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03.01.2018

Bangladesh: “Algunos corren, otros dan zancadas y otros se desmayan y tienen que ser cargados”

Evan O’Neill es un médico australiano que ha trabajado en medicina de emergencia y pediatría. Recientemente ha vuelto a casa tras trabajar como nuestro responsable de actividades médicas en Bangladesh en respuesta a la crisis de refugiados rohingyas. Nos cuenta su experiencia.

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Miro a través de la ventana de la furgoneta de MSF cuando saltamos y salimos de la clínica, lejos del campamento y de nuestro trabajo. El sol bosteza con un brillo rosa mientras se desploma tras las colinas dejando los últimos rayos del día.

Desde este momento, una leve señal inconstante en mi teléfono móvil es la única manera en que puedo apoyar al médico que se queda en el turno de noche. Es su primera vez con Médicos Sin Fronteras (MSF) como médico en solitario, por lo que hablamos con regularidad. A medida que las horas avanzan hacia el amanecer, su entusiasmo y confianza crecen. Ha ayudado a una madre a dar a luz. ¡Estaba tan orgulloso! Su contribución sirve para completar un ciclo de 24 horas de atención continuada en el campo.

Pero eso es lo que ocurriría esta misma noche. Ahora mismo sigo mirando por la ventana. Conducimos lentamente, pues es la única forma de lidiar con vacas adormiladas, peatones distraídos, autobuses con exceso de velocidad, camiones pesados y enjambres de tomtom (motocarros eléctricos) y rickshaws en este camino rural. Más allá de amontonados refugios de otro asentamiento improvisado, un montículo llama mi atención. Ha sido desprovisto de cualquier vegetación, pero sigue estando vivo: una multitud de niños embarrados juegan a volar cometas. Mientras se desvanecen en siluetas, las cometas amarillas, rosas y verdes bailan a través del crepúsculo rosado, ahora rojo.

Pronto habrá otra parcela con más bambú y lona, a medida que lleguen más refugiados rohingyas. Nuestra clínica móvil en el punto de entrada nos anuncia nuevas llegadas a través del canal.

¿Cuántos viajes, cortos pero peligrosos, cruzan el canal? ¿Cuántos más aún esperan al otro lado?

El canal es pintoresco: escenas de postales de barcos de pesca de gran altura y árboles tropicales incontenibles bordeando la costa. Esta mañana, el mismo sol de la costa encontró a más refugiados. En el punto de entrada hay alguna carrera, zancadas y colapsos. A algunas personas las tienen que llevar. Algunos están desconsolados, y la mayoría sin traza de expresión en sus rostros.

Entre los refugiados hay huérfanos. Hoy mismo he visto a uno que tenía solo 7 meses, adoptado y amamantado por una amable madre que ya tenía cuatro hijos. Cómo llegaron juntos al campamento no es una buena historia que contar: el bebé fue encontrado solo en Myanmar por otra persona. ¿Dónde? ¿cómo? ¿por qué? ¿qué había sido de los padres? Todo esto se desconoce, pero no importa, ahora ya está aquí.

Esta madre amantaba al débil bebé a la vez que al suyo. Se la ve muy cansada. Su leche le ha mantenido con vida hasta ahora y sin ella estoy seguro que el niño no habría llegado hasta aquí. Su desnutrición se aprecia desde el otro lado de la habitación: pliegues vacíos en la piel, cabeza triangular, costillas demasiado prominentes y ojos distantes.

Algunos menores no acompañados llegan a nuestra clínica porque las madres están ocupadas atendiendo a otros hermanos. Ese es el caso de una niña de 10 años que vi agarrada a su hermano pequeño en la sala de espera. Fueron atendidos, recibieron medicinas (incluido un tratamiento de agua y galletas) y les pedimos que volvieran con un adulto. No recuerdo haberla vuelto a ver. Supongo que su hermanito debe estar mejor, al menos lo espero.

Una notificación de mi iPad interrumpe maleducadamente mis pensamientos. Ignoro la intrusión y vuelvo a contemplar a través de la ventana. Me pregunto si las lustrosas colinas ofrecen alguna ruta de senderismo. El escenario es un violento contraste entre belleza y dolor. No es posible ignorarlo ni reconciliarme: este dolor sigue siendo una espina clavada en mi corazón.