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El éxodo rohingya I

Capítulo I: Vidas apátridas

Hussein se esfuerza cada día en encontrar una ocupación. A veces recorre las deforestadas colinas de Cox’s Bazar en busca de ramas. Luego corta la leña con paciencia con un desgastado y oxidado machete. En invierno la leña es imprescindible para preparar fuego y afrontar las noches frías de este país generalmente caluroso que es Bangladesh. En cualquier momento del año es esencial para cocinar. Si tiene suerte y reúne algo de dinero, Hussein va al mercado y compra pescado. Le gusta. La ayuda que recibe su familia apenas incluye arroz, aceite y legumbres, así que él y los suyos echan de menos otros alimentos que tenían a su disposición en Myanmar.

─Todos en mi zona éramos campesinos. Poseíamos vacas, bueyes y una gran parcela de terreno. Empecé a trabajar con 15 años. Ayudaba a mi padre con su tienda. También trabajaba en la granja. Teníamos una buena casa. Era de madera, con dos pisos y seis habitaciones.

Hussein recaló en septiembre de 2017 en Jamtoli, uno de los precarios campos de refugiados surgidos con la llegada de cientos de miles de miembros de la comunidad rohingya que marcharon con lo puesto cuando explotó la violencia en el estado de Rakáin a finales de agosto de ese año. Cree que unos 600 vecinos suyos, de un pueblo con un millar de casas, murieron a manos del Ejército birmano en los primeros días de las hostilidades.

Su nuevo hogar luce bien diferente: una tienda construida a base de plástico y cañas de bambú que huele a hornera, porque en el mismo espacio reducido se hace todo. Se duerme, se mata el tiempo, se cocina, se vuelve a matar el tiempo, se vuelve a cocinar, se vuelve a dormir. Sobre el suelo de tierra hay una esterilla que hace las veces de cama para él y su esposa, Nasaru. Unos pocos utensilios de cocina, algunos bártulos, sacos con alimentos como legumbres con logos de varias organizaciones humanitarias y cubos de plástico componen el resto del mobiliario.

En un momento de la conversación, el hombre, de 45 años, entra en el habitáculo y regresa visiblemente emocionado con un fajo de papeles cubierto por un plástico que, de tan arrugado y viejo, ya no es transparente. En realidad es un gran tesoro. Ahí está todo lo que puede demostrar. Toda su vida.

Todo lo que le queda se reduce a unos pocos certificados descoloridos, carcomidos: la titularidad de un colmado, la propiedad de unas tierras, el carnet de líder de su comunidad local…

El que guarda con más celo es un documento que ni siquiera es suyo, sino de su suegro. Es un documento que los rohingyas, una minoría sobre todo musulmana que ha sufrido persecución y restricciones durante décadas, ya no reciben. El documento de ciudadanía birmana. Desde 1982 rige una ley en Myanmar que no reconoce a esta etnia como autóctona.

─Mi padre tenía el mismo documento pero se quemó ─explica con la mirada perdida.

Una mirada de quien siempre ha sido apátrida. Pero Hussein prosigue, convencido de que las injusticias que narra deben terminar algún día.

─Mi abuelo ya vivía en Myanmar. Tenemos una larga historia allá. Es la primera vez que tengo que huir a Bangladesh. Otros familiares tuvieron que hacerlo en el pasado. Ahora solo queremos conseguir una igualdad de derechos.