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10.02.2022

Tifón Rai en Filipinas: tres voces desde el terreno

Supervivientes y compañeros comparten sus historias sobre el impacto del tifón Rai, conocido también como ‘Odette,’ en algunas de las zonas más afectadas de Filipinas.

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1. “¿Cómo podemos recuperarnos de esto?”

Marie Kris Yurtes, secretaria de Barangay* Catadman, en la ciudad de Surigao.

“Antes de la tormenta, el Ministerio del Interior y la administración local envió un mensaje para avisar que el supertifón Odette (nombre internacional: Rai) llegaría el 16 de diciembre. Dijeron que teníamos que prepararnos y que iba a haber fuertes vientos y grandes olas.

Así que, durante la mañana del 16, recorrí todo el pueblo. Le fui diciendo a la gente que las personas que quisieran evacuar debían ir a la iglesia, porque es el punto más alto. La escuela, que era el centro de evacuación habitual, estaba cerca del mar.

Al mediodía, el viento comenzaba a hacerse más fuerte. La intensidad aumentó y parecía un tornado, así que mi marido y yo trasladamos a nuestros tres hijos a la iglesia. Cuando llegamos, ya había unas 30 familias allí.

Vimos caer dos árboles de mango en nuestra calle. Vimos cómo los techos de las casas volaban por los aires y caían al suelo. Daba la impresión de que el huracán había arrancado los tejados de las casas. Los vientos eran tan fuertes que, mientras caminábamos, parecía que el viento nos iba a levantar del suelo. En la iglesia, vimos que alguien había sufrido heridas. Había sido una chapa metálica que se había desprendido de un tejado y les había golpeado.

Fuimos a ver cómo estaba nuestra casa y mi marido dijo que ya no estaba, que se había derrumbado. Miré hacia donde estaban las demás casas y también se habían derrumbado.

En Barangay Catadman, una isla periférica de la ciudad de Surigao, los escombros aún permanecen en las calles y en las aguas. Ha pasado más de un mes desdde el tifón Rai, y aún no hay electricidad.

 

Volvimos a la iglesia y, de repente, el viento cambió de rumbo y comenzó a venir del sur. Fueron unas dos horas de vientos tan fuertes que dañaron el techo de la iglesia.

Faltó poco para que el agua de mar llegara a la iglesia. No podíamos hacer otra cosa que rezar. Dormimos allí porque ya no teníamos un hogar adonde regresar. Esa noche no comimos porque nadie podía preparar arroz. A la mañana siguiente, fuimos adonde antes estaban nuestras casas y montamos refugios improvisados.

Desde la tormenta, no podemos hacer otra cosa que pensar en cómo arreglar nuestra casa. Lo que podemos rescatar, lo arreglamos; lo que no podemos rescatar, lo tiramos. Toda nuestra ropa quedó mojada. Tenemos que lavarla para poder tener algo que ponernos.

Gracias a Dios, nadie murió en esta zona; algunas personas se enfermaron, pero, en general, fueron solamente resfriados y tos. Solamente usamos hierbas medicinales para curarlos porque la ciudad está muy lejos. El centro de salud quedó destruido. Aún no hemos podido repararlo porque hemos estado trabajando en nuestras casas primero.

Ha pasado un mes desde la tormenta y nos preguntamos cómo podemos recuperarnos. Es muy difícil. Mi sueldo de secretaria no es suficiente. A veces pensamos: ‘¿Cómo podemos recuperarnos de esto?’. Nuestros familiares nos han enviado ayuda y hemos podido poner un techo sobre nuestras cabezas, pero es muy difícil. En lugar de añadir cosas a nuestra casa, ahora no tenemos nada, nuestra casa ha quedado totalmente destruida. Estamos agradecidos de que mucha gente nos haya enviado comida. Nos hemos recuperado un poco. Pero lo que sentimos es el dolor de habernos quedado sin hogar”.

 

La doctora Chenery Ann Lim, coordinadora de la emergencia, habla con una madre y sus hijas en Barangay Catadman, Surigao City.

 

2. “Tenemos que volver a contar 10 años antes de poder cosechar algo”

Queencel Catulay, agricultora en Barangay Sugbay, en la ciudad de Surigao.


“Yo ya vi un gran huracán, el tifón Nitang que azotó en 1984. La gente ya sabe lo que pasa cuando llega un huracán tan potente. Nuestros vecinos terminaron en los manglares. Y hubo otros que acabaron en el estanque, muertos. Teníamos la esperanza de que Odette no fuera una repetición de Nitang.

Pensé que íbamos a morir todos. Los vientos eran muy fuertes y las olas eran enormes. Pero nos ayudamos unos a otros.

Ya tres días antes de la tormenta, el capitán del Barangay y yo fuimos de casa en casa diciéndole a la gente que evacuaran. Algunas personas no querían dejar sus casas, su sustento y sus animales. Hicimos todo lo posible para convencerlas de que fueran al centro de evacuación. De verdad, esperábamos no perder ni a una sola persona en nuestro pueblo.

Yo tuve mucho miedo porque vi cómo el viento entraba en el centro de evacuación. Después hubo otra ráfaga de viento, y fue como si chocaran. Parecía que los vientos iban a levantar el edificio donde estábamos. Cogimos una cuerda y la atamos al edificio, para que todo el mundo pudiera sujetarse.

Todos lloraban y algunos dijeron que faltaba alguien, así que salimos a rescatarlos. Quedamos empapados. A unas personas les cayeron tres ramas de árboles encima, pero nos ayudamos entre todos. Había una mujer que parecía que estaba a punto de dar a luz y eso nos daba miedo, porque no sabemos cómo ayudar en un parto.

 

MSF apoyamos al hospital del distrito de Dinagat transportando a pacientes en barco desde la provincia de la isla de Dinagat a los grandes hospitales de Surigao City.

 

La inundación, el agua del mar, debe de haber llegado a una altura de tres metros en el centro de evacuación. Yo rezaba: ‘Señor, por favor, ten piedad, por favor, sálvanos. No importa si lo perdemos todo, lo importante es que nadie tenga que perder la vida’. Estoy muy agradecida porque nadie ha muerto. Pero lloré mucho porque uno de mis hijos quedó separado de mí. Pensaba que, si teníamos que morir, era mejor que sucediera estando todos juntos.

Al día siguiente, fui a ver cómo había quedado el pueblo: parecía un pueblo fantasma. Estaba todo en ruinas, sobre todo nuestro centro de salud y nuestra escuela, como si la tormenta se lo hubiera llevado. No quedó ni un trozo del tejado, ni de las paredes: no quedó nada.

Aquí, en Sugbay, tenemos 172 familias. Somos agricultores. Plantamos yuca, coco. Pero ahora, los cocoteros no van a crecer. ¿Cómo sobrevivirán los agricultores? Tienen que empezar de cero. Los cocoteros tienen que crecer 10 años antes de que podamos cosechar. Tenemos que volver a contar 10 años antes de poder cosechar algo.

Algunos, como mi marido, viven del mar. ¿Cómo podemos vivir si no tenemos barcos? Perdimos nuestras redes, nuestras jaulas de peces. No pudimos rescatar nada. No tenemos nada que podamos usar en el mar. El préstamo del barco aún no está pagado. Ahora no sé cómo lo vamos a pagar. Si tuviéramos aunque sea un solo barco y redes, sería una gran ayuda.

Estoy agradecida, a pesar de todo lo que ha pasado, porque ha llegado algo de ayuda: arroz, comida enlatada, kits de higiene.

Necesitamos ayuda para reparar nuestras instalaciones, especialmente el centro de salud y nuestro puente.

Gracias a Dios, aquí nadie ha muerto. Nadie se ha perdido, ni siquiera hemos tenido enfermos, entre todos los que evacuaron.

Me dan mucha pena nuestros vecinos ancianos. Hoy mismo, una anciana se ha caído en la calle porque estaba muy resbaladiza. Esto ocurre cuando llueve continuamente.

Pero todavía podemos hacer frente a la situación, a pesar de toda la adversidad. No podemos perder la esperanza”.

 

MSF hemos estado transportando pacientes a hospitales terciarios de Surigao City.

 

3. “Es muy difícil acceder a muchas zonas”

Dra. Chenery Ann Lim, nuestra coordinadora de emergencias a cargo de la respuesta al tifón Rai.

“Es muy difícil acceder a muchas de las zonas aquí. No hablamos solamente de las dificultades climáticas. Necesitamos barcos para ir de una isla a otra. A veces, el barco grande no sirve porque las islas son demasiado pequeñas, así que tenemos que alquilar barcos más pequeños.

A veces, cuando vamos a las islas, somos el primer equipo médico que ven. Algunas veces, muchos pacientes tienen infecciones de las vías respiratorias altas. Hemos atendido a algunas personas con gastroenteritis, otras que necesitan medicamentos de mantenimiento. Muchos de sus medicamentos se perdieron porque sus casas han quedado destruidas. Es una situación muy difícil para ellos. Así que estamos prestando servicios sanitarios y entregando medicamentos gratuitos.

MSF hemos estado llevando a cabo clínicas móviles y distribuyendo kits de higiene. Durante las consultas médicas, examinamos a los niños y las niñas para identificar casos de desnutrición.

En los hospitales falta personal sanitario porque también se vieron afectados por la tormenta. Así que tenemos personal médico en uno de los hospitales de distrito, para ayudar a garantizar la continuidad de los servicios sanitarios”.
 

Durante una distribución de kits de higiene, algunos lugareños hacen cola en la clínica móvil para consutar con el dr. Raul Salvador, nuestro jefe del equipo médico.

 

4. “La sensación era que todo iba a ser arrastrado por la corriente y llevado al medio del mar”

Jonathan Pillejera, responsable de logística.

“Cuando llegamos aquí por primera vez, vimos cómo la tormenta había devastado toda la isla. En cuanto el barco atracó, pudimos ver dónde habían caído los árboles en la montaña, las casas destrozadas, las calles llenas de escombros. Seguía lloviendo y fue sumamente difícil encontrar barcos que navegaran de Surigao a Dinagat. Solamente unas pocas embarcaciones comerciales hacían la travesía, y estaban todas llenas.

Las calles en Dinagat están en pendiente, así que el agua baja de verdad, y después, las calles al pie de las colinas están todas bajo agua. Ni siquiera el sistema de transporte con ‘bao-bao (vehículos de tres ruedas) puede utilizarse. Hay zonas que no se pueden despejar inmediatamente.

Visitamos diferentes pueblos para evaluar sus instalaciones sanitarias. Casi todo estaba destruido, imposible de utilizar, especialmente en las zonas costeras. Basilisa es una de las zonas más afectadas, con más del 50 % de las casas destruidas. En Cagdianao, hay un pueblo llamado Boa, al que nadie pudo llegar en más de una semana. El 100% de las casas resultaron dañadas. A la gente no le queda mucho.

 

Un niño sale de la Escuela Elemental de Bilabid. La calle está llena de escombros de las casas destruidas por el Tifón Rai.

 

Nos aseguramos de que todo lo que hacemos esté bien coordinado con los funcionarios del gobierno local y las oficinas provinciales de salud.

Mientras realizábamos nuestra evaluación en el pueblo costero de Laguna, el capitán del Barangay lloraba porque, de verdad, no esperaba que toda su aldea acabara así. Las casas fueron totalmente arrasadas. Dijo que era como si fueran a ser tragados enteros por olas de cuatro metros de altura. Su centro de evacuación estaba en la cima de la montaña y pudieron ver cómo sus casas eran azotadas por los vientos y las enormes olas. La sensación era que todo iba a ser arrastrado por la corriente y llevado al medio del mar”.

*Barangay es la unidad administrativa más pequeña de Filipinas.