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11.03.2021

Se cumple un año de pandemia de la COVID-19, un año duro de desafíos y emociones

Ninguno de nosotros teníamos experiencia en la COVID-19. Ante una enfermedad nueva y desconocida, sin las herramientas para tratar a los pacientes, con miedo de infectarse en el trabajo y de transmitir la infección a nuestros seres queridos, esta pandemia ha supuesto una enorme carga emocional para el personal sanitario de primera línea.

Un año de COVID-19, un año de emociones
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Hoy, hace un año, el 11 de marzo de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró como una pandemia el brote de COVID-19. Brindar atención médica durante las epidemias es el núcleo de nuestro trabajo, pero nos enfrentamos entonces a un doble desafío.

Necesitábamos encontrar una manera de responder a los brotes de esta nueva enfermedad, manteniendo nuestros programas médicos regulares en funcionamiento y reaccionando a nuevas emergencias, como el conflicto en Etiopía y los brotes de Ébola en República Democrática del Congo y Guinea.

En enero de 2020, inauguramos nuestro primer proyecto COVID-19 en Hong Kong, centrado en la educación sanitaria para personas vulnerables, como las personas mayores y las personas en desventaja socioeconómica.

En marzo de 2020, la epidemia se estaba extendiendo como la pólvora por toda Europa, y lanzamos proyectos en algunos de los países más gravemente afectados, como Bélgica, España e Italia. Brindamos apoyo a los hospitales, enviando equipos médicos experimentados en brotes de enfermedades infecciosas. También hicimos lo que pudimos para capacitar a nuestros colegas sobre cómo mantenerse seguros, sabiendo cuán expuesto puede estar el personal de salud durante los brotes.

Cada vez más, dirigimos nuestra atención a las personas mayores en residencias de ancianos, cuya edad y entorno de vida los hacía extremadamente vulnerables a la COVID-19. A partir de marzo, a medida que la epidemia continuaba extendiéndose por todo el mundo, seguimos nuestro camino, abriendo nuevos proyectos y adaptando los existentes, como siempre lo hacemos durante las epidemias, pero, esta vez, a escala mundial.

Pero la escala no fue lo único diferente. A la primera señal de otras epidemias, como el cólera o la fiebre amarilla, aumentamos el tamaño de nuestros equipos en la zona correspondiente, enviamos a nuestros expertos y entregamos toneladas de suministros adicionales. Pero, a medida que el coronavirus se afianzaba en más y más países, muchos gobiernos cerraron sus fronteras. Trasladar el personal y los suministros médicos a donde se necesitaban se convirtió en un gran desafío.

Pero las diferencias son solo superficiales. En el fondo, nuestra respuesta a la COVID-19 no ha sido diferente de nuestros otros proyectos médicos. Nos enfocamos en aquellos lugares donde una mayor cantidad de personas enferman y mueren, y buscamos a las personas más vulnerables.

Durante la pandemia, este enfoque nos ha llevado a establecer proyectos médicos en lugares donde raramente trabajamos, como Estados Unidos y varios países de Europa. Nos ha visto ayudar a grupos de personas a las que no ayudamos a menudo, como los residentes de hogares de ancianos. Pero nuestro razonamiento médico no ha cambiado. Y muchas de las personas a las que hemos asistido no son nuevas en MSF: refugiados y poblaciones en movimiento, personas en áreas rurales con un acceso deficiente a la atención médica, comunidades abandonadas en las ciudades...

Para ayudar a las personas más necesitadas, hemos desplegado una amplia gama de actividades durante los últimos 14 meses, según las formas de apoyo que resulten más útiles para los sistemas de salud locales. Hemos organizado un gran número de sesiones de formación para el personal sanitario de primera línea, tanto en hospitales bien equipados en lugares ricos como en instalaciones muy básicas. Los apoyamos con prevención y control de infecciones, y desinfección, triaje de pacientes, personal y flujo de pacientes.

Hemos atendido a los pacientes: los enfermos leves, los enfermos graves y los moribundos. En algunos lugares, hemos apoyado las salas de cuidados intensivos y, en otros lugares, las dirigimos. Hemos distribuido mascarillas y enseñado cómo emplear simples medidas preventivas para mantenerse a salvo, como mantener la distancia y lavarse las manos. Llegamos a millones de personas con estos mensajes en las redes sociales. Y hemos brindado muchas, muchas sesiones de salud mental, principalmente para el personal que se encuentra en la primera línea de la pandemia.

Habiendo trabajado nosotros mismos en la primera línea de las epidemias, sabemos de primera mano lo exigente, agotador y estresante que puede ser este trabajo. Muchos de los miembros del personal de salud que han trabajado tan incansablemente durante todo el año pasado tenían poca o ninguna experiencia previa en brotes de enfermedades infecciosas. Ninguno tenía experiencia en la COVID-19. Ante una enfermedad nueva y desconocida, sin las herramientas para tratar a los pacientes, con miedo de infectarse en el trabajo y de transmitir la infección a sus seres queridos en casa, esta pandemia ha supuesto una enorme carga emocional para el personal sanitario de primera línea. Debemos cuidar a las personas que nos cuidan.

Un año después de su declaración oficial, la pandemia no se ha desvanecido. Actualmente existen vacunas seguras y eficaces, pero para la gran mayoría de las personas aún no están disponibles, y es posible que no lo estén durante mucho tiempo. A menudo, las personas que caen por las grietas del sistema en lo que respecta a las medidas preventivas y el acceso a la atención médica son las mismas personas que volverán a pasar desapercibidas para la vacunación. Dedicada a ayudar a los más vulnerables, nuestro papel en esta pandemia aún no ha terminado.

 

Por Brice de le Vingne, líder de nuestro grupo de trabajo para la COVID-19 en 2020. Hoy es el responsable de nuestra Unidad de Emergencias, que continúa trabajando en 2021 en intervenciones de COVID-19

Un año de COVID-19