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El éxodo rohingya II

Capítulo II: Huérfanos de atención básica

Sunchida llevaba más de dos años retorciéndose de dolor sin saber el porqué. Un pinchazo en el abdomen. Un pinchazo que siempre vuelve. Permanece tumbada sobre una camilla en la clínica.

En otra sala, su marido Jamal ofrece retazos de la violencia que arrancó a la familia de su aldea natal. Habla de una violencia de disparos, cárcel, casas quemadas, seres queridos que pierden a otros seres queridos. El dolor y llanto de los rohingyas es un bucle interminable.

Jamal enseña las fotos de sus pertenencias que tiene en el móvil. Fotos de lo que ya no tiene. Un coche. Una casa. Pero no habla de una violencia, puede que menos directa, que a veces es tanto o más letal: la que ha llevado a Sunchida a tener dolores durante más de dos años sin tener idea de por qué.

─Tiene un tumor en el ovario izquierdo. Eso le ha llevado a tener varios abortos y complicaciones ─confirma la enfermera bangladesí Tanjima.

La pareja se ha desplazado desde el campo de Nayapara, en el sur de la península de Cox’s Bazar, al de Unchiprang, situado a unos pocos kilómetros más hacia el norte. Sunchida ha podido hacerse una ecografía gracias a que una ONG dispone de la máquina de ultrasonido.

Estos recursos especializados nunca estuvieron disponibles para ella en Rakáin. Allí, las restricciones y limitaciones en el acceso a servicios básicos de sanidad, educación o algo tan sencillo como desplazarse de una población a otra situada a pocos kilómetros sumen a la comunidad rohingya en un mar de dificultades y peligros ocultos.

 

─Estamos buscando un lugar donde la puedan tratar, pero, en las clínicas de los asentamientos de refugiados, no existe el tipo de cirugía que requiere─prosigue Tanjima─. No hay asistencia secundaria y terciaria. Fuera de los campos sí hay, pero cuesta dinero.

Dinero que Sunchida y Jamal, aunque pudieran acceder al tratamiento, tampoco tienen.

─Nos tenemos que limitar a darle calmantes ─dice, resignada, la enfermera.

 

El suyo no es un caso aislado. Jonathan, un médico colombiano que trabaja en otra clínica en Jamtoli, recuerda un repertorio de casos terribles fruto de las carencias en atención médica adecuada que han sufrido los rohingyas. Pacientes cirróticos, enfermedades hepáticas, heridas mal curadas que han desarrollado infecciones… Dice Jonathan que derivar a esos pacientes a otros centros es muy difícil, porque en la zona apenas hay organizaciones que ofrezcan una atención con un grado elevado de especialización.

─Muchos de estos pacientes vienen cuando ya están a punto de morir ─explica.

¿Y no se puede hacer nada?

─A menudo, lo máximo que uno puede hacer es un dar un paño [mojado con agua] caliente.