Back to top

Vivir en Gaza

Más de dos millones de personas viven aisladas en la Franja, sin esperanza

Desde el año 2000, la atención médica que prestamos en Gaza (Palestina) se adapta constantemente a las necesidades cambiantes de sus habitantes. Ahora, nuestros equipos en la zona ofrecen cuidados postoperatorios (vendajes, fisioterapia y actividades de reeducación) a casi 5.000 personas con heridas de trauma y quemaduras en tres clínicas de Médicos Sin Fronteras. Las heridas e historias de nuestros pacientes son el reflejo de la vida cotidiana en Gaza.    

Para empezar, Gaza significa ‘aislamiento’: se trata de un terreno de 42 kilómetros de largo y 12,5 en su punto más ancho. En coche, se tarda solo una hora y media para ir de norte a sur.

En el oeste, está rodeada por el mar. En el este, por una barrera de seguridad –una valla metálica con alambre de púas–, y en el norte por un muro de varios metros de altura que fue construido para evitar que se cruce la frontera.  También hay otro muro, bajo tierra y bajo construcción. En esta franja viven nada menos que dos millones de personas.

Muchos de los habitantes de Gaza nunca han podido salir de esta franja, sobre todo desde que Israel impuso un bloqueo en 2007.

Es el caso de Hasán de 22 años, a quien le dispararon en diciembre mientras estaba en la frontera. “Solo salí de Gaza una vez: fue para una operación en Egipto cuando tenía ocho años. ¡No recuerdo nada!”, confiesa.

Es imposible cruzar

En la actualidad, los permisos de salida que los israelís conceden son muy escasos y, entre 2016 y 2017, se redujeron a la mitad. Según la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), durante los primeros meses de 2017, solo 240 personas fueron autorizadas a cruzar la frontera –en ambas direcciones–. Y se debió a razones comerciales, educativas, médicas, o porque se trataba de miembros de organizaciones internacionales.

Para todas las demás personas, el viaje es simplemente imposible. "No tenemos derecho a viajar como otros seres humanos. Pero somos seres humanos ", se lamenta Hasán.

En 2010, comenzamos un proyecto de cirugía reconstructiva para lidiar contra la falta de atención fruto de estas restricciones en los viajes. Cirujanos y anestesistas vienen de otros países para asistir a nuestro equipo de enfermería palestino en las cirugías complejas que no están disponibles en Gaza.

 

De 4 a 6 horas al día de electricidad

Los problemas con la electricidad son una perfecta imagen de las dificultades diarias de la población de Gaza. Esta situación se deterioró aún más la primavera de 2017, cuando los habitantes de Gaza solo disponían de dos a tres horas diarias de electricidad,  normalmente durante la noche.

Según nos han contado varios pacientes, sus esposas se despertaban en plena noche para preparar la comida y usar sus lavadoras. “¡Mi esposa es una súper mujer!”, nos dijo uno.

Abu Abed es asesor médico de nuestro proyecto en. Sus hijos tuvieron que “tomar decisiones que los niños no deberían tener que hacer: ‘¿Usaré estas dos horas de electricidad para cargar mi móvil o para poner zumo en la nevera?’.

En verano, cuando las temperaturas superaron los 30 grados, era imposible mantener los alimentos frescos. Ahora la situación ha mejorado un poco, pero las personas aún tienen que vivir, a lo sumo, con cuatro o seis horas de electricidad al día.  

“Durante esas horas, intentamos hacer todo a la vez. Nos apresuramos y eso aumenta el riesgo que corren nuestros niños”, explica la abuela de Usaid, un bebé de 14 meses. El pequeño  ingresó en nuestra clínica con quemaduras en sus manos. El 35% de los pacientes en nuestras clínicas son menores de 5 años, y 60% son menores de 15.

Las condiciones de vida se deterioran

Forzados a vivir en aislamiento, los habitantes de Gaza deben adaptarse constantemente pero, desde hace años, las condiciones en la franja no dejan de deteriorarse y casi la mitad de la población se enfrenta a la inseguridad alimentaria. Aquí, la gente debe hacer todo lo posible por intentar salir adelante. Tanto es así que la solidaridad familiar se ha convertido en un pilar fundamental para adaptarse y resistir.

Además, conseguir agua potable también es un gran problema. Casi el 95% de las aguas subterráneas no son aptas para el consumo humano, y el agua de grifo es demasiado salada. El sistema de desecho y tratamiento de aguas residuales no es eficiente, así que las personas ya no pueden bañarse en el mar.

Accidentes domésticos frecuentes

Aun así, la vida continúa en Gaza. Muchas familias viven en hogares modestos y las comidas son una oportunidad para compartir momentos alegres. Algunas personas aún cocinan y preparan té en sus estufas o en fogatas. Muchos pacientes con quemaduras severas son derivados a nuestras clínicas debido a accidentes domésticos relacionados con éstas prácticas. Dos tercios se deben a líquidos hirviendo.

Eso fue lo que le sucedió hace tres meses a Shahed, de 15 meses. Todo el contenido de una tetera que estaba calentándose cayó sobre ella durante una reunión familiar. “Es devastador ver a nuestra hija así. No hemos hecho té desde ese día”, dice su madre. A Asma, de 6 años y medio, le cayó encima una olla con agua hirviendo que su padre quería usar para bañarse.

También son comunes las quemaduras causadas por la explosión de generadores eléctricos que algunas personas utilizan para compensar la falta de electricidad de la red pública.

64.9% de desempleo juvenil

Las restricciones impuestas por Israel sobre el movimiento de bienes y personas están deteniendo la economía de Gaza. Según la OCHA, en el tercer trimestre de 2017, la tasa de desempleo estuvo en 46.6% y la de desempleo juvenil en 64.9%.

“Tenemos educación, no somos estúpidos. Acumulamos diplomas pero no tenemos trabajo. No podemos tener una vida decente si no trabajamos”, se lamenta Hasán, un estudiante de 22 años en su cuarto año de carrera de contabilidad.

A Abdel Raheem le dispararon en la pierna y en la mano durante una protesta en la frontera. Ahora está inmovilizado y le trasladan en una camilla a nuestra clínica tres veces por semana.       

Tras enfrentarse a los partidarios de Hamas y Fatah en 2007, a tres ofensivas lanzadas por Israel (2008-2009, 2012 y 2014) y a una década de bloqueo, los jóvenes que viven en la franja de Gaza siguen luchando por encontrar su camino ante un futuro (muy) incierto.

Muchos viven de trabajos puntuales y lidian con varios periodos de desempleo. “He trabajado como pescador y como pintor, también en obras y restaurantes. No he trabajado desde que me hirieron. Tengo siete oficios pero ninguna suerte”, dice Mohamed M., de 22 años.

Le dispararon en junio pasado mientras estaba en una protesta en la frontera israelí, con una bandera palestina en su mano. Faris tiene la misma edad y una experiencia muy similar. Desde que se conocieron en nuestra clínica, se han vuelto inseparables.

Ante esta realidad, a menudo muchos hombres jóvenes van a la frontera israelí para expresar su enfado y su sentimiento de injusticia: ahí se arriesgan a sufrir heridas graves o incluso a perder sus vidas.

Desde diciembre pasado, muchos han participado en protestas organizadas por varias autoridades en Gaza. El objetivo, protestar por el reconocimiento del presidente de EE. UU. de Jerusalén como capital de Israel.

Como consecuencia, nuestros equipos en Gaza han visto un aumento de pacientes con heridas en nuestras clínicas en la zona: pasamos de 19 pacientes en noviembre a 162 en diciembre y casi 200 en enero. La mayoría de las heridas se deben a disparos en los miembros inferiores.

Como dice Mohamed H., los jóvenes han crecido rodeados por esta violencia. “Cuando vi que mi pierna había sido destrozada por una bala, ni siquiera me desmayé. Estamos acostumbrados a estas cosas. Han habido guerras y hemos visto cómo nuestros amigos terminaban heridos”.

Así, impera un sentimiento de que ya no hay nada que perder es omnipresente. “Tenemos que recordarnos a nosotros mismos que existimos. ¿Quién más lo hará?”, se pregunta Abdel Raheem. “Es la única forma en que podemos mostrar lo que sentimos, lo que Gaza siente”. “¿Qué más podemos hacer?”, agrega Mustafa.