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11.10.2006

La salud mental, parte integral de la ayuda humanitaria

Con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, MSF repasa su experiencia en este campo y algunos de los desafíos pendientes

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Durante más de 15 años, Médicos Sin Fronteras (MSF) ha desarrollado programas de salud mental en más de 40 países, en contextos de crisis: conflictos, catástrofes naturales, hambrunas, epidemias o pandemias, una experiencia con la que ha ido aprendiendo que la atención psicológica y psicosocial debe ser parte integral de la acción humanitaria.

Los proyectos de acción médica de MSF siempre llevan asociados, por propia naturaleza, un componente psicológico derivado de la mera interacción con el paciente, personas que viven en contextos de violencia, de desastre natural, os e encuentran desasistidas. Es obvio el impacto que siempre tiene en la salud mental el vivir enfermo, en condiciones de extrema necesidad o de amenaza física.

MSF ofreció atención psicológica por primera vez en 1988, a las víctimas del terremoto de Spitak (Armenia). Ell primer programa de salud mental propiamente dicho se abrió en Gaza en 1990 para asistir a los afectados por la Intifada y reconstruir sus mecanismos de defensa y autoayuda. Ya entonces quedó claro que en conflictos crónicos como éste no puede hablarse de curación ya que los incidentes traumáticos no desaparecen. Aún hoy, en Hebrón (Cisjordania), el 60% de los casos atendidos por MSF están relacionados con incidentes violentos.

En este proyecto, con 400 beneficiarios, el 25% de los pacientes registrados cuentan entre 3 y 14 años de edad, y una de cada cinco personas que reciben atención psicológica son niños menores de 5 años. Los síntomas más comunes son alopecia, incontinencia, miedo, agresividad, depresión, ansiedad o estrés. Tanto en Hebrón como en Nablús (Gaza), MSF desarrolla proyectos específicos de salud mental mediante visitas domiciliarias y asesoramiento individual por parte de equipos formados por psicólogos, trabajadores sociales y médicos.

En una casa situada junto a un asentamiento israelí, un psicólogo de MSF ofrece lápiz y papel a unos niños mientras escucha a su madre. La mujer cuenta la historia de la noche en que su hijo de 12 años resultó herido y, mientras ella trataba de detener la hemorragia, su hijo menor se aferraba a sus piernas aterrado. Mientras hablan, el niño de 2 años raya el papel imitando el sonido de las balas “bang, bang, bang”. El hijo de 5 años pinta una y otra vez una mancha de color rojo.
Distrito de Abú Sneina (Hebrón)


En otros contextos, los programas tienen un enfoque más amplio, de tipo psicosocial, centrándose menos en el apoyo individual y priorizando una combinación de actividades sociales, psicológicas, legales y médicas. En efecto, las consecuencias de la violencia, del desplazamiento, de un terremoto o de una enfermedad asociada a la muerte (sida, fiebres hemorrágicas, etc) se dejan sentir no sólo en el individuo, sino en toda la comunidad: actos de violencia, violencia doméstica, desestructuración de los núcleos familiares y de las redes sociales, etc.

En Colombia, en un contexto donde tres millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares, los testimonios recogidos reflejan un ciclo de violencia sin fin (asesinatos, secuestros, desapariciones...), en el que se huye a emplazamientos igual de peligrosos y donde regresar a casa no es una opción válida. Este país es sin duda el ejemplo más claro de un contexto de emergencia donde la salud mental es la gran olvidada: en algunas provincias apenas hay un psiquiatra disponible para proporcionar la atención necesaria.

Una gran cantidad de las consultas de salud mental de MSF (22%) entran en la categoría de “problemas familiares”. Los problemas de relación, la violencia intrafamiliar, los niños con comportamientos disfuncionales o el abuso de drogas son todas manifestaciones de un contexto en el cual individuos y familias están privados de estabilidad.
Informe Vivir con miedo. El ciclo de la violencia en Colombia (MSF, 2006).


En este ámbito de los programas psicosociales, una de las lecciones aprendidas se refiere a la integración de los mecanismos tradicionales de salud, como los sanadores y las parteras. Casi siempre, ellos son la primera opción a la que recurren las víctimas, por ejemplo, en casos de violencia sexual y de quienes padecen problemas físicos a los que culturalmente se atribuye un origen espiritual. Todo ello está directamente relacionado con la estigmatización del enfermo.

Tal y como se constató en un reciente estudio realizado por MSF en los campos de desplazados de Shangil Tobaya (Darfur), una dolencia muy frecuente es el llamado mashkul, que se define allí como “la profunda preocupación de sus mentes y de sus corazones por lo que pasó y lo que pasará”. Los síntomas son una severa falta de energía y concentración, la disminución de la capacidad de tomar decisiones, así como problemas de sueño y de memoria. El mashkul afecta a los hábitos de higiene, alimentación y salud necesarios para la supervivencia.

"Los casos más graves se traducen en reacciones patológicas, episodios psicóticos o severas reducciones de la funcionalidad, llevando incluso a la desatención de los niños. Por lo que hemos observado en los campos de Darfur, estos casos sufren de una fuerte estigmatización, están marcados por el secretismo y la vergüenza, y generalmente se explican en términos mágico-religiosos. Tradicionalmente es el faki, a la vez líder religioso y curandero, quien se encarga de tratarlos".
María Cristóbal, psicóloga de terreno


Por todo ello, es evidente que la atención en salud mental es necesaria incluso en los programas nutricionales y, de forma más amplia, en la atención médica humanitaria en general. Los datos recogidos en Darfur así lo demuestran: un 70% de los entrevistados presentaba graves somatizaciones de la ansiedad y el estrés, que daban sentido a la enorme cantidad de casos de quejas físicas sin explicación médica o al hecho de que casi un tercio de las consultas médicas realizadas por MSF en 2005 correspondieran a la categoría diagnóstica “otros”.

Además, debe asumirse que las consecuencias de los acontecimientos traumáticos son a largo plazo, por lo que, una vez que desaparece la urgencia estrictamente médica, a menudo siguen siendo necesarios estos programas. En la Cachemira paquistaní, un año después del terremoto, MSF sigue prestando atención psicológica a pacientes con estrés postraumático, fobias, depresión y otros desórdenes de la conducta.

“Aún hoy los niños siguen teniendo pesadillas por la noche, algunos se niegan a ir al colegio o son muy problemáticos en clase. Muchos adultos también siguen asustándose con los truenos o con las lluvias muy fuertes. Siguen pensando que lo peor no ha pasado, aún tienen vívida memoria de sus seres queridos enterrados entre ruinas mientras ellos eran incapaces de hacer nada para salvarlos”.
Fasil Tezera. Coordinador general de MSF en Pakistán


En definitiva, la cuestión no es si la salud mental debe abordarse o no, sino de qué forma y en qué momento. En este sentido, los desafíos que se plantean a la comunidad humanitaria son muchos: ¿cómo llegar a las víctimas de la violencia sexual cuando esta se considera a menudo un “asunto privado”? ¿cómo responder desde un proyecto médico a las necesidades de una población traumatizada? ¿cuáles son las mejores herramientas para sistematizar esta atención? ¿en qué situaciones debe ser prioritaria la salud mental?

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