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Mochilas livianas, cargas pesadas

Viajan ligero porque tienen que huir rápido, caminar rápido, llegar rápido. Sus mochilas son livianas para un camino penoso, plagado de peligros en la ruta mexicana hasta EE. UU. Ligeras porque lo más pesado lo llevan puesto: el miedo, la violencia, la pobreza, la amenaza, el horror ante un futuro que siempre puede ser peor.

Viajan ligero porque tienen que huir rápido, caminar rápido, llegar rápido. No les queda sino eso, ir en busca de un mejor puerto donde la vida sea posible. Mochilas livianas para un camino penoso, plagado de peligros en los que prefieren no pensar demasiado.

Mochilas ligeras porque lo más pesado lo llevan puesto: el miedo, la violencia, la pobreza, la amenaza, la falta de oportunidades, el horror ante un futuro que siempre puede ser peor.

Pese a los riesgos de la pandemia de la COVID-19, son decenas de miles de personas que continúan huyendo de la región Centroamericana hacia los Estados Unidos. Se encuentran un camino a través de México mucho más arduo que antes de la llegada de la pandemia y más peligroso, donde muchos de los albergues en los que antes encontraban algo de refugio, comida y seguridad, ahora se encuentran cerrados o con capacidad reducida. Más vulnerables, porque quienes deben protegerles, muchas veces operan para violentarlos.

Antes de la COVID-19, su estancia en México era ya insostenible. Expuestos a secuestros, torturas, robos, violencia sexual y extorsiones, son víctimas propicias de un negocio muy rentable para bandas criminales, quienes se benefician de las políticas migratorias restrictivas. La criminalización de las personas migrantes ha sido desde hace muchos años otra carga pesada en sus mochilas.

Con muy pocas opciones de refugio, miles de migrantes duermen, -muchas veces son sus hijos pequeños-, a un costado de las vías de tren, en plazas, parques públicos y debajo de puentes viales. Los que tienen suerte y si aún conservan algo de dinero, rentan viviendas precarias y cuartos maltrechos que tienen que compartir a veces hasta con 10 o 15 personas. Duermen sobre colchonetas sucias, bolsas de plástico o en el suelo, sin abrigo.

A las consultas que ofrecemos en diferentes puntos de la ruta migratoria mexicana, llegan con los pies destrozados por el largo camino. Con los ojos desorbitados por deshidratación. Los labios secos y agrietados. Comen lo que la gente les regala a su paso y son muchas las veces que pasan días sin probar alimento. Cargan sus cosas en mochilas viejas, destrozadas o en bolsas de plástico cuando les han robado todo.

Con menos trenes, sin posibilidad de coger un bus, caminan exhaustos largos días, kilómetros y kilómetros, bajo un sol abrasador y sin poder descansar. Menos albergues significa mayores peligros. Significa menos lugares para poder acostarse luego de largas caminatas, poder asearse, lavarse las manos, comer, lavar su ropa; tener acceso a agua, medicamentos y atención médica.

En algunos momentos de la emergencia sanitaria, los flujos migratorios bajaron, en parte por el cierre de fronteras. Se veían menos migrantes en las vías, pocos migrantes en albergues que estuvieron en cuarentena. Ahora, los números de migrantes vuelven a aumentar y retorna el caminar de personas afectadas por la violencia, la pobreza y la devastación.

El recién nominado presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, ha prometido revertir muchas de las políticas anti-migrantes impuestas por Trump. Falta por ver en qué se traducirá esa reversión. Los cambios aún tardarán varios meses y nada cambiará de la noche a la mañana. Los albergues permanecen cerrados y cientos de familias continuarán durmiendo en las calles, expuestos a los peligros de México y la pandemia, anhelando protección y abrigo. Sorteando más obstáculos con sus mochilas livianas y sus cargas pesadas.