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14.03.2011

Simone (por Anne Connelly)

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Es rubia, como yo. Incluso sus pestañas son rubias. Pero el contraste entre su pelo y su piel oscura indica que el primero quizás no es como debería ser. Cuando nos conocimos, estaba sentada fuera del hospital. “Mo tê na caraco? (“¿te gustan los cacahuetes?”), me preguntó tendiéndome su minúscula mano con unos cuantos. “Ehhh… mbi tê na caraco”, le contesté al tiempo que cogía uno para engullirlo. Estaba encantada de que hubiera aceptado su regalo. “Yo como setas. ¿Te gustan las setas?”, le pregunté en sango. Seguimos hablando de nuestras comidas favoritas hasta que se me agotaron las palabras en sango, que de todas formas eran más numerosas que los diferentes alimentos que puede uno encontrar en el mercado local. Y así empezó nuestra amistad.

Desde que sus padres murieron, Simone ha estado viviendo con una tía que no siente el más mínimo interés por ella, en el sentido más completo de la expresión. Llegó al hospital de Djomo hinchada y débil, para ser tratada por desnutrición aguda. Nada más llegar, se hizo la reina del lugar con su risa contagiosa. Solía venir por la oficina, de la mano del médico del personal internacional, sólo para saludar. Una mañana, la senté en mi silla y puse algo de música en el ordenador. Sonrió, empezó a chillar emocionada, y a moverse al ritmo de la música. Cuando reanudamos el trabajo, se marchó, pero no por mucho tiempo: a los pocos minutos estaba de vuelta en mi silla. “Es muy bonito, quiero escucharlo otra vez”, me dijo.

Por mucho que adoráramos su compañía y la echáramos de menos cuando fue dada de alta, nos entristeció volver a verla en el hospital unas pocas semanas después. Otra vez desnutrida, estaba sola, hambrienta, sin nadie que la cuidara. Se quedó durante unas semanas, recobrando fuerzas y haciendo del personal y de los demás pacientes una nueva familia. Cuando volví a Djomo después de mis vacaciones, cruzó corriendo el recinto chillando mi nombre, para darme el abrazo más grande que sus cortos brazos podían permitirse. La levanté y la llevé a caballito por el hospital, con sus ataques de risa anunciando a todos nuestra llegada.

 

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