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19.05.2017

Sursudaneses en Uganda: “Empezar una nueva vida”

Vanessa es enfermera y ha trabajado dos meses como nuestra coordinadora médica de emergencias en Uganda, un país que está recibiendo un flujo sin precedentes de refugiados de Sudán del Sur.

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“Llevo más de una década trabajando en acciones de respuesta a desplazamientos de población y nunca había visto una situación de la magnitud y dimensiones como las que he presenciado en Uganda. Desde enero de 2017, han llegado a Uganda más de 230.000 sudaneses del Sur, huyendo de la escalada de violencia generada por varios grupos armados de la región ecuatorial, y todos necesitan ayuda humanitaria inmediata. Es una cantidad enorme de gente. Muy pocos países están preparados para hacer frente a una afluencia de población como esta. En total, Uganda acoge a alrededor de 900.000 refugiados[1], lo que la convierte en la nación de acogida de refugiados más grande de África y una de las mayores del mundo.

Uganda tiene una larga historia como país de acogida de refugiados de las naciones vecinas y, por eso, el gobierno no fomenta la creación de 'campos de refugiados', como podría ocurrir en otros países. Más bien lo que hace es darles a los refugiados una parcela de tierra, artículos básicos y alimentos, y animarlos a volver a una vida más 'normal'. La gente puede moverse con más libertad, lo cual es fantástico, pero también puede provocar que sea realmente difícil conocer a la población y, desde mi perspectiva, determinar sus necesidades de salud y ofrecerles servicios pertinentes. La extensión de los asentamientos de refugiados también es inmensa: puedes comenzar a recorrer el lugar por la mañana y conducir todo el día, y no lo visitarías todo.

El agua como prioridad

Uno de los mayores problemas que afrontan los refugiados y los agentes humanitarios es el acceso a una cantidad de agua subterránea suficiente. Nunca he visto colas tan largas de gente esperando para coger agua en los grifos comunitarios. Cuando llegué, la gente lleva días esperando por el agua. Una enorme línea de bidones cruzaba todo el asentamiento. Por ello, la provisión de agua siempre ha sido una prioridad clave para nuestra organización. Nuestros servicios iniciales de respuesta en caso de emergencia en Palorinya, uno de los nuevos asentamientos de refugiados, incluye el bombeo de agua directamente desde el río Nilo y su tratamiento. El establecimiento de esta planta de tratamiento de aguas superficiales nos permite suministrar hasta 2,7 millones de litros de agua potable cada día. Fue fantástico ver el progreso en los dos meses que estuve allí. Cuando me fui, la gente estaba notablemente más limpia, y la enorme cola de bidones había desaparecido. En lugar de días, las personas ahora solo esperaban algunas horas por el agua.

Nuestros equipos están trabajando en cuatro asentamientos de refugiados: Palorinya, Rhino, Bidi Bidi e Imvepi, en los que ofrecemos un programa de alimentación terapéutica, servicios de atención primaria, asistencia materna e inmunización. Nuestros equipos reciben cada semana en su consulta a miles de personas por enfermedades como diarrea, infecciones en la piel, infecciones respiratorias, malaria y enfermedades crónicas e infecciosas como el VIH o la tuberculosis.

Muchas mujeres y niños también han sufrido violencia sexual antes de abandonar sus hogares o en su camino a Uganda, y estamos trabajando con otras organizaciones para tratar de llegar a los supervivientes víctimas de la violencia sexual.

Más allá de la clínica

Otra parte importante de nuestra labor es observar a la comunidad e informarla para tratar de aumentar nuestros conocimientos sobre la salud de la población. No solo debemos fijarnos en quién cruza las puertas de nuestra clínica, también tenemos que darnos cuenta de quién no. Nuestros equipos van de casa en casa preguntando sobre los recientes nacimientos y muertes para recabar información clave, como la tasa de mortalidad de los menores de 5 años y la tasa bruta de mortalidad. Esos índices revelan cierta vulnerabilidad entre determinados grupos de edad y morbilidad, pero, afortunadamente, la tasa bruta de mortalidad está todavía por debajo de los umbrales de emergencia. Estamos empezando a entender la situación de desnutrición y, aunque las tasas de desnutrición severa y aguda están bien por ahora, prevemos que irán empeorando a medida que se acerque la temporada de lluvias y que infecciones como la malaria y la diarrea irán en aumento, incrementando la susceptibilidad de los niños a la desnutrición.

Conocí a una persona cuya historia se me ha quedado grabada: una mujer joven que había llegado hacía poco con sus niños pequeños. Estaba de pie bajo la lluvia en Palorinya, en una de las zonas del asentamiento que se había poblado recientemente y que era el caos; gente por todas partes, bajo los árboles, tratando de decidir qué hacer a continuación. Su esposo había desaparecido y no sabía si estaba muerto o vivo. La habían tratado por lepra en Sudán del Sur, y los efectos de esa infección se podían ver en su cara, pies y manos. Las secuelas de la lepra son irreversibles una vez que se produce el daño cutáneo, por lo que necesitaba reanudar el tratamiento urgentemente. Pero tenía dos niños pequeños a los que cuidar, además de que debía hacer cola para conseguir agua y comida, y construir un refugio. Las dificultades que se veía obligada a afrontar eran enormes, sin mencionar que tenía que considerar la posibilidad de ser admitida en el hospital donde podría reanudar el tratamiento.

Es angustioso conocer a personas que han vivido múltiples desplazamientos. Recuerdo a un hombre que ya había sido desplazado dos veces antes. Esta era su tercera vez como refugiado en Uganda. Es difícil saber cuántas personas se han visto forzadas a interrumpir sus vidas con tanta frecuencia y que, justo cuando pensaban que las cosas estaban mejorando, vuelve a surgir más inseguridad e incertidumbre y tienen que huir de nuevo, se convierten en refugiados de nuevo, deben empezar su vida de nuevo”.