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02.02.2007

Somalia: un día más de vida en Jowhar

La población civil somalí continúa enfrentándose a enormes necesidades y a un elevado nivel de violencia diaria

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Jowhar es un vergel rodeado de tierra abrasada. Un enorme bosque de mangos bordea el río Shabelle, y en un paseo encuentras un grupo de chicos charlando y asando mazorcas de maíz, un solitario pescador, un montón de mujeres, niñas y burros cargando agua. Y decenas de hombres armados con kalashnikov que canturrean entre dientes. Aquí hay 30.000 habitantes y cuatro compañías de telefonía móvil. Antenas gigantes y vacas delgadas forman parte de un mismo paisaje. La esperanza de vida no supera los 46 años y los jóvenes sólo piensan en huir.

En el compound de Médicos Sin Fronteras (MSF) amanece pronto: a las 7.30 en punto de la mañana ya hay reunión de trabajo. Alguna cara dormida. Una plaga de saltamontes en la casa-oficina ha dificultado el sueño a más de uno. Se distribuyen las tareas, se chequean las últimas informaciones, se pregunta, y a la calle a trabajar. Unos van a los centros de atención primaria de la zona, otros a finalizar los últimos retoques de la nueva Maternidad, alguno no se mueve de la oficina porque hoy tocan tareas administrativas y de gestión.

En la consulta

De la mano de Chisca, la enfermera, y del doctor Abdi, el supervisor médico local, nos vamos a Buulo Shikh, un barrio de Jowhar. Abdi cuenta que en un radio de cinco kilómetros hay una media de 200 partos al mes, a los que 10 madres no sobreviven. “Las mujeres y los niños son los que lo tienen peor por aquí”, afirma. Llegamos al centro de atención primaria de MSF en el barrio, donde más de 20 personas charlan a la sombra mientras esperan su turno en la consulta. Rage Jagi Mohamed, de 43 años, es uno de los primeros en entrar. Le atiende el enfermero Mohamed Hassan Kum. Rage le explica que desde hace unos días tiene un fuerte dolor de cabeza y picores por todo el cuerpo. Dice que se siente débil y que no puede llevar el ganado a pastar. El enfermero le hace preguntas, lo examina, le palpa el estómago. Hablan un rato y finalmente Mohamed decide darle un antihelmíntico, por si tiene lombrices en el estómago mientras le explica cómo debe tomarlo. Rage se va, agradecido. Volverá en unos días, a ver qué tal.

Un paseo
Tras unas horas en el centro, damos una vuelta en coche. Es sábado, día de mercado de ganado. En las afueras de la ciudad, más de un centenar de hombres –sólo se vislumbran un par de mujeres atareadas preparando el té– hablan, negocian, se enseñan grandes fajos de billetes, mientras estudian las caras de camellos, cabras, ovejas y vacas. Después, en la calle mayor de Jowhar, la gente compra y no le pierde la pista a un grupo de soldados etíopes, que se pasean aburridos. Sus caras tediosas compiten con las de unos chicos que les observan en una esquina.

No future
Hoy charlamos largamente con uno de los líderes de la comunidad que prefiere mantener el anonimato, y al que llamaremos M.A. Asegura que si preguntas en Jowhar, “absolutamente todos los jóvenes se quieren ir. No hay ni uno que quiera quedarse aquí”.

M. A. divide la juventud en tres grandes grupos. Los primeros son los que consiguen cierto grado de educación y trabajan en universidades, organizaciones internacionales, o escuelas gestionadas por la comunidad. “Éstos son siempre las primeras víctimas cuando hay un conflicto entre clanes. Representan el futuro, son las personas más apreciadas por la familia, y su muerte les generará un sufrimiento aún más intenso”. El segundo grupo, prosigue M.A., es el que vive fuera del país y envía dinero a las familias. Más del 22% de la economía somalí procede de esta fuente y se estima que hay entre uno y tres millones de somalíes fuera del país. De hecho, Somalia tiene el dudoso récord de ser uno de los países con mayor número de refugiados del mundo. El tercero es el grupo que M.A. denomina Hijos de Satán. “Son asesinos. No saben por qué matan ni a quién. Deberían aprender el valor de la vida. Lo que se necesita en Somalia no son tropas, si no becas para estudiar”.

A media mañana de este sábado visitamos la escuela Sheik Hanafi, una pequeña isla de conocimiento en Jowhar. Niños y niñas estudian Primaria y Secundaria, y los colores de sus impolutos uniformes varían en función del nivel de estudios. “La clave de la destrucción de mi sociedad es la ignorancia”, explica M.A. Somalia lleva tres lustros sin apenas ningún tipo de estructura educativa.

Una guerra de hombres
Las calles de la ciudad están llenas de niños. Las mujeres tienen una media de 10 hijos –de los que sólo algunos sobrevivirán– y no pueden ni pensar en el mañana. Viven al día. Son muchos los que afirman que, a pesar del conflicto, los somalíes son respetuosos con la población civil. “Eso es cierto”, afirma M.A., “aquí no se mata a mujeres o niños: simplemente los convertimos en viudas y huérfanos”.

La violencia es uno de los principales problemas del país, y la inseguridad sólo permite pensar en el aquí y ahora. Las mujeres llevan una vida muy limitada, sin apenas voz. “Esto debe cambiar: ellas tienen mucho que aportar al desarrollo de la sociedad”, admite M.A. “Aquí los hombres son capaces de escuchar a un asesino durante dos horas y, en cambio, a su mujer no le conceden ni 10 minutos”, sentencia.

M. A. reconoce que, como él mismo, son muchos los somalíes que siguen con detenimiento los últimos acontecimientos en el país y que están considerando la posibilidad de huir si la situación empeora aún más. “No puedes dormir, dando vueltas por la cama y pensando que en cualquier momento un grupo de hombres de otro clan pueda venir a tu casa y matarte”.

Sin datos
La vida día a día destierra cualquier posibilidad de planificación de futuro. Además de la inseguridad, la exasperante falta de información sobre el país dificulta la labor de organizaciones humanitarias como MSF. A modo de ejemplo: hay acuerdo en que Somalia es el país con un porcentaje más alto de personas afectadas por tuberculosis. Pero no se sabe cuántos. Según la OMS, son 75 de cada 100.000; el PNUD, en cambio, afirma que son 162 de cada 100.000. Contrastar información en Somalia es un lujo. Pero la vida sigue adelante, en gran parte, gracias a las redes de solidaridad que organizan las comunidades.

La anarquía dificulta enormemente la labor humanitaria. Según M.A., la mayoría de los somalíes no entiende la neutralidad y la internacionalidad de una organización como MSF. La Carta Magna de MSF se cuelga en todos los centros: hay personas que la leen, pero no entienden qué significa. Son muchos los que consideran que las decisiones de la organización las toman las personas somalíes que trabajan en ella, esto es, que son los propios clanes los que dirigen la ayuda. ”Eso es absurdo, pero así lo creen, y no hay forma de que lo vean de otra manera”, explica M.A. “Quiero a mi país”, se lamenta, “pero no me gustan nada las divisiones entre la gente: los clanes, todas esas supuestas diferencias”. Con un poco de suerte, y si todo no va demasiado mal, “de aquí a 10 años se podrá vislumbrar un poco de esperanza”, musita M. A., y concluye: “la verdad es que lo que más me gusta de Somalia es el tiempo que hace”.

El largo recorrido de MSF en Somalia
Desde 1991, Somalia ha sido un Estado sin Gobierno. Tras 16 años sin ley, el país tiene enormes necesidades que nadie ha cubierto y un elevado nivel de violencia diaria. La guerra civil prácticamente ha destruido todas las estructuras y servicios públicos de salud. En muchas partes del país, clínicas y hospitales han sido saqueados o seriamente dañados.
La violencia es tan generalizada y la estructura de clanes tan compleja, que pocas agencias de ayuda trabajan en Somalia. Sin Estado y sin sistema público de salud, el país necesita desesperadamente asistencia externa. MSF intenta llenar algunos de estos vacíos en las zonas más afectadas del sur y el centro del país, con proyectos de atención primaria de salud, tratamiento de la tuberculosis y el kala azar, nutrición terapéutica para niños desnutridos, asistencia pediátrica y cirugía.

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