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28.10.2022

Los niños que no morirán de hambre

“Excepcional, catastrófico, sin precedentes. Cuesta encontrar un adjetivo para describir la urgencia de la crisis de desnutrición que se vive en el noroeste de Nigeria. Trabajo con Médicos Sin Fronteras desde el año 2006 y nunca me había enfrentado a una situación parecida”, explica nuestra compañera Cristina Mach.

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Por Cristina Mach, coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras en Nigeria

Excepcional, catastrófico, sin precedentes. Cuesta encontrar un adjetivo para describir la urgencia de la crisis de desnutrición que se vive en el noroeste de Nigeria. Nos hemos acostumbrado a escuchar cifras altísimas relacionadas con la falta de alimentos o el riesgo de desnutrición, pero estas no han conseguido acercarnos a la realidad del hambre, ni despertar una empatía que podría ser un catalizador para encontrar soluciones a un problema tan complejo.

Trabajo con Médicos Sin Fronteras desde el año 2006 y nunca me había enfrentado a una situación parecida. De enero a agosto, los equipos de MSF, en colaboración con las autoridades sanitarias del país, han tratado a casi 100.000 niños con desnutrición aguda en 34 centros ambulatorios y han hospitalizado alrededor de 17.000 más en 10 hospitales en los estados de Kano, Zamfara, Katsina, Sokoto y Kebbi. Estamos llegando al límite de nuestra capacidad y sin prácticamente ninguna otra organización sobre el terreno, sabemos que son muchos más niños los que no tienen acceso a ningún tratamiento, que nosotros solo vemos la punta del iceberg. La respuesta que requiere la crisis ya llega muy tarde, y se traduce en pérdida de vidas humanas.

En el noroeste de Nigeria confluyen todos los factores sobre los que han alertado organizaciones de ayuda y agencias de la ONU. En primer lugar, un conflicto activo entre ganadores y agricultores por la tierra, que está provocando todo tipo de violencia contra la población −muertes, violaciones, desplazamiento, miedo…− y que también tiene otras consecuencias como la interrupción de los mercados tradicionales y la falta de acceso a la salud o la imposibilidad de cultivar por las dificultades de movimiento.

 

Amaka Joseph pesa a uno de sus hijos



En segundo lugar, el cambio climático, que ha provocado inundaciones y obligado a familias a desplazarse. En tercer lugar, la inflación global ha encarecido los alimentos. Por ejemplo, el precio de una bolsa de arroz se ha multiplicado por tres en los últimos dos años. Por último, las consecuencias provocadas por la pandemia de COVID-19 todavía están muy presentes. Entre ellas, las bajas coberturas vacunales de enfermedades prevenibles como, por ejemplo, el sarampión.

El resultado, en un contexto además de pobreza crónica, es que las personas no pueden permitirse comprar comida y los niños más pequeños son las que acusan más esta falta de alimento. Llevamos ya unos años trabajando en el noroeste de Nigeria, pero lo que vemos este año es nuevo. No sabemos que factor ha desestabilizado más la situación, pero nuestros datos clínicos son muy preocupantes. En esta región, tenemos ya 800 camas para tratar niños con desnutrición aguda con complicaciones médicas y están llenas, cada vez que hemos aumentado capacidad se ha llenado casi inmediatamente. Y no hay más actores dando este tratamiento.

Los niños con desnutrición aguda corren un riesgo alto de hospitalización y muerte, y es vital que tengan acceso a tratamiento de forma urgente. La desnutrición aguda es una enfermedad que afecta sobre todo a los menores de 5 años ya que están en una etapa de crecimiento en la que necesitan una serie de nutrientes para su desarrollo. La enfermedad debilita mucho su sistema inmunológico y les expone a otras patologías comunes que entonces pueden convertirse en mortales, como el sarampión o la malaria, de las que hemos sufrido brotes en los últimos meses.

 

“Cuando empezamos el tratamiento, empecé a ver mejora. Ahora pueden comer bien y jugar. Estoy contenta” explica Amaka Joseph.

 

Teniendo en cuenta el elevado número de niños con desnutrición aguda que estamos viendo en nuestros programas, calculamos que llegaremos a tratar a más de 150.000 niños durante todo el año. Y según las tasas de mortalidad asociadas a la desnutrición aguda −causadas por varios factores, entre ellos que los pacientes llegan demasiado tarde en busca de tratamiento− corremos el riesgo de que mueran 1.000 niños en nuestras instalaciones en el año 2022. Pero esta cifra no refleja la urgencia de la crisis porque muchos más niños no tendrán acceso a ningún tratamiento. No podemos aceptar esta situación.

En Nigeria, llevamos meses abogando porque el noroeste se incluya en el Plan de Respuesta Humanitaria 2023 de la ONU para el país, lo que permitirá movilizar recursos y asegurar una financiación de la que dependen muchas organizaciones. Esto es especialmente importante en un contexto global donde se han multiplicado las crisis y no los recursos. Reconocer la crisis y darle visibilidad es un paso imprescindible para poner en marcha una respuesta adecuada. Pero la región no puede esperar un año. Es importante abordar la vulnerabilidad crónica y la inseguridad alimentaria. Además, es muy urgente ampliar la respuesta humanitaria, principalmente, con más tratamiento, pero también mejorando el acceso a la salud y poniendo en marcha medidas preventivas, como las distribuciones de alimentos.

El hambre tiene muchas caras y como sociedad no podemos desentendernos del reto de comprenderlas para intentar atajar esta grave problemática. La desnutrición aguda es la más urgente y dramática de ellas porque pone en jaque a los más pequeños. Sin embargo, tiene tratamiento, una pasta a base de cacahuete que aporta a los niños los nutrientes que precisan para su desarrollo, permitiéndoles tener un sistema inmunológico fuerte para luchar contra enfermedades comunes. Con acceso a este tratamiento, la gran mayoría de afectados se cura. Así que, frente a discursos derrotistas, no debemos perder el foco porque hay muchas vidas que sí podemos salvar.  

Artículo publicado originalmente en ABC