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17.11.2010

De los medios de transporte (por Anne Connelly)

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Es lunes por la mañana. Hago las maletas y dejo una lista con las actividades de la semana a mi ayudante en Gontikiri. Después de un agradable fin de semana en la ciudad, es hora de volver al trabajo en Djomo. Lanzo las maletas dentro del Land Rover y me subo de un salto al asiento delantero. A medida que dejamos la ciudad, los niños corren para decirnos adiós con la mano y ver pasar el cuatro por cuatro. Un grupo de cabras salta a la carretera delante de nosotros y se esconde en la hierba. La carretera está en malas condiciones porque anoche llovió, y los charcos han dejado restos en los neumáticos del viaje anterior. Aun así, nos abrimos paso y atravesamos un par de arroyos como de una puerta de altura, antes de llegar una hora más tarde al punto de encuentro.

Me bajo del coche y me fijo en el río. La barcaza está al otro lado, y aunque sólo le llevaría 10 minutos, el barquero se niega a traerla hasta que aparezca alguien al otro lado del río. Malas noticias…podríamos estar aquí todo el día. Media hora después, una mujer y su hija se suben a la barca y se dirigen hacia nosotros. Según avanzan en el agua, parece que sólo una parte de la barca flota realmente. Construida por portugueses hace unos 25 años, la barcaza sólo se sostiene por seis barriles, de los cuáles dos están completamente llenos de agua y comienzan a hundir el lado opuesto. Creo que esto ya os lo he contado… Para más precariedad, el único cable que evita que la barcaza se hunda, está casi inservible. El barquero atraca cerca de la orilla. De repente, un chico saca la cabeza por una de las trampillas: al parecer se había escondido dentro de uno de los barriles y se había pasado el trayecto cantando y escuchando el eco allí dentro.

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