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07.11.2018

Sobrevivir a la violencia sexual, sobrevivir al recuerdo violento

Las historias de Bibiche, Pitshou, Mamie, Anny, Cécile y Bijou reflejan la violencia extrema a la que se enfrenta la población en Kasai Central, en República Democrática del Congo. Un 80% de nuestros pacientes han sido violados, pero la mayoría acudió a nosotros más de un mes después del ataque.   

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Estos testimonios siguientes se recopilaron en septiembre de 2018 en Kananga, la capital de la provincia de Kasai Central, en República Democrática del Congo. Allí brindamos atención a supervivientes de violencia sexual en el Hospital de Referencia de Kananga, ofreciendo asistencia médica y apoyo psicológico de calidad y de forma gratuita.

Entre mayo de 2017 y septiembre de 2018, nuestros compañeros atendieron a 2.600 víctimas de violencia sexual en esta ciudad. El 80% de las víctimas declararon haber sido violadas por hombres armados.

 

La gran mayoría de nuestros pacientes no buscaron atención médica hasta un mes (o más) después del ataque, generalmente debido a la falta de conocimiento sobre la existencia de servicios dedicados a la atención de casos de violencia sexual, pero también por la distancia que se debe recorrer para llegar al lugar donde ofrecemos atención médica en Kananga.

 

*Todos los nombres han sido cambiados para proteger a las víctimas.

 

Bibiche: “Me siento cómoda ahora”

Mi historia sucedió un martes del año pasado. Lo recuerdo como si fuera ayer: un grupo de hombres entró en la casa y destruyeron todo: las cosas de las casa y a nosotros también. Primero violaron a mi hermana pequeña, luego a mi cuñada, y después a mí.

 

En aquel momento no hablamos con nadie sobre lo que sucedió ni pedimos ayuda. Fue solo recientemente, un domingo mientras estaba en la iglesia, que escuché sobre la atención que se brinda a los supervivientes de violación. Una doctora había venido a hablarnos sobre una organización de médicos aquí en Kananga que atendía a supervivientes de violencia sexual, incluso si la violación había ocurrido hace un año. Una vez que escuché esto, mi esposo también me apoyó para ir al hospital. Me dijo que lo que había pasado no era culpa mía, y que necesitaba recibir tratamiento.

 

 

Por eso estoy aquí. Cuando vine por primera vez, los doctores me recibieron con una cálida sonrisa. Me sentí realmente bienvenida. Me dieron vacunas contra el tétanos, y me hicieron algunas pruebas.

 

Descubrieron que había contraído sífilis. Mi esposo también tuvo que recibir tratamiento y ahora está en fase de seguimiento. Desde que comencé a recibir atención, todo ha ido bien. Me siento cómoda ahora. Como y camino como debería. Hubo un tiempo en el que temblaba y me estremecía mucho. Incluso ahora, a veces, cuando escucho un movimiento repentino, me estremezco de miedo. Pero estoy mejorando.

 

Hace poco, mi cuñada también vino también a buscar atención, después de haber visto los cambios positivos que estaba experimentando yo. Mi hermana menor está en Lubumbashi. Ella se fue después de que todo sucediera y no regresará".

 

Pitshou: “Nos hicieron violar a las mujeres adultas de la comunidad”

 

Nota: los congoleños habitualmente llaman a las mujeres adultas ‘mamans’ (‘mamás’, en francés) incluso cuando no están relacionadas con ellas. El paciente que testifica usó esta palabra, como es común, pero no está hablando de su madre, sino de mujeres de su comunidad.

 

"Le dije al psicólogo que cada vez que cuento esta historia siento como si estuviera viendo una película en frente de mis ojos, en mi cabeza. ¿Una película o un sueño? La verdad, no lo sé. Lo que sí sé es que ahora, cuando me voy a dormir, puedo dormir mucho, más de 20 horas seguidas.

 

Sucedió en agosto, cuando regresé a mi pueblo. Algunos hombres armados vinieron a atacarnos. Creo que fue en 2017. No lo recuerdo bien, todo sigue siendo muy confuso para mí. Cruzaron el río hacía mi pueblo, y mataron a muchas personas. Hui junto con otros jóvenes,  pero en el camino fuimos capturados por otro grupo de hombres armados.

 

 

Nos llevaron con ellos de regreso al pueblo, donde nos torturaron y trataron como esclavos. Nos obligaban a ir a recoger agua para ellos. También tuvimos que hacer cosas más horribles que eso: nos obligaron a violar a varias de las ‘mamás’ de nuestro pueblo. Cuando digo ‘mamá’, me refiero a una expresión congoleña.

 

Ninguna de ellas era mi madre, no obstante, eran las madres de nuestro pueblo. Todos los jóvenes de la aldea fuimos obligados a hacerlo. Si alguien no lo hacía, era asesinado. No recuerdo bien, pero creo que tuve que hacerlo con seis o siete mujeres.

 

Cuando los hombres armados se fueron, las autoridades locales vinieron de Tshikapa para buscarnos, como si nosotros también fuéramos criminales. Hui con algunos de los otros jóvenes, pero nos dividimos en diferentes direcciones y comencé a caminar por mi cuenta. En ese momento no estaba trabajando porque 10 meses antes me habían operado de los riñones y todavía me estaba recuperando. Después de dos días comencé a sentirme realmente mal, como después de la operación.

 

Llegué aquí tres meses después que todo eso sucediera. No sabía si había cuidados especiales disponibles para alguien como yo. Pero escuché sobre MSF en la iglesia a la que voy a rezar, cuando un médico que trabajaba en el hospital vino a hablar sobre la atención gratuita que ofrecían allí.

 

Cuando llegué al hospital, los doctores y la psicóloga me proporcionaron cuidados.  Mis riñones me dolían mucho y en mi cabeza las cosas tampoco marchaban bien. Tuve que someterme a algunas pruebas y hablé con muchos psicólogos. Desde entonces, he estado tomando medicamentos y he notado algunos cambios: tengo menos dolor, pero todavía no estoy del todo bien. Siento que estoy en el buen camino para llegar a sentirme mejor, pero todavía no me siento completamente seguro. A veces me encuentro a mí mismo como si estuviera en un sueño”.

 

Mamie: “Me violaron junto al cuerpo decapitado de mi esposo”

“Estaba en casa cuando aquellos hombres armados llegaron y mataron a mi esposo. Lo decapitaron y robaron todas nuestras pertenencias. Fui violada en mi casa, junto al cuerpo de mi esposo, en presencia de mis hijos. Fue el año pasado, durante el periodo de violencia. Tenía cinco hijos. Mataron a tres, dejándome solo con dos. Violaron a mis tres hijas mayores antes de matarlas. Solo me quedé con los dos más pequeños: un niño de 12 años y una niña de 9.

 

Robaron todas nuestras pertenencias, se llevaron todo. Después, nos obligaron a salir, sin darnos tiempos a vestirnos. Estaba desnuda de cintura para arriba. Acababa de agarrar algo para cubrirme el pecho cuando nos obligaron a salir de nuestra casa.

 

Empecé a caminar con mis dos hijos hacia Tshikapa atravesando la maleza. No sabía a dónde nos dirigíamos, solo comencé a caminar. Tras llegar a Tshikapa, mis hijos se pusieron enfermos. Nos llevaron hasta una organización que nos ayudó y nos dio un poco de dinero.

 

 

Al tiempo, decidí regresar a Kananga, donde vivíamos junto con otras mujeres. Tomamos la carretera con la esperanza de encontrar una ruta de camiones con destino la ciudad. Mientras estábamos en el camino, antes de llegar a Kananga, nos enfrentamos a hombres armados. Una vez más, nos violaron. Eran tres.

 

Después de eso, nos escondimos para no ser violadas de nuevo. Pero empecé a sentirme mal. Cuando llegamos a Kananga, escuché acerca de Médicos Sin Fronteras, una organización que cuidaba a las mujeres, pero no sabía dónde estaban. Pregunté en los alrededores, pero la gente de la comunidad no quería ayudarme. Todos pedían dinero a cambio. Fue en la iglesia donde obtuve la información que necesitaba.

 

Antes de llegar al hospital estaba muy preocupada. Me sentía muy débil y tenía mucho dolor en la parte baja de mi abdomen. Mientras caminábamos en el monte y en la carretera, no tenía nada que comer, y lo que encontraba a veces no era suficiente. A veces, todo lo que conseguía era una bola de fufu [yuca] que dividía con mis dos hijos. No tenía dinero y la ropa que llevaba estaba desgarrada.

 

Cuando llegué al hospital, me dieron medicamentos y un doctor me examinó. Vieron que tenía VIH. Esto me preocupa mucho, porque me temo que no viviré mucho tiempo. Cuando vine aquí para obtener ayuda, dejé a mis hijos en la iglesia, donde a veces las personas vienen y te dan algo de comer. No sé cómo puedo proveer sustento para mis hijos, y eso también me preocupa mucho.

 

Anny: "Sentí que mi corazón se había roto, que se había dividido en dos"

Una mañana, a finales de marzo de 2017, aquellos hombres llegaron a Kananga con la intención de robar y a matar. Entraron a mi casa ese día y cuando vieron que no había nada que pudieran llevarse, amenazaron con matarme. Había cuatro de ellos. Decidieron violarme.

 

Estaba sola con mi hijo de 4 años. Mi esposo no estaba allí, estaba trabajando cerca de la frontera con Angola. Muchas veces pasaba meses esperando sola en casa a que regresara. Cuando estos hombres llegaron y me violaron, mi hijo se escondió en una esquina.

 

Tenía 45 años y seis niños. Tuve otros dos, pero murieron. Cuando llegaron aquellos hombres, cinco de mis hijos estaban con su abuelo en otra parte de la ciudad. Yo estaba en casa sola con el más joven.

 

 

Después del ataque, los hombres se fueron. No sé a dónde. Me quedé donde estaba. No podía comer ni beber. Sentí que mi corazón se había roto, que se había dividido en dos. Cuando preparaba comida para mis hijos (yo todavía no podía comer nada) y escuchaba alguna cosa caer, me estremecía y mi corazón roto latía muy rápido. Algún tiempo después, me enteré que mi esposo había sido asesinado en su camino de vuelta a casa, debido al conflicto.

 

Después, escuché sobre Médicos Sin Fronteras, y me enteré de que me podían ayudar. Pero antes de ir al hospital, algo más ocurrió. Fui a una aldea cercana con otras mujeres para comprar comida que luego podríamos vender en Kananga.

 

Algunos hombres nos detuvieron y nos pidieron dinero; al ver que no teníamos nada, nos violaron. Esta vez no era solo un hombre. Algunas de las mujeres lograron escapar, pero yo no. Me atraparon y me arrastraron a la maleza, donde me atacaron. Recuerdo que había alguien gritando cerca, mientras me violaban. Después, empecé a sentir mucho dolor en la parte baja de mi abdomen. No podía caminar bien, no podía comer y solo quería dormir.

 

Fue en la iglesia donde escuché sobre MSF. Varios miembros de su equipo vinieron para hablarnos sobre la violencia sexual y el cuidado que podrían brindar a las víctimas. Así que fui a verlos y me ayudaron.

 

Cécile: “Asesinaron a mi marido. Luego violaron a mi hija y a mí”

Estaba en casa con mi esposo ese día. Aquello ocurrió durante el periodo de violencia y combates. Escuchamos gritos afuera y vimos a los vecinos llorando. "Creo que han matado a alguien", dijo mi esposo. Así que nos encerramos. No queríamos abrir la puerta. Varios hombres armados lanzaron gas lacrimógeno por la ventana para obligarnos a salir. Ocho personas entraron en nuestra casa. Amenazaron con matar a mi marido y trataron de obligarlo a violar a nuestra hija de 17 años. Se negó y lo asesinaron. Luego violaron a nuestra hija, y a mí.

 

 

Cuando se fueron, me escondí con mis hijos en el bosque que está junto al pueblo. No dormí ni comí. Durante un año, antes de venir a la clínica, me aterrorizaba la idea de tener VIH.

Cuando regresé a Kananga (mi padre estaba muy enfermo y decidí regresar con mis hijos) fui con MSF al hospital donde atendían a víctimas de violencia sexual. Me examinaron y me dijeron que afortunadamente no tenía VIH.

 

Bijou: “Un vecino me violó. Ahora estoy embarazada”

Un vecino nuestro me violó cuando estaba sola en casa. Tenía 16 años. Un voluntario de una ONG que colabora con MSF me llevó al hospital. Mi familia denunció el caso, pero mi atacante escapó a su pueblo, que está a pocas horas de Kananga.

Ahora estoy embarazada. Consideraba que este hombre era mi amigo, o un hermano mayor que vivía en nuestro vecindario. Nunca hubiera imaginado que él haría algo así. Ahora no puedo comer y me siento muy débil.

 

 

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