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13.08.2018

Níger: la deshumanizante experiencia del exilio

Dodo Ilunga Diemu, originario de la República Democrático del Congo, es psicólogo y responsable de salud mental de nuestros equipos en Níger. Junto a su homólogo nigerino, Yacouba Harouna, repasan en esta entrevista a dos voces cómo han cambiado las necesidades de salud mental de la población en los últimos años y la respuesta de MSF.

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Dodo participó en la apertura de las actividades de salud mental en la región de Diffa en julio de 2015 y regresó al proyecto en noviembre de 2016. Desde entonces, trabaja mano a mano con su homólogo nigerino, Yacoubou Harouna, para comprender y responder mejor las necesidades de la población. Dodo y Yacoubou repasan en esta entrevista a dos voces cómo han cambiado las necesidades de salud mental de la población en los últimos años y la respuesta de MSF.  

Tras empezar su intervención en Diffa, ¿cuándo decide MSF poner en marcha actividades de salud mental y por qué? ¿Cuál fue la estrategia en ese momento?

Dodo: MSF empezó a trabajar en Diffa a finales de 2014 para ayudar a los refugiados nigerianos y a los desplazados internos que huían de los combates entre grupos armados no estatales y las fuerzas armadas de los países de la región. En ese momento, la situación humanitaria era crítica dado el desplazamiento masivo de civiles que llegaban prácticamente sin nada y que, en su mayoría, habían padecido la violencia del conflicto. El impacto psicológico sobre la población era evidente y, en julio de 2015, MSF decidió brindar atención en salud mental con el objetivo tanto de aliviar el sufrimiento psicológico de estas personas como de fortalecer sus mecanismos para afrontar esta situación.

Yacouba: Para ello, hemos desarrollado una serie de actividades dentro de las estructuras de salud que apoya MSF, que incluyen consultas individuales, grupos de conversación y sesiones psicoeducativas, es decir sesiones colectivas durante las cuales trabajamos formas concretas de afrontar los cambios que ocurren en nosotros y en nuestro entorno. Dada la alta movilidad de las personas en el área, tratamos de tener el máximo impacto desde el primer contacto porque no siempre sabemos cuánto tiempo podemos acompañar a la persona en su proceso de recuperación.

¿Cómo se evalúan actualmente las necesidades en salud mental? ¿Ha evolucionado la intervención?

Dodo: A pesar de una aparente calma debido a la disminución de los desplazamientos masivos, la situación actual sigue siendo muy tensa, con incidentes de seguridad periódicos que continúan causando víctimas civiles.

Además, el hecho de que las actividades económicas se vean parcialmente limitadas por el estado de emergencia reduce las posibilidades de reconstruir y reanudar un estilo de vida normal, haciendo que las personas dependan en gran medida de la asistencia humanitaria.

Yacouba: Todo esto provoca una gran inseguridad y angustia en las personas que viven en la zona –desplazados, refugiados o población local– de ahí la necesidad de mantener las actividades de salud mental por darles apoyo psicológico.

Además de las actividades en lugares fijos, recientemente hemos puesto en marcha una estrategia comunitaria para llegar a las poblaciones más vulnerables. Así, gracias a los trabajadores de salud mental de la comunidad, hemos aumentado nuestra presencia en los emplazamientos de desplazados, en las escuelas, en los puntos de reunión (puntos de agua, por ejemplo), y así sucesivamente. Estos agentes organizan sesiones de sensibilización y psicoeducación directamente dentro de la comunidad para ayudar a identificar a más personas necesitadas y también asegurar el seguimiento de pacientes con visitas domiciliarias.  

¿Cuáles son los principales síntomas que estáis tratando en las personas desplazadas y refugiadas? ¿Son iguales en adultos y niños?

Yacouba: Verte obligado a dejar tu lugar de residencia y establecerte en un nuevo entorno por un período indefinido es muy desestabilizador. Las personas que experimentan una experiencia de exilio pierden todas sus referencias físicas, sociales y materiales. Deben partir de cero, volver a aprenderlo todo. En Diffa, es muy común encontrarse con antiguos pescadores o granjeros de las islas del Lago Chad, que tenían un estatus importante y medios y que, ahora, se dedican a hacer pequeños trabajos para otros o deben poner a trabajar a sus hijos en lugar de enviarlos a la escuela, y apenas ganan lo suficiente para sobrevivir.

Dodo: Esta ruptura, a menudo brutal, asociada con la situación de seguridad que es muy volátil y la falta de visión a largo plazo, causa trastornos psicológicos que se traducen con frecuencia en estrés post-traumático, nerviosismo excesivo, miedo permanente, estado de hipervigilancia, depresión y falta de apetito.

Además de estos síntomas, los adultos también tienden a desarrollar un sentimiento de culpa muy fuerte que conlleva un deterioro de su imagen y aislamiento. En los niños, vemos una regresión conductual. Así, vuelven a orinarse en la cama, no quieren jugar con otros niños, están demasiado apegados a la madre. Los adolescentes pueden involucrarse en conductas delictivas, en un intento de rebelarse contra la situación en la que se encuentran, rechazando cualquier forma de autoridad o sumiéndose en el consumo de drogas y alcohol.

¿Cómo se llega a esta población más joven?

Dodo: Aunque la situación es por supuesto la misma para todos, los niños y adolescentes son particularmente vulnerables porque están en pleno desarrollo cuando ocurren estos eventos traumáticos. Pero llegar a ellos y darles atención supone todo un desafío: en 2017, los niños constituían solo entre 8% y el 9% de nuestros pacientes. Es por eso que este año decidimos fortalecer nuestra estrategia para acercarnos al grupo de edad de entre 5 y 15 años.

Yacouba: Con este objetivo hemos implementado la estrategia comunitaria de salud mental. Yendo directamente a los lugares donde transcurre su vida, los trabajadores de salud pueden detectar niños y adolescentes que requieren asistencia. Dependiendo de la edad y los trastornos identificados, pueden derivarlos a actividades de estimulación (dibujos, danza, cuentos, juegos, etc.), a consultas familiares o grupos de conversación. Los trabajadores comunitarios también organizan sesiones de capacitación para padres, educadores y todos los que tienen autoridad para fortalecer su capacidad de detección en las señales de advertencia de los jóvenes. En poco tiempo, hemos visto una gran mejora. En abril, por ejemplo, los niños y adolescentes ya representaban más del 41% de nuestros pacientes (256 niños). Esto nos anima a continuar en esta dirección porque muestra que hay una necesidad real entre la población.