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21.11.2022

“Las mujeres migrantes representan el futuro colectivo, la posibilidad de perdurabilidad de la especie”

La escritora y reportera Laura Restrepo reflexiona sobre los lugares que ha visitado con nuestra organización y cómo le han dado pie para conjugar reportaje y ficción, realidad y mito. Su novela ‘Canción de antiguos amantes’ trascurre en el antiguo reino de Saba, hoy Yemen y Etiopía, un enclave idóneo para desterrar del olvido y honrar a las mujeres migrantes.

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Por Guillermo Algar, Servicio de Medios de Médicos Sin Fronteras

-¿Cuál fue su primer contacto con Médicos Sin Fronteras?

Soy mala para las fechas, pero debió ser hace 12 doce años, cuando Javier Sancho Más organizó para MSF una serie de visitas de escritores a lugares con conflictos crónicos que, al no ser ya noticia, pasaban ignorados por la gran prensa. La finalidad era producir reportajes literarios que revivieran el interés y la solidaridad con dichos lugares y sus dramas sociales y humanos. Recuerdo que, entre otros, Mario Vargas Llosa hizo parte de ese proyecto y fue al Congo; Sergio Ramírez creo que a Haití; Martín Caparros a Palestina... A mí me llevaron a Yemen. El resultado fue unos 10 o 12 reportajes, que poco a poco salieron publicados, con fotografías de Juan Carlos Tomasi, en El País. A partir de esas primeras experiencias con MSF, y siempre como reportera, he visitado con la organización varios otros lugares, como las regiones más pobres de la India, los campamentos de refugiados sirios en Grecia, las misiones de México y Colombia.

Años después de ese primer viaje, hice otro con MSF, esa vez a Etiopía, a conocer el trabajo de las misiones allí. En esos dos países — Yemen y Etiopía— trascurre mi novela más reciente, ‘Canción de antiguos amantes’, una mezcla de ficción y reportaje; de mito y realidad.

-En su novela confronta el relato de la mítica reina de Saba con la realidad de los campos de refugiados y del personal humanitario en Yemen ¿Cómo se le ocurrió semejante reto literario?
Poco sabía yo de Yemen cuando, un par de días antes de la partida, MSF me comunicó que ese sería mi lugar de destino, y que visitaríamos los campamentos de los miles y miles de refugiados somalíes en ese país. Sabía de la tragedia humanitaria y la situación de violencia generalizada por la que atravesaban aun desde entonces, aunque la guerra no hubiera alcanzado las dimensiones devastadoras que tiene actualmente. De antemano sabía, sí, que la geografía de Yemen, Etiopia y Somalia correspondía al antiguo y mítico territorio del reino de Saba. Sabía también de las resonancias de un pasado bíblico y de los ecos de las legendas de Las Mil y Una Noches. No sabía, en cambio, que Saná, la capital, y demás ciudades yemeníes fueran de tan deslumbrante belleza, ni que la visita resultaría un asombroso viaje en el tiempo, una puerta abierta hacia a un medioevo musulmán en muchos sitios casi intacto. Entrevistando a las mujeres desterradas que recorrían el desierto en busca de un lugar imposible donde la vida fuera posible, me sorprendió que, al preguntarles nombre y procedencia, muchas de ellas me respondieran: "Yo soy descendiente de la Reina de Saba". Eso fue para mí como una revelación: un punto vivo de cruce entre el mito y la realidad. Enseguida presentí que, de ahí, de ese inesperado punto de yuxtaposición, podría surgir una novela.

-¿Sigue creyendo que el periodismo nos ayuda a entender un mundo cada vez más complejo?
Desde mis primeras novelas —allá por los años 80—, vengo apostándole a la conjugación de periodismo y ficción. A través del periodismo obtengo acceso a la riquísima información que suministra la gente que me cuenta sus historias. En la ficción busco una caja de resonancia que me permita imprimir ritmo, intimidad, hondura y vuelo poético.

-El eterno caminar de las mujeres migrantes y desplazadas es un tema que le preocupa especialmente...
Ellas representan a nuestro planeta peregrino, a la humanidad en el camino. Vienen caminando desde el pasado remoto, y siento que marcarán el futuro. Tras el encuentro con las migrantes de Yemen, se me dio conocer los restos de Lucy en un museo de Addis Abeba, capital de Etiopía. Lucy, Australopithecus afarensis, tatara tatarabuela nuestra, primerísima hembra de la especie humana. Me emocionó comprender que ella, al erguirse sobre las extremidades traseras, pudo ver el horizonte, sospechó que en lugares lejanos la vida podría ser mejor y echó andar, inaugurando así el inmenso río de las migrantes que hoy sigue sus pasos. En tres de mis novelas he tratado el tema. En ‘La multitud errante’ figuran las desterradas por la guerra interna de mi propio país, Colombia. ‘Hot Sur’ está protagonizada por mujeres latinoamericanas indocumentadas en los Estados Unidos. Y en ‘Canción de antiguos amantes’ asoman las descendientes de la Reina de Saba: las migrantes de Yemen, Somalia y Etiopía. Para mí todas ellas constituyen una misma marejada que atraviesa mares, selvas y desiertos, y busca refugio en los cinturones de miseria de las ciudades. Siento una admiración enorme por su coraje, su capacidad de sobreponerse a las pruebas más duras, su inquebrantable voluntad de encontrar un lugar donde puedan sobrevivir sus hijos. Para mí, representan el futuro colectivo, la posibilidad de perdurabilidad de la especie.

-Ha contado que, en otro viaje con MSF, en este caso a Etiopía, asistió a un parto en condiciones precarias y que le impactó mucho. ¿Qué recuerda de aquella experiencia?
Se trataba de una adolescente a punto de dar a luz, que recogimos en uno de los todoterrenos de MSF. Venía muy enferma y estaba sola en un camino perdido. Logramos llevarla hasta el puesto de salud y fui testigo de la pasión y habilidad con que el equipo médico se entregó a asistirla, hora tras hora, hasta que nació una niñita perfecta. Contra toda evidencia, se habían salvado la madre y la criatura. Y yo, que había presenciado en primera fila todo el proceso, justo en la culminación se me aflojaron las piernas y se me fueron las luces. Me hubiera caído al suelo si no me sostienen, me sacan a tomar aire y me dan agua con azúcar.

-En ’Canción de antiguos amantes’ destaca el trabajo de una matrona somalí en Yemen, Zahra Bayda.
Zahra Bayda, una partera somalí que trabaja en Yemen con MSF, es la protagonista central de mi novela, y en torno a ella gira la historia de amor. Se trata de un personaje ficticio, pero no del todo, porque está hecha a imagen y semejanza precisamente de una admirable partera somalí que conocimos allí, nos acompañó, la vimos trabajar y me contó extensamente la asombrosa y valerosa historia de su vida.

-Usted misma fue activista en procesos revolucionarios y ha conocido el mundo humanitario en terreno. ¿Qué cree que tienen en común?
Desde adolescente fui militante de organizaciones de izquierda. Primero, en los barrios populares de Colombia. Luego, durante cuatro años de clandestinidad en Buenos Aires contra la dictadura argentina. Después, en la legalidad del inmediato post franquismo español. En los 80, fui negociadora de la paz en Colombia, y por 10 años formé parte del comité político del M-19, la guerrilla que se desmovilizó entregó las armas, convocó y presidió la Asamblea Constituyente que en 1991 redactó una preciosa y democrática Constitución. Como resultado de ese agitadísimo y muchas veces doloroso proceso de cuatro décadas, hoy uno de los integrantes del M-19 ejerce como presidente electo de la República. Para mí, la acción política siempre ha sido una forma de estar ahí, de hacerse presente, de no dar la espalda, de acompañar sobre el terreno la experiencia de los pueblos que buscan paz, dignidad, igualdad y felicidad. Creo que, por caminos distintos pero con el mismo empeño, con la escritura y con la acción humanitaria se pueden perseguir fines similares.

-¿Cree que de volver a nacer hoy sería trabajadora humanitaria?
Cuando vuelva a nacer seré médica, eso lo tengo muy claro.