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14.06.2021

La frontera entre México y EE. UU.: historias de racismo, violencia e (in)humanidad

Marcela, Carlos, Maritza, Paolo, Bella y Guillermo han sufrido un trato indigno y cruel al igual que miles de personas migrantes y solicitantes de asilo en la frontera entre EE. UU. y México. Huyeron de sus países de origen por violencia extrema, extorsión, discriminación sexual. No tenían otra opción.

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En abril y mayo de 2021, Médicos Sin Fronteras entrevistamos a personas migrantes y solicitantes de asilo en Ciudad Juárez, Nuevo Laredo y Coatzocoalcos, en México. Algunos acaban de iniciar su migración hacia Estados Unidos, mientras que otros en Ciudad Juárez y Nuevo Laredo han sido deportados en virtud del Título 42, una de las políticas de inmigración más restrictivas jamás aplicadas en la frontera estadounidense.

No hay ninguna razón médica o de salud pública para esta política, que deporta a las personas (bajo razones de salud pública, debido a la pandemia) a ciudades peligrosas en México donde son el objetivo de los grupos criminales.

Miles de personas se encuentran ahora varadas en peligrosas ciudades fronterizas de México sin ningún recurso legal. 

Desde marzo de 2020, el gobierno estadounidense ha llevado a cabo más de 600.000 deportaciones en virtud del Título 42. Solo en marzo de 2021, más de 104.000 personas fueron deportadas.

Estas son (parte de) las historias de Marcela, Carlos, Maritza, Paolo, Bella y Guillermo:
 

Marcela, 26 años. Guatemala.

En la frontera México-EEUU, sin asilo

Marcela salió de Guatemala después de un evento traumático. Consiguió llegar a Estados Unidos, pero en escasas horas se encontró deportada en Ciudad Juárez, una ciudad en la que nunca había estado pero de la que enseguida conoció su peligrosidad.  

“Pertenezco a la comunidad indígena Yuki Yuna. Salí de mi país porque lo que me pasó es que me violaron tres hombres y porque también ya no tengo casa con mis papás y por la pobreza en mi comunidad.

Nos subieron en unos camiones con unas 250 personas allí sin comer nada y sin saber dónde estás. Viajé con mi hermana.

Cuando nos dejaron en el puente y yo entré allí (EE. UU.), estaba tan emocionada que ya había llegado allí feliz, alegre. Pero lo que nos dijeron los que nos agarraron, los de migración, después de sacarnos las huellas que no, que no estaban pasando las personas. Después nos deportaron y nos pasaron en el puente y nos dejaron allá. Entramos a EE. UU. como a las seis de la tarde y nos deportaron a las 10 de la noche. Sentí que se me acababa el mundo, como que yo ya no quería vivir. Lloré mucho y después unas compañeras que son de otro país me dijeron, “vamos ahí hay un hotel”.  En ese lugar escuchamos que ahí había hombres malos, que es un lugar peligroso.

Nos fuimos con esas mujeres y encontramos a un pastor que nos ayudó y nos vinieron a dejar aquí en este albergue”.
 

Carlos*, salvadoreño. Mediana edad.

Carlos huyó de El Salvador al incrementarse la violencia de las pandillas en la zona en el que vivía.

Carlos huyó de El Salvador por las maras con su hijo. Primero a Guatemala donde su hijo se estableció y luego a Estados Unidos. Ha intentado cruzar en dos ocasiones. Su testimonio fue recogido en Ciudad Juárez.

“La violencia fue aumentando (en El Salvador) hasta el punto de que la seguridad de los jóvenes, de los niños y aún de los adultos no permitía vivir en mi país. Hace seis años me fui para Guatemala para que mi hijo pudiera formar una vida, él estaba todavía joven. Ahora tiene 23 años y gracias a Dios allá en Guatemala pudo conocer a la que ahora es su mujer. Tengo ya un nieto, él ya es papá.

Decidí emigrar para poder comprar las cosas que allá en mi país no puedo. Ya tengo un año y seis meses creo que acá en México, donde en unas partes he estado trabajando. Fui a Chihuahua porque el pollero, la persona que nos iba a pasar por el desierto, dijo que era la más favorable opción (para cruzar).

El primer intento fue antes de mayo, no me acuerdo de la fecha pero caminamos casi 14 días por el desierto. El no conocía, tuvimos que guiarnos por el GPS o Google Maps, teníamos que guiarlo porque él no llevaba teléfono… Después de 14 días llegamos hasta Texas al primer pueblito, pero cometimos el error de hacer un fuego porque hacía frío en la noche y el dueño del rancho en el que estábamos, estaba a unos 500 metros más arriba. Nunca nos imaginamos que este ranchero iba a llamar a migración. Llegaron en la noche y nos llevaron de regreso a México.

Lo están devolviendo muy rápido a uno. Ni siquiera preguntan por qué uno migra para Estados Unidos realmente. No hay apenas trámite: solamente toman sus datos, la fotografía, las huellas, nada más lo meten a la hielera nuevamente y como a las 35 horas lo dejan libre (en México). Lo vienen a tirar y a un lugar donde uno no entró si no un poquito más lejos, más complicado. Sinceramente hay un trato inhumano.

La segunda vez, volví a intentarlo el 1 de mayo. Estuve nueve días y medio ahí en el desierto. Como ya conocíamos, se nos hizo más fácil pero ya se sintió, se sintió más el cansancio, más la deshidratación.  Esta vez fue cuando nos agarraron ya llegando al pueblo de Van Horn. Esta vez el trato fue muy malo. Un policía de migración me trató muy mal y realmente fue algo como trato verbal muy prepotente, muy injusto y creo que fue también racista. Un policía se las tuvo conmigo, me dijo: “¿para que tú te viniste para acá si podrías trabajar allá del otro lado, qué razón tenías?”, “¿para qué vienes a mi país?”… y recuerdo de eso que me dijo para qué vienes a mi país. Y se burlaron los demás, entonces sí digo que no son todos, pero sí tienen racismo en su mente, en su corazón.

Lo más pronto posible lo sacan de la hielera porque realmente a ellos les conviene sacarnos lo más pronto posible: uno, por el contagio de la COVID-19 y, otro, por el gasto porque hay muchas personas que caen a diario entonces el gasto influye en ellos ¿verdad?”.

 

Maritza, 35 años. Honduras.

Maritza huyó con su marido y su hijo de las pandillas de Hondruas tras recibir amenazas.

Maritza viaja con su marido e hijo. Huyeron de Honduras por las maras. Fueron deportados a Ciudad Juárez y esperan poder volver a cruzar a Estados Unidos, dado que no pueden regresar a su país.

“No quiero regresar a mi país, mi país es muy corrupto, no se puede trabajar y si trabajas no le pagan lo suficiente, las extorsiones… Mi marido tuvo problemas ahí porque las maras le exigían que se uniera y así nos fuimos, antes.

En Palenque (México) nos agarró migración. A mi marido le preguntaron cuánto dinero traía y él les dijo 1.000 pesos, “déjalos aquí bajo este papel”, le dijeron y ya.  Y lo hicieron firmar y luego me pasaron a mí: “Anda el dinero”, me dijeron, “solo ando 500” le dije yo, “pero es lo único que tengo para comer con mi hijo”. “Deja los 500 ahí, para que se puedan ir, mételos debajo del papel y ya”.  Me sentí peor porque era el único dinero que andaba para la comida de mi hijo y me lo habían quitado.

A través de un familiar pudimos contactar con un coyote en Palenque para llevarnos para acá arriba. Con él viajamos, pero no quisiera ni recordar el camino.

Ahorita acá estoy, en Ciudad Juárez, porque fui deportada. Entré a Estados Unidos, pero luego nos detuvieron, nos llevaron en un camión a una oficina y luego nos dejaron cinco días encerrados en una celda, “una hielera”, un lugar muy helado, con mi niño enfermo, se me enfermó muchas veces y yo deseaba que me sacaran, le pedía a Dios.

Nos dijeron que nos iban a sacar pero no nos dijeron para dónde. Caímos aquí a México y nos dijeron que veníamos para migración. En migración nos atendieron muy bien, gracias a Dios. Nos dieron agua, comida y todo, leche, pañales. Luego nos trajeron acá, nos trajeron a este albergue por la noche”.

Afectados por el título 42 o no, desde principios de año se ha registrado un aumento en el número de migrantes que cruzan México para llegar a Estados Unidos. Muchos son centroamericanos, pero con cada vez más asiduidad, son mexicanos, cubanos, y migrantes de países africanos.

 

Paolo, de Togo

Paulo, de Togo, tuvo que cruzar el Atlántico y viajar desde Bolivia hasta México en un viaje que ha durado más de un año.

Paolo tuvo que abandonar su país porque temía por su vida. Lleva dos años viajando y ha cruzado casi todo el continente americano. Está esperando en Nuevo Laredo para poder cruzar la frontera legalmente.

“Me llamo Paolo, soy de Togo (África occidental). He pasado por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, Guatemala y México. Me llevó un año. En Panamá, a causa del COVID-19, tuve que quedarme once meses. De febrero a noviembre en Panamá. Llegué a México el 6 de diciembre.

Quiero ir a los Estados Unidos. Tengo problemas en mi país, y cuando llegué a Bolivia, no conocía a nadie. El español era difícil, nadie me hablaba. Sufrí allí, así que me fui.

En mi país, si eres gay, no lo aceptan. La gente vino a mi casa. Vinieron a mi casa, me golpearon, me cortaron, querían abandonarme en el bosque, querían hacer fotos y publicarlas en las redes sociales. Antes de que subieran las fotos, hui. Mi país es peligroso, no puedo volver allí. Nunca. Pueden matarme. Mi familia me dijo que Dios me estaba castigando.

Estados Unidos es mejor que allí. Quiero cruzar de manera legal. No tengo ningún abogado, solo tengo un amigo ahora. No le dije a nadie que me iba de mi país.

No he tenido problemas con la delincuencia aquí. Una vez, cuatro hombres nos preguntaron a mí y a mi amigo que de dónde éramos. Les dijimos que éramos de África, así que nos dejaron ir, les dijimos que estábamos buscando ayuda.

Mi amigo tiene un trabajo aquí. Lo estamos intentando, pero la frontera está cerrada. Esperaremos tres o seis meses, esperando que se abra la frontera. No hablo español, así que me siento muy solo, no puedo hablar con nadie. Mi amigo, el chico que me ayudó en el camino, habla español”.

 

Bella, Honduras de Santa Bárbara, 36 años

 Bella, hondureña de 36 años, tiene tres hijos que dejó en Honduras.

El testimonio de Bella fue obtenido en Coatzacoalcos, un cruce de trenes donde los migrantes esperan poder montarse a la Bestia y recorrer parte del territorio mexicano por vía férrea.

“Sembraba frijoles, maíz. Me iba todos los días al campo para ganarme la vida. Pero hace siete años mataron al papá de mis hijos. No es fácil. Mis dos primeros hijos ya se casaron y me quedó mi hija de 12 años. Esta en sexto grado, fui con el alcalde a pedirle para comprar unas libretas porque ni me alcanzaba. Ella me dijo: “mamita yo quiero estudiar”, y yo le dije: “yo no puedo”. Eso fue lo que me hizo tomar la decisión de venirme para estos lados, sufriendo, porque cuando veníamos “la migra” nos persiguió. Nos tiramos de una a un barranco. Ahí perdí los otros tenis. Estos que traigo no me sirven, sólo voy caminando con “las garras” (con los pies desnudos), como les decimos los hondureños.

No son fáciles estos caminos. No llevo un solo peso, a veces le digo a mis amigos “regálenme un poquito de agua”, porque yo no tengo ni para un agua. Acá creo que voy a agarrar el tren, pero me voy a quedar en Monterrey, reuniendo un poco de dinero, trabajando para echarle ganas para seguir hacia el norte. Allá está costando 5.500 dólares que te crucen.

No he encontrado albergues, fuimos a la casa de migración y nos dijeron que ya estaba lleno. Dormimos en la calle con el grupo. Así hemos venido durmiendo, en la calle. Tengo mucho miedo de que me vayan a agarrar y que me vayan a deportar y ¿a qué voy a ir a mi país?, por eso agarra uno estos caminos de andar sufriendo”.

 

Guillermo 62 años, México

Guillermo, mexicano de 62 años, tuvo que abandonar su casa para buscar asilo en Estados Unidos tras recibir amenazas y extorsiones.

Tras 15 años trabajando en EE. UU., Guillermo regresó a su México natal, a estar con sus hijas. Tras un período breve y amenazado por el crimen organizado, Guillermo pretende regresar a EE. UU., donde viven tres de sus hijos. Por el momento, no ha conseguido cruzar el puente que separa Nuevo Laredo de EE. UU.

“Vengo con mi familia, de hecho, traigo a la mayoría de mi familia; mi hija está casada, tiene su esposo y tiene tres hijos y andan también aquí y mi esposa también anda conmigo. Nosotros estuvimos viviendo en Estados Unidos, como 15 años, trabajamos muy duro, sin descanso. Un día le dije a mi esposa “ya vámonos a México, tenemos nuestra casa propia allá”, -que ahora no la tenemos porque la tuve que dejar-.

Tenemos dos hijas aquí en México. A los chicos que dejamos en EEUU les dije, “con ustedes ya estuvimos 15 años, ahora vamos a darles otro tiempecito a las que están en México”. Así que decidimos venirnos a vivir a México. Me puse una tiendita, ahí para poder salir, para entretenerme y agarrar un dinerito.

Puse a mi hija a que me ayudara. Pero mi esposa enfermó y luego enfermé yo. Me diagnosticaron angina de pecho, todavía estoy en recuperación. Me dijo el cardiólogo que necesitaba un año de tratamiento, de eso hace apenas seis meses.

Y pensé, ¿con qué voy a vivir?, se va a acabar el dinero y pusimos ese negocio. Mi esposa puso también un local con ropa que trajimos de Estados Unidos. Luego nos empezó a visitar la delincuencia organizada.

Querían que les guardáramos mercancía. Nos querían prestar dinero para que hiciéramos más grande la tienda, entonces ya no nos pareció bien eso y a mi hija la amenazaron. Entonces ella se tuvo que andar escondiendo con sus hijos.

Ella se tenía que estar moviendo y anduvo así hasta que ya después llegaron por nosotros y amenazaron a mi esposa también y nos amenazaron. Me dije que necesitamos salir de México porque ellos tienen gente en todos lados. Y es el temor que tenemos de quedarnos aquí en México”.