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20.08.2020

Adiós al Hospital de la Paz: ocho años de asistencia en una Siria en guerra

“La antigua escuela se convirtió en un hospital al que llamamos Al Salama, un nombre cuya raíz es la misma que ‘salam’, paz”. Este es el relato personal de casi una década brindando asistencia médico-humanitaria en el noroeste del país.

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Por Aitor Zabalgogeazkoa, exdirector general de Médicos Sin Fronteras y miembro del equipo que abrieron el hospital de Al Salama en Sijjo, Azaz (Noroeste de Siria) en 2012.

A finales de verano de 2012, después de meses de combates, los habitantes de la comarca siria de Azaz quedaron fuera del control gubernamental. MSF había intentado sin éxito negociar con el Gobierno de Siria el acceso a esa y a otras zonas para poder atender a la población afectada por la guerra. Sin embargo, unas semanas después la nueva administración provisional, formada por un consejo de mayores y por líderes de los grupos armados en esa zona fronteriza con Turquía, nos permitió acceder a Azaz para evaluar las necesidades humanitarias.

El panorama que nos encontramos era devastador y nuestro diagnóstico tras pocos días de visita fue claro: hacía mucho que no veíamos semejante nivel de destrucción en zonas urbanas, pérdidas humanas tan masivas ni necesidades médicas tan urgentes sin atender. La violencia era brutal, indiscriminada, con bombardeos diarios, ataques de artillería, enfrentamientos entre distintos grupos armados, familias desplazándose continuamente… La guerra en Siria era un entorno nuevo para muchos compañeros y solo algunos de los más veteranos habíamos visto algo parecido en las guerras en el Cáucaso y en los Balcanes a principios de los años 90.

Para Médicos Sin Fronteras, el reto fue establecer un hospital en el cual estuviéramos suficientemente seguros como para atender a enfermos y heridos de manera eficiente, y a la vez suficientemente cerca de las líneas del frente de las que huían los civiles como para asistirlos con eficacia. A pocos kilómetros de la frontera turca había un pueblo con un pequeño campo de petróleo y rodeado de campos de trigo, olivos y pistachos en el que parábamos para conseguir comida -pan, aceite, tomates, pepinos, pollo y pistachos- y también gasolina. Tras hablar con los líderes locales para intentar conseguir una base de actividades, nos ofrecieron la escuela del pueblo, ya que los niños no podían ir a clase. El pueblo de llamaba Sijjo. Estaba de camino a un paso fronterizo llamado Bab Al Salama, y tanto en su núcleo como a su alrededor había numerosos asentamientos de desplazados que evitaban acercarse a las ciudades.

Buscamos otro lugar para el centro escolar y en tres semanas, la antigua escuela se convirtió en un hospital al que llamamos Al Salama, un nombre cuya raíz es la misma que salam, paz. Fue un proyecto en el que colaboró todo el pueblo, niños y mayores. Entre los lugareños había un sabor agridulce fruto de sensaciones encontradas. Por un lado, el riesgo de convertir el pueblo en un objetivo militar por acoger una instalación sanitaria y, por el otro, el orgullo de ser punto de referencia para atender a los habitantes de la zona e incluso ser el lugar desde el que se referían hacia Turquía los casos más graves, los que no podían ser tratados allí. Aquel hospital provisional lleva ahí ya casi una década.

El nombre de Hospital de Al Salama, en cierta forma el Hospital de la Paz, no libró ni al pueblo ni al propio hospital de bombardeos y de algún cañonazo, lo que nos forzó a construir un fortín alrededor de la escuela. Levantamos muros de 4 metros de alto y uno de grosor, y refugios antiaéreos. Este hospital y sus defensas se han convertido en norma en una guerra que todavía no ha acabado y en la que el personal y las estructuras sanitarias se han convertido en objetivo de ataques criminales y sistemáticos de las partes en conflicto.

Durante 8 años, Al Salama y su centenar de trabajadores han atendido a cientos de miles de personas en las pequeñas aulas reconvertidas en quirófano, paritorio o sala de emergencias. Hubo muchos días difíciles, agotadores, espantosos, docenas de heridos en pocos minutos, falta de suministros, falta de personal… y la perplejidad de los sirios ante cómo habían caído en el precipicio de esta guerra sin casi darse cuenta. Con el frente acercándose a veces a solo un kilómetro, nos vimos obligados a cerrar algunas veces por los ataques, pero siempre volvimos para abrir y asistir a los que lo necesitaban.

A partir de 2015, se prohibió el acceso de personal internacional de MSF desde el otro lado de la frontera turca. Lo que sostuvo el hospital a través de las situaciones más difíciles, con todas las facciones imaginables pasando por el pueblo, fue el compromiso de los compañeros sirios, que se quedaron para ayudar a sus vecinos pudiendo haberse ido a cualquier otro lado, ya fuera Turquía, a Europa o a los países del Golfo Pérsico. Algunos de ellos lo pagaron con su vida, ya fuera por una explosión cuando compraban naranjas en el mercado o porque los señalaron, como le sucedió a Mohamed, un entusiasta cirujano de Alepo que acabó siendo torturado y asesinado a sangre fría. Nunca estaremos lo suficientemente agradecidos por su compromiso, su profesionalidad y por haber compartido pan, tiempos difíciles y amistad.

Desde hace un tiempo la zona de Sijjo está más calmada. Hay cierta normalidad dentro de lo que supone una comarca llena de desplazados que por su aislamiento no está siendo muy afectada por el COVID-19. El hospital ha perdido en parte su peso específico y nos retiramos. Los niños que debían haber pasado por aquella escuela se han convertido ya en adolescentes y adultos que no han visto otra cosa que la guerra. Ojalá que esta nueva etapa del Hospital de la Paz dé paso a una vida mejor, aunque todavía la paz se haga esperar un poquito.

 

* Publicado originalmene en las cabeceras de Vocento.

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