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Colombia: a la sombra del proceso

Cuando la violencia persiste día a día e impacta en la salud mental

En los municipios costeros de Buenaventura (Valle del Cauca) y Tumaco (Nariño), en el oeste de Colombia, frente al Pacífico, los altos niveles de violencia persisten a pesar del fin de 50 años de conflicto con las FARC-EP.

Por ello, en pequeñas comunidades como estas, donde el 65% de la población vive en condiciones de extrema pobreza y sin acceso a servicios básicos, la atención psicológica es urgente y fundamental, y debe implementarse de forma integral.

Aquí, la presencia cada vez mayor y la influencia de las organizaciones criminales y de otros grupos armados provocan un gran número de amenazas, homicidios selectivos, secuestros, desapariciones, acoso, extorsión y restricción de movimientos.

“Aquí la violencia se ha normalizado tanto que mucha gente está convencida de que es lo que les ha tocado, lo que tienen que vivir. Están resignados”

Un tipo de violencia con “un claro impacto en la salud física y mental de las poblaciones de Buenaventura y Tumaco”, explica Juan Matías Gil, nuestro coordinador general en el país. Según él, las situaciones y necesidades de los pacientes que hemos visto pueden servir como “una aproximación plausible de la realidad en áreas urbanas y rurales de muchas provincias de Colombia".

Las secuelas de la violencia

Una realidad que hemos podido ver durante dos años de trabajo en ambos municipios, entre 2015 y 2016, periodo en el que nuestros equipos han recogido datos de más de 6.000 pacientes.

Según las consultas de nuestros psicólogos y médicos, la exposición a eventos violentos y factores de riesgo ha provocado en la población depresión (25%), ansiedad (13%), trastornos mentales (11%) y estrés postraumático (8%).

Pero, además, la violencia es contagiosa. Muestra de ello es el caso de una mujer que vino a nuestra consulta de Buenaventura con sus tres hijos. “El pequeño había perdido tres años seguidos en el colegio, el mediano robaba todo el tiempo, y el mayor solo quería conseguir un arma y meterse en un grupo armado. Y la mamá, claro, sufría depresión”, relata Brillith Martínez, nuestra psicóloga en Buenaventura.

Sin embargo, cuando fue desgranando la historia, pronto descubrió que estos tres niños llevaban tres años viviendo al lado de una ‘casa de pique’ –un lugar donde llevan a los que desaparecen para matarlos y luego desmembrarlos; así se esconde mejor el cuerpo-. En su barrio, además, los asesinatos eran rutina y, cada vez que salían a la calle, se topaban con un muerto.

“Esa mujer nunca se planteó que ella o sus hijos recibieran tratamiento psicológico. Solo acudió a nuestra consulta cuando ya no sabía qué más hacer. Pensaba que, dejando atrás la violencia, todo pasaría. Aquí la violencia se ha normalizado tanto que mucha gente está convencida de que es lo que les ha tocado, lo que tienen que vivir. Están resignados”, añade nuestra compañera.

Sin tratamiento

En la actualidad, la atención a las necesidades en salud mental de la población es inadecuada y deficitaria, ya que solo puede encontrarse en las principales ciudades: los centros de salud de las poblaciones más pequeñas o apartadas no cuentan con estos servicios, con lo que parte de la población se queda sin recibir el tratamiento que necesita.

“No hay psiquiatra en Buenaventura”, sentencia Brillith. “Si una persona necesita atención psiquiátrica debe ir a Cali, a dos horas y media por carretera. La mayoría de los que viven aquí no pueden permitirse el viaje. Así que finalmente muchas de las víctimas se quedan sin recibir un tratamiento integral”, explica.

Así, solo el 9% de los casos de violación fueron tratados dentro de las 72 horas posteriores al incidente, lo que limita la eficacia del tratamiento médico y aumenta el riesgo de enfermedades de transmisión sexual y embarazos no deseados.

Violencia repetida y en casa

Las mujeres son las víctimas más afectadas. Casi todas nuestras pacientes llegan a nuestro consultorio tras haber sido abusadas sexualmente. Y en muchos casos es un abuso que se viene repitiendo desde la infancia, cuando el abusador es un conocido o un familiar, y luego en la adolescencia, “cuando las muchachas empiezan a andar solas”.

Es el caso de Gissela, víctima de violencia sexual, seropositiva y desplazada. “En Buenaventura, la problemática es horrible. Dicen que está calmado, pero no. Casi no se muestra en las noticias… la violencia contra la mujer, la violencia contra los niños. Los grupos armados todavía existen”, confiesa.

En palabras de Brillith, “también hay madres”. “Madres que han perdido a sus hijos porque los han asesinado o los han desaparecido. Madres a quienes les han matado a toda su familia, madres desplazadas y sin un peso, madres solteras y madres que han sido brutalmente maltratadas. No solo es la violencia que está ahí fuera, es también la de la casa, la intrafamiliar”.

Por teléfono

Con el fin de facilitar el acceso a la atención psicológica, contamos en Buenaventura y Tumaco con un programa telefónico gratuito. “Así nos aseguramos de que aquellas mujeres que no quieren que se les vea entrando al consultorio, y se sepa que han sido víctimas, no se queden sin atención”, indica Brillith.

Y es que muchas personas han sufrido tanto que ya solo piensan en hacerse daño. Cuando logramos que una persona en ese estado salga del hueco, es muy probable que esta persona ayude a otra de su entorno, y esta a otra y así sucesivamente.

Por su parte, Gissela ha mejorado considerablemente. “Estoy bien con el tratamiento. Me siento muy bien con la psicóloga, Alejandra. Uno se siente bien cuando saca todo el dolor reprimido. Porque cuando uno no habla con nadie, tiende a pensar bobadas como quitarse la vida”, reconoce.

“Uno se siente bien cuando saca todo el dolor reprimido. Porque cuando uno no habla con nadie, tiende a pensar bobadas como quitarse la vida”

Casos como este son ejemplos de la necesidad de más servicios en salud mental y de abordarlos de forma integral. Porque cuando en MSF ayudamos a una sola persona, indirectamente también estamos ayudando a un hogar, a un barrio. A toda una comunidad.

En esta línea, instamos al Estado colombiano a que persista en el camino que ya ha tomado con respecto a la legislación para las víctimas de la violencia y que además fortalezca a nivel primario y de manera efectiva la salud física y mental de los supervivientes de violencia sexual.

 

Descarga nuestro el informe: ‘A la sombra del proceso. Impacto de las otras violencias en la salud de la población colombiana’.