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24.05.2019

Somos gente obstinada

¿Mochila o maleta? En Médicos Sin Fronteras no existen solo dilemas humanitarios: hay también dilemas humanos. Muy humanos. Cuando tienes que irte diez meses a Etiopía para un proyecto regular o seis semanas a Mozambique tras una emergencia, tienes que elegir bien qué llevarte. Para unos, lo básico serán libros y música; para otros, unas fotos en papel de los sobrinos. Una mochila para una misión breve, una maleta para una misión larga. Elijan lo que elijan, sean trabajadores expatriados desde España o contratados en su propio país, o colaboradores aquí, todos comparten algo invisible en su equipaje: la convicción de que el mundo no se cambia de golpe, pero las vidas se salvan una a una.

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Por Giorgio Contessi, responsable del Servicio de Medios

Los equipos de terreno son la parte más visible de esa increíble cadena de humanidad que rechaza la indiferencia y decide comprometerse en esta apuesta arriesgada, pero necesaria.

¿Dónde empieza la cadena que llega a las poblaciones que más ayuda necesitan? En grandes ciudades y en pueblos pequeños: con nuestros socios y colaboradores en España. Sois nuestros ‘saltadores de los muros de la indiferencia’ y sois medio millón de personas.

Lluís Mayans, barcelonés de 34 años y socio, está al principio de la cadena. “Una amiga me ayudó a conocer el trabajo de MSF en los países del centro de África, sobre todo en Congo, y, sin dudar, enseguida decidí que debía colaborar”, añade.

Juntos decidimos

El compromiso de personas como Lluís es fundamental, no solo por el esfuerzo económico, sino también por algo que constituye el meollo de nuestra organización: la independencia. Porque esta cadena, además de ser humana, decide por sí misma. Sois los donantes quienes permitís a los equipos en el terreno –junto con los compañeros en las oficinas– concretar las respuestas a crisis humanitarias complejas y olvidadas atendiendo a un solo interés: el de las personas a las que ayudamos.

“El ser autónomos y no depender de ningún Gobierno nos permite tener la capacidad de decidir dónde y cómo intervenir”, dice Idoia Moreno, enfermera vasca de 31 años. “Es el valor más importante para la ayuda humanitaria: el no distinguir entre razas, religiones o bandos. Tratamos simplemente a las personas”.

“Antes de incorporarme a MSF, viví un tiempo en República Democrática del Congo y vi los proyectos de la organización”, explica Idoia. “Me decidí al tomar conciencia, estando allí, de que realmente MSF llega donde ninguna otra organización llega”. Ella se incorporó a nuestra organización en 2016 y su última misión ha sido en Lesbos (Grecia), como coordinadora de la clínica pediátrica que tenemos a las puertas del campo de refugiados de Moria.

Trabajar en el terreno supone en ocasiones no poder salir de la casa, debido a la inseguridad. Sin embargo, “el principal reto diario es que, un día más, la clínica funcione correctamente y que seamos capaces de ver y tratar en las mejores condiciones posibles a todos los pacientes que acuden”, añade Idoia.

Lejos y cerca

Kilómetro a kilómetro, puerta a puerta, nuestra cadena humana sigue su camino. Muy lejos de Europa, llega hasta Innocent Kunywana, de 33 años, médico congoleño de MSF desde 2013. Innocent destaca que, cuando llegan los equipos a iniciar un proyecto, “es como abrir una puerta”. “Nuestro trabajo es llegar allí donde otros no llegan, en muchos casos a lugares inaccesibles geográficamente, donde tenemos que cruzar zonas ocupadas por grupos armados”.

Para Innocent, MSF representamos, sobre todo, la proximidad. Era médico en un hospital de su país en el que estábamos trabajando, en Goma. “Pensé que era el momento de hacer mi parte con un mayor compromiso humanitario y contribuir con mi conocimiento médico: es todo lo que podía ofrecer a mí país y a su incierto futuro político”.

Ahora, Innocent coordina nuestro equipo de emergencia en Níger. “A pesar de las difíciles condiciones de seguridad en las que me encuentro a menudo –explica–, siempre mantengo una actitud positiva”. “Me acompañan las imágenes de los rostros de los desplazados y los refugiados, personas desesperadas, pero que desean reconstruir una vida normal y sostenible. Por eso, creo que un mundo donde haya paz todavía es posible”.

Al otro lado del océano Atlántico, Diana Hernández se cruzó con MSF en 2015, “justo cuando estaba buscando la forma de ser parte activa y no espectadora”. “Me gustan sus principios, coinciden con los que tengo, sobre todo el de humanidad: el trato digno a todos los seres humanos”.

Diana, de 36 años, psicóloga mexicana, gestiona las actividades de salud mental en el estado de Guerrero. Cura a diario las heridas invisibles. “No puedo permanecer indiferente ante enfermedades que tendrían que estar erradicadas, pero que, lamentablemente, por negligencia, siguen azotando muchas regiones”.

Vida

“Yo defino a MSF con la palabra ‘vida’”, dice Mónica Teruel, logista de 45 años y en nuestra organización desde 1999, mientras prepara la mochila para su nueva misión en Mozambique. “Para muchas personas a las que atendemos, la asistencia médico-humanitaria significa básicamente eso: poder seguir viviendo”.

Volvemos a Barcelona, al comienzo de la cadena, que se cierra como un círculo, porque “vida” es precisamente también la palabra que elije Lluís. Él valora que MSF esté “centrada en algo concreto para ayudar a las personas más desfavorecidas: la medicina”.

Independientemente de que las crisis humanitarias sean visibles o no, estaremos allí, porque “son tiempos convulsos”, como dice David Noguera, presidente de MSF España. “Para nosotros, pero sobre todo para las víctimas”. “Y aunque el viento sople en contra –asegura–, vamos a persistir, porque, que nadie lo dude, somos gente tozuda”.

 

Este artículo forma parte del número 115 de nuestra revista MSF. Puedes leerla entera aquí

Los extremos de la cadena

“Cada vez que en mi vida o la de mi familia ocurre algo bueno que nos alegra especialmente, trato de que esa alegría no quede estancada en nosotros, sino que fluya para llevar algo positivo a la parte doliente del mundo. Por ejemplo, cuando nació mi nieto, un niño sanito y feliz, mi alegría se transformó en un donativo a MSF. Ya sé que esto es una gota en el océano. Pero MSF hace milagros con todas las gotas que recibe. Sentir que las cosas buenas que recibo de la vida fluyen hacia lugares y personas necesitadas y lejanas es una forma de agradecimiento, de devolver, aunque sea de manera modesta, algo del bienestar que me llega”.

María Novo Villaverde, socia de MSF (Madrid)

“Siempre tuve el gusanillo de querer hacer algo más por la gente que me rodeaba. Hace ya más de 10 años, me encontré con un compañero que me comentó que MSF buscaba gente que hablase francés. Ahí empezó todo: presenté mi currículum y en unos meses ya estaba rumbo a Níger para una misión de seis meses. Y me enganchó. Ahora no me veo haciendo otra cosa. Para mí, MSF está donde tiene que estar”.

José Sánchez Sánchez, enfermero (Málaga)