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10.08.2022

“Ya habíamos estado escuchando tiroteos, pero cuando se convirtieron en bombas, huímos"

Testimonios de personas desplazadas por la los enfrentamientos entre el M23 y el ejército congoleño en Kivu Norte, República Democrática del Congo.

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Ponsie Benda

54 años. Casado, con trece hijos.
Llegó a Rumangabo en junio de 2022 con cinco de sus hijos.
Durmieron en el exterior, junto al muro de la escuela primaria del Parque Nacional de Virunga. No tienen espacio en las aulas de la escuela porque llegaron más tarde que los demás.

 

Ponsie Benda, desplazado por los enfrentamientos en Kivu Norte

“Llegué a Rumangabo con cinco de mis hijos; los demás están en Goma. Huyeron por su cuenta cuando empezaron los tiroteos en las colinas. Estamos aquí solo con los más jóvenes.

Toda la familia estábamos trabajando en el campo cuando empezaron los tiroteos. Escapamos y caminamos durante tres horas hasta Rumangabo bajo la lluvia. No pudimos volver a nuestra casa. Nos fuimos con lo puesto. No hemos vuelto al pueblo desde entonces.

Nuestro mayor problema es la comida. Comemos hojas hervidas de lunes a domingo. Mi mujer las coge de los campos de otras personas. Se las pide a los propietarios primero, pero si dicen que no, pasamos la noche sin comida. Hay ayuda mútua, porque la comunidad sabe cuánto estamos sufriendo. Comparten con nostros lo poco que tienen.

 

Ponsie posa con su familia junto al refugio que ha construido junto a la escuela de Rumangabo.

Dormimos a la intemperie. No tenemos una casa. No hay ningún lugar en el que refugiarse cuando llueve. Intentamos proteger las pocas cosas que tenemos. He construido este pequeño refugio porque tuve la suerte de encontrar estos palos de madera, pero no tengo una lona. Intentaré conseguir algunas hojas de platanera y ecualiptus para cubrirla. Así, al menos, los niños estarán un poco más protegidos.

Ni oenegés ni el Gobierno, nadie ha venido aquí. Si hubiésemos recibido ayuda, no estaríamos a la intemperia así, y al menos tendríamos comida.

Yo soy granjero, así es como alimento a mi familia, a mis hijos. No sé cómo pueden crecer mis hijos en la guerra. Si estuviésemos en casa, podría cuidar de ellos con mis cosechas y pagarles la escuela.

¿Por qué hay guerra aún en Kivu Norte? Esta no es la primera vez que hemos tenido que huir. Ha habido otras guerras antes, y cada vez hemos tenido que abandonar nuestro pueblo.”

 

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Obed Mashabi

20 años. Soltero, sin hijos.
Llegó al estadio de Rugabo, en el centro de Rutshuru, el 28 de marzo de 2022.
Vive en una de las tiendas (albergues comunitarios) montadas en el estadio, en una estera, en el suelo.

 

Obed con sus únicas pertenencias en el albergue comunitario del estadio de Rugabo, en Rutshuru Centro.

“Desde el 20 de marzo en adelante, empezamos a escuchar disparos y bombas. Yo estaba fuera cuando una bomba cayó sobre la casa de nuestro vecino y le prendió fuego. Yo huí solo, sin nada, solo la ropa que llevaba puesta. Fui primero a Busanza. Me quedé durante tres días, pero hubo nuevos enfrentamientos, y prefería venir al centro de Rutshuru para estar seguro.

Al principio, dormíamos en las gradas del estadio de Rutshuru. No había tiendas, como ahora. No teníamos ollas, ni vasos… no teníamos nada para comer. A veces, personas que conocía de mi pueblo me daban algo de comida que habían recogido de los vecindarios.

Teníamos comida en el pueblo, en los campos, pero no podemos volver. La guerra continúa. Todo debe estar pudriéndose. No tengo esperanzas de volver pronto.

No sé nada de mi familia desde el 28 de marzo. Algunas personas me dijeron que habían huido a Uganda, pero no sé nada más”.

 

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Agrippine N'Maganya

53 años. Viuda, con diez hijos.
Llegó al estadio de Rugabo, en el centro de Rutshuru, el 28 de marzo de 2022.
Vive en una de las tiendas (albergues comunitarios) montadas en el estadio.

 

Agrippine, en un albergue comunitario del asentamiento informal para personas desplazadas del estadio de Rugabo.

“Ya habíamos estado escuchando tiroteos, pero cuando se convirtieron en bombas, huímos. Ese día estaba en el campo plantando alubias. Intenté ir a casa para recoger algunas cosas, pero fue imposible.

Cambiamos nuestra ruta y atravesamos campos y bosques. Llegué a pie a Rutshuru con uno de mis hijos, y otros cinco se reunieron con nosotros depués. Los demás deben estar en Uganda. No he tenido noticias de ellos desde que huímos.

No tengo familia aquí en Rutshuru. Les pido comida para mis hijos a los vecinos. Nunca he recibido ninguna distribución de comida o palanganas y ollas, nada. Cuando llueve el agua inunda el suelo de los refugios, y pasamos la noche en el agua.

Después de cada guerra volvemos a nuestro pueblo. No hay otro sitio al que ir, de todos modos”.

 

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Rachel Irakiza

35 años. Casada, con ocho hijos.

Llegó a Kalengera en marzo de 2022.
Se queda con una familia de acogida en Kalengera. Su hijo de seis meses recibe cuidados de MSF en la unidad nutricional terapéutica intensiva del hospital general de Rutshuru.

 

Rachel y su hijo de seis meses, Merci Dode, en la unidad de alimentación terapéutica intensiva del hospital de Rutshuru.

“Huímos a causa de los enfrentamientos entre el M23 y el FARDC (ejército congoleño). Alrededor de mi casa, varias personas habían sido asesinadas y heridas. Las casas ardían por culpa de las bombas que caían. Mi tío resultó herido durante el combate. No he sabido nada de mi marido desde entonces. Él estaba en el campo cuando tuvo lugar el ataque, y huyó por su cuenta. Me han dicho que seguramente está en Uganda.

Cuando huí me separé de los niños. Con el tiroteo, cada uno fue en una dirección distinta. Estaba sola con el bebé. Cuando llegué a Kalengera, encontré a mis otros siete hijos: la gente de nuestro pueblo los habían traído con ellos.

Trabajamos unas horas al día en campos de otras personas para poder comprar comida. Pero no es suficiente.

Vine al hospital porque mi hijo estaba llorando: tenía dolores abdominales y estaba perdiendo peso. Desde que nació, hace seis meses, no he tenido leche. Esto nunca me había pasado antes. No lo entiendo. Incluso ahora, el niño aún tiene fiebre y diarrea. Llora mucho. Mientras estoy aquí en el hospital con él, los otros niños están en Kalengera con familias de acogida”.

 

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Rachel Niyonzima

 

20 años. Casada, con cuatro hijos.
Llegó al centro de Rutshuru hace más o menos un mes.

Vive con una familia de acogida y fue tratada por malaria en la clínica móvil de MSF instalada en el estadio de Rugabo.

 

Rachel espera su turno en la clínica móvil de MSF en el estadio de Rugabo, convertido en un asentamiento informal para personas desplazas.

 

“Desde ayer he tenido escalofríos, fiebre y dolores de cabeza. Esta es la primera vez que he venido a la clínica.

No sé cuánto tiempo hemos estado aquí. Debe ser un poco más de un mes. Mi marido y yo habíamos ido al campo a recoger comida cuando escuchamos las bombas. Huímos directamente, sin volver al pueblo. Los vecinos se llevaron a nuestros hijos y los trajeron aquí a Rutshuru. No encontré a mis hijos hasta dos días después.

En la casa en la que estamos hay ocho adultos. Con los niños, debemos ser más de 20 personas en la casa.

No puedo volver a mi casa o a mis campos a buscar comida, así que trabajo en los campos de otras personas de aquí para ganar algo de dinero. En cuanto tenemos dinero vamos al mercado a comprar comida, pero no es suficiente. Tengo que ir también a por los vecindarios a pedir comida”.