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28.04.2015

Nepal: Día uno (por Emma Pedley, enfermera de MSF)

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El sábado no fue exactamente el día que esperaba. Comenzó de manera bastante común, arrastrándome somnolienta por las escaleras, preparando café con los ojos a medio abrir y echando al gato de la mesa para poder abrir el ordenador para ponerme al día con el importantísimo mundo de Facebook. Apenas fueron cinco minutos de normalidad mientras el gato se enrollaba entre mis tobillos y jugueteaba con el cable del ordenador.

Solo cinco minutos después estaba sentada firme y erguida sobre la silla, habiendo abandonado al gato y al café, leyendo los informes de un terremoto de magnitud 7,8 que había azotado a Nepal hacía menos de seis horas. Nepal es un lugar cercano a mi corazón – viví y trabajé ahí durante ocho meses en 2007 y la cultura era tan cercana a mis propios orígenes  indios que me sentí de forma inmediata, y curiosa, como en casa. Nunca tuve duda alguna de que regresaría en caso de necesidad.

Unas pocas horas y un par de llamadas telefónicas más tarde, me confirmaban que partía al día siguiente, el mismo domingo.

Durante el resto de la tarde trato de hacer el equipaje y, al mismo tiempo, de recordar algo del nepalí que aprendí ocho años atrás. Había regresado hace poco tiempo de una misión de habla francesa en la República Centroafricana y, aparentemente, la minúscula neurona de idiomas en mi cerebro había decidido rebelarse. Cuento hasta 6 una y otra vez en nepalí, pero el 7 siempre lo tartamudeo en francés.

Después de emplear media hora tratando de recuperar las nociones de nepalí consigo recordar fórmulas para presentarme, preguntar si tiene dolor, y una cosa muy importante, acordarme de la palabra para solicitar el baño. Cruzo los dedos para que, durante los próximos días, más palabras me vengan a la mente.

Mis sentimientos están mezclados y son complejos, como me suele pasar. Siente este intervención como la misión que siempre supe que iba a hacer, desde que regresé de Nepal en 2007 donde coordinaba un programa de salud y voluntariado de una ONG local que tenía la tutela de dos orfanatos. El proyecto incluyó un gran componente de preparación para terremotos y planificación para los hogares de los niños, así como una constante conciencia de los riesgos que siempre implican los seísmos.

No podía entrar a un edificio sin comprobar sus salidas y potenciales puntos de refugio – marcos de las puertas, mesas, riesgos de incendio. Me vienen a la memoria los mercados locales que se extendían por deteriorados y estrechos caminos de ladrillo; edificios de tres o cuatro pisos a ambos lados, hasta el punto de que el cielo se veía reducido a una pequeña franja. Amaba esos mercados –el ruido, las especias, los olores, y las mujeres en cuclillas en medio de sus mercancías, vistiendo saris de colores brillantes, sonriéndome mientras trataban de casarme con sus hijos.

Estoy impaciente por ver nuevamente el país que amo, y aterrorizada de que ya no sea más ese país: estoy deseosa de estar ya allí para ayudar de cualquier manera que sea necesaria y, al mismo tiempo, esperando desesperadamente que la ayuda no fuese necesaria. De hecho estoy intentando evitar ver imágenes de Nepal tras el terremoto. Tengo una imaginación lo suficientemente vívida, y muy pronto estaré percibiendo la realidad con mis propios ojos.

Mientras escribo estas líneas, estoy a pocas horas de embarcar en un vuelo a Katmandú donde, si Dios quiere, otros integrantes del equipo internacional de Médicos Sin Fronteras estarán llegando desde sus respectivos países.

Más allá de eso no sé qué sucederá o que se necesitará de mí. Pero a buen seguro que la situación será exigente, impredecible y emotiva. Trataré de estar lista para todo.

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