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El éxodo rohingya III

Capítulo III: Río de éxodos

El Naf es un río pequeño. Nace en las montañas de Arakán (hoy estado de Rakáin) y discurre durante poco más de 60 kilómetros antes de morir en la bahía de Bengala. Nadie lo consideraría digno de atención en un lugar como el Gran Delta, donde muchos ríos son océanos, si no fuera porque el Naf es mucho más que un cauce de agua. Es una frontera entre dos mundos, dos civilizaciones, dos países. Ha sido el camino que han tomado desde hace siglos conquistadores y vencidos, comerciantes y contrabandistas. Y hoy es la metáfora del permanente éxodo de los rohingyas.

Solo ellos saben cómo el Naf ha esculpido su estigma y, al tiempo, ha significado su salvación.

Puede que en sus aguas sigan los restos del marido de Momtaz, que murió ahogado como tantos otros que entregaron su dinero a barqueros y mafias a cambio de un viaje en precarios botes para cruzar de Myanmar a Bangladesh.

 

Ahora, esta mujer de 27 años está sola con cinco hijos de entre 9 y 1 año. Mueve al bebé en sus brazos y, con el movimiento, va deshaciendo su timidez.

─El viaje a Bangladesh fue muy complicado. El capitán del barco pidió unos 100.000 kyats (60 euros) a cada pasajero. Éramos 28 personas en un bote pequeño. Llegamos a la orilla [en Myanmar] a las diez y media de la noche y zarpamos en torno a la medianoche.

Momtaz tardó más de cinco horas en llegar a suelo bangladesí en una peligrosa travesía nocturna. Después permaneció durante diez días en una pequeña isla, pasando frío, incapaz de detener las enfermedades de sus hijos, hasta que por fin terminó en uno de los campos de acogida dispuestos por las autoridades.

Cuando ya estaba a salvo y esperaba reunirse con su esposo, recibió la noticia del naufragio.

Si para Momtaz el Naf trajo la muerte, para Humaira trajo la vida.

La violencia también la había apartado de su esposo. Este fue capturado por el Ejército de Myanmar y ahora no sabe si está vivo o muerto. Ella, en cambio, consiguió escapar hacia el río, con el único objetivo de salvar su vida, la de su hijo de siete años Muhammad Faisal y la de alguien que aún estaba por llegar al mundo.

─Cuando huimos, ya estaba muy embarazada ─recuerda.

El relato sucede a borbotones, mientras lamenta su pobre estado de salud, incapaz de moverse bien, con dolores que no se marchan y dependiente de un menor que saca las castañas del fuego a la familia.

─No pude llevarme nada conmigo. Caminamos durante varios días por el bosque. Nos moríamos de hambre y solo sobrevivimos gracias a que comimos hojas de los árboles. Dormimos en el monte. Finalmente llegamos a la orilla del río y embarcamos.

Su bebé, Ruzina, nació en el río. Los barqueros y otra mujer que estaba allí la ayudaron.

─Empecé a dar a luz cuando ya estaba a bordo y el parto duró tres horas. Durante el viaje me sentí mal, fue muy difícil. Solo pensaba en dar a luz a mi hija y alejarla de la violencia.

 

Momtaz y Humaira. Sus historias son extremas. Historias de vida y muerte. Historias que se repiten cíclicamente en un éxodo elástico en el tiempo. Hay rohingyas que han hecho y deshecho el camino varias veces en las últimas décadas: huida, repatriación forzosa, huida, repatriación forzosa. Es un continuo volver a empezar. Regreso a la casilla de salida.

El flujo ya no es masivo como en las primeras semanas tras estallar la violencia en agosto de 2017, cuando cada día llegaban miles de refugiados. Puede incluso parecer imperceptible. Pero a lo largo de 2018 todavía han seguido llegando a Bangladesh centenares de rohingyas. Renuncian a cualquier esperanza de cambio. Malvenden sus bienes. Abandonan aldeas desoladas.

Y se entregan a una vida como refugiados llena también de dificultades.