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04.04.2005

RDC: cirugía de guerra en Ituri

Desde principios de año, cuando se reanudaron los combates en la región de Ituri, al noreste de la República Democrática del Congo (RDC), decenas de miles de civiles se han visto obligados a abandonar sus lugares de residencia. Muchos viven ahora en dos campos de desplazados.

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MSF, a través de clínicas móviles, proporciona servicios básicos de salud a los desplazados. Algunos de ellos proceden de la ciudad de Bunia, donde en 2003 MSF abrió el Hospital Bon Marché, en el que todavía trabaja. De ese centro acaba de regresar Mary Ann Hopkins, médica cirujana del Bellevue Hospital de Nueva York. En el hospital Bon Marché, de 150 camas, la Dra. Hopkins realizó operaciones quirúrgicas a las personas que lo requerían, incluyendo niños con quemaduras, heridas de bala o machete, así como víctimas de violencia sexual, objetivo directo de las facciones beligerantes en Ituri. Anteriormente la Dra. Hopkins había trabajado con MSF durante las guerras civiles en Sri Lanka y Burundi.

¿Cuál es la situación en Ituri?

Yo trabajé en el noreste del Congo, justo al lado del lago Alberto. Esta parte de la República Democrática del Congo hace frontera con Uganda y es muy rica en recursos minerales como diamantes, oro y cobalto. MSF respondió a dos importantes emergencias durante el tiempo que estuve allí en el terreno. En febrero, miles de personas huyeron de los combates entre las partes enfrentadas. La mayoría de nuestros pacientes provenían de los principales campos de desplazados en Ituri, Tche y Kakwa, donde buscaron refugio cuando recientemente volvió a estallar el conflicto. Durante el mes que pasé en Bunia, el número de desplazados en Tche pasó de 2.000 a 10.000. Y en Kakwa de 1.000 a 7.000.

¿Qué tipo de heridas tratabas?

Principalmente vi heridas de machete y también causadas por impactos de bala. Muchas de éstas no eran recientes, algunas se habían producido incluso una semana antes de acudir al hospital. Entre los heridos había una gran cantidad de niños de hasta cinco años, muchos de ellos con heridas de machete. La mayoría de mis pacientes presentaban heridas de bala en piernas y brazos. Los que habían sido alcanzados por disparos en otras partes del cuerpo, como el torso, probablemente murieron antes de llegar al hospital. Hasta que llegaban al campo y, una vez allí, se desplazaban a nuestro hospital, pasaba tanto tiempo que las heridas ya estaban infectadas. Vimos muchas víctimas de violencia sexual y a algunas de ellas tuve que intervenirlas quirúrgicamente. Ocasionalmente llegaban a nosotros personas con quemaduras importantes, mujeres que deliberadamente habían sido arrastradas entre las llamas. En Ituri la guerra se hace con armas, machetes, violaciones y fuego.


¿Cuál es la parte más difícil a la que tuviste que enfrentarte cuando tratabas a los heridos en Bunia?

Lo que realmente me impresionó eran las agresiones contra los niños. Como cirujana, estoy habituada a ver heridas de todo tipo por mi trabajo en Nueva York. Veo heridas de bala y arma blanca constantemente. También vi heridas de machete en Burundi, pero el número de niños afectados por la violencia en Ituri era increíble. Durante mi último día en Bunia, atendí a cuatro niños: dos de 15 años –uno de ellos una niña que había sido violada, y a dos más de seis y siete años–. Cuando les vi llegar con sus vendajes pensé que probablemente tendrían heridas de machete superficiales, pero cuando les examiné de cerca me di cuenta de que alguien había intentado decapitarles. Todos presentaban profundas heridas de machete. Cuando regresé a casa, vi sus fotos en el New York Times.

Estos niños formaban parte de un grupo de entre 100 y 150 personas que se desplazaban rumbo a Tche cuando cayeron en una emboscada de la milicia. Sólo unos 20 ó 30 lograron sobrevivir y llegar a su destino. No sé qué ocurrió con el resto. Muchos fueron asesinados, otros huyeron a esconderse en el bosque de los alrededores. Y, entre estas personas que llegaron al campo, estaban estos cuatro niños pertenecientes a cuatro familias diferentes.

Al cabo de uno o dos días de mi llegada, vino al hospital del campo de Tche una niña de 13 años. Había sido alcanzada por cuatro disparos. Uno en la pierna izquierda, dos en la pierna derecha y uno en la mano derecha. Me ocupé de ella cada día durante todo el tiempo que permanecí en Bunia. Incluso pasada una semana, continuamos extrayéndole trozos de hueso de la pierna. Estaba completamente destrozada. A la tercera semana, cuando el anestesista trataba sin éxito de inyectarle más suero con anestesia, se agarró a mí con todas sus fuerzas y, con la cabeza sobre mi pecho, rompió a llorar. Me rompió el corazón. Tengo su foto, es la niña más guapa del mundo. Es tan triste ver a una niña tan hermosa a la que le han destrozado la vida... ya no puede trabajar, le será muy difícil vivir una vida normal. Allí no hay prótesis, no hay piernas ni brazos artificiales.

Otro caso es el de una niña paralizada de cintura para abajo. No tenía ninguna sensibilidad, nada. Cada día la llevábamos al quirófano para limpiar sus heridas. Pero éstas empeoraban día a día, hasta que al final se le podía ver el hueso de la pierna izquierda, justo en la parte de arriba, donde se juntaba con la cadera. Tuve que amputarle toda la pierna desde la cadera. Cuando llegó al Hospital Bon Marché padecía malnutrición severa. Su pelo era rubio por la misma desnutrición, pero era muy guapa, siempre sonreía y pedía fruta de la pasión. En el quirófano, durante la amputación, cantaba canciones con los anestesistas. El hospital se ha convertido en su vida. Es todo lo que le queda ahora.


¿Puedes describir un día normal en el hospital de Bunia?

Hacíamos entre 25 y 40 intervenciones cada día. Aquí, en los Estados Unidos, un día con mucho trabajo significa cinco casos. La rotación es distinta, aquí pude tardarse hasta media hora en limpiar un quirófano. En Bunia, se hace en sólo tres minutos. Recuerdo un día en el que realizamos 35 operaciones antes de las tres y media de la tarde. Tienes que trabajar de forma rápida y organizada; muchas de estas intervenciones consisten en limpiar heridas, por lo que no siempre se trata de cirugía mayor. La mayoría de las veces se intervine a fin de poder evitar infecciones en brazos y piernas. Las personas cuyas vidas corren verdadero peligro seguramente ni logran llegar al hospital, pues es demasiado difícil. Uno de los principales problemas en este tipo de situaciones es que las personas no pueden desplazarse durante la noche. Por eso, al oscurecer en mi camino del hospital a casa y viceversa, no se veía ni un alma, ya incluso desde las siete de la tarde. Nadie en absoluto. Las mujeres no pueden salir de noche debido a la amenaza real de violaciones. La inseguridad es, pues, sin lugar a dudas, una de las causas que retrasan la llegada de las personas al hospital.


¿Trataste a muchas víctimas de violencia sexual?

El estigma asociado a la violación es enorme. Una de las cosas más increíbles que ha conseguido MSF es reducir este estigma. Cada día más de 20 mujeres, víctimas de espantosos abusos sexuales, acudían al centro de salud a recibir tratamiento. (Entre junio de 2003 y enero de 2005, MSF trató a más de 2.500 víctimas de violencia sexual en el Hospital Bon Marché). No todas las agresiones eran recientes, muchas mujeres habían sido violadas hacía más de un año. Pero, a medida que corría la voz sobre el programa de apoyo a las víctimas de violencia sexual de MSF, éstas acudían simplemente porque se daban cuenta de que obtendrían la ayuda y el tratamiento que necesitaban de forma inmediata. Obviamente, todavía hay estigma, y emocionalmente no se puede hacer nada que logre hacer desparecer el horror vivido, pero ahora por lo menos consiguen ayuda y el reconocimiento del impacto de la violencia sexual en la víctima. Además del tratamiento inmediato de las heridas, las víctimas de violaciones que acuden al hospital de MSF reciben profilaxis post-exposición para ayudar a impedir la transmisión del VIH y otras enfermedades de transmisión sexual, así como apoyo psicológico.

Cada una de las historias sobre violencia sexual que he escuchado hubiera sido noticia de primera página aquí: una niña de 13 años retenida durante un mes por cuatro individuos que la violaron cada día; una pequeña de sólo siete años, la misma edad de mi sobrina, que también fue violada...

Entre intervención e intervención, veía pacientes en el centro de salud para mujeres. La primera mañana que pasé en el centro, vi a cuatro mujeres que habían sido violadas. Y rompí a llorar. No soy llorona, soy una persona más bien dura, he visto personas con los miembros destrozados por explosiones, he visto traumas de todo tipo.

Las enfermeras congoleñas que trabajan con MSF en el centro de salud para mujeres, al día siguiente, me llevaron a un lado y me dijeron: “ mira, sabemos que lo estás pasando mal, déjanos que te ayudemos a soportar esto." Me dijeron: “sabes, no hay por qué explicarte toda la historia de una paciente, tal vez sólo parte de ella para que así puedas examinarla”. Así consiguieron que llegase un punto en el que ya fui capaz de enfrentarme a toda la historia.

También iba a visitar a las comadronas en la maternidad para ver si había alguna cesárea. Y allí estaba la niña de siete años que fue violada. Las enfermeras en el departamento de ginecología dijeron que no podían tratar sus heridas, necesitaba ser intervenida quirúrgicamente. Y no me refiero a suturar un desgarro, me refiero a operar su abdomen. Las enfermeras estaban tan destrozadas anímicamente que no podían curar las heridas internas de la pequeña.

Con sólo un día, ya estaba sobrecogida con las historias de abusos sexuales. Por eso creo que es una verdadera hazaña la de las enfermeras congoleñas que trabajan en el centro de salud para mujeres, que escuchan, examinan y ayudan a las víctimas y lo hacen día tras día, sin descanso. Las enfermeras congoleñas son quienes a través de las clínicas móviles dan a conocer a las mujeres la posibilidad de obtener tratamiento y asesoramiento. Pienso que, en gran parte, es gracias a ellas que las pacientes acuden al centro de salud para mujeres. Éstas acaban por reconocer que no tienen la culpa de haber sido violadas y empiezan a acudir en busca de ayuda.

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