatrice Yardolo, superviviente 

Me llamo Beatrice Yardolo, tengo 58 años y estoy orgullosa de ser la última paciente de Ébola que se ha recuperado en Liberia.

Soy profesora de inglés desde hace más de 15 años, principalmente de nivel elemental. Llevo casada 32 años, y tengo seis hijos y seis nietos. Nací y crecí en Loyee Town, en el condado de Nimba, a unos 375 km al norte de Monrovia. Al principio quería ser enfermera, pero ese sueño se vio frustrado en parte debido a la guerra civil que asoló Liberia durante casi dos décadas hasta el año 2003, y en parte debido a la falta de dinero.

Ir al colegio era imposible debido a la guerra y a la pobreza, así que emprender una carrera para obtener un medio de vida sostenible se convirtió en algo fundamental. La docencia me pareció una buena opción y me uní como profesora a un programa de alfabetización para adultos del Consejo Noruego para los Refugiados en Tubmanburg, en el condado de Bomi. Impartí clases en el colegio hasta la finalización del proyecto en 2011, y después regresé a Monrovia con mi familia.

Allí trabajé en un colegio privado financiado por la Iglesia en el suburbio de Saint Paul Bridge, una de las comunidades más afectadas por el Ébola en Liberia. Contraje el virus en febrero 2015, después de perder a tres miembros de mi familia; dos hijos y una sobrina.

Tras pasar dos semanas en un Centro de tratamiento de pacientes con Ébola en Monrovia, superé la enfermedad y el 5 de marzo me dieron el alta para regresar a casa, entre las aclamaciones de los funcionarios del gobierno de Liberia y de los trabajadores humanitarios. El Ministerio de Sanidad de Liberia me reconoció como “la última superviviente de Ébola del país” y me sentí muy orgullosa a pesar de haber perdido a mis hijos y a mi sobrina. No creí que lo conseguiría.

Espero que esta enfermedad mortal abandone finalmente mi país. Ha causado muchísimos problemas a las familias. Es más fácil huir de las armas en una guerra que de este enemigo invisible.

Ahora no quiero volver a las aulas. Me temo que los padres se quejarían si enseñase a sus hijos. A muchos padres no les gustaría que sus hijos asistieran a la escuela. He decidido evitarme esa vergüenza. En su lugar, me dedicaré a buscar dinero para montar un negocio.