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17.03.2016

"Tengo un techo sobre mi cabeza y buena gente a mi alrededor. Es mejor que vivir bajo las bombas"

Durante los últimos cuatro años, Najah una mujer siria de 59 años, ha vivido refugiada con su hijo Ahmad en Al Minieh, al norte de Líbano. A veces se siente muy sola; no logra acostumbrarse a no tener a sus otros ocho hijos a su lado, tampoco soporta no ver a sus 13 nietos jugando entre sus piernas, ni a toda la familia junta alrededor de una mesa durante las comidas en la que era su casa.

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Los niños y los nietos de Najah hoy están dispersos en siete países y tres continentes -desde Siria hasta Turquía, Irak, Austria, los Países Bajos y Australia- aunque ella aún sueña con el día en que todos se reunirán de nuevo.

"La última vez que estuvimos juntos fue hace cuatro años, en mi casa en Alepo", dice Najah. "Recuerdo a mis hijos en el Día de la Madre, dándome regalos. Realmente extraño mucho estar sentados todos juntos alrededor de la misma mesa".

Nacida en Idlib, la primera vez que Najah dejó Siria fue poco después de casarse. Ella y su marido, Nuhad, viajaron a Kuwait para comenzar una nueva vida. Allí vivieron durante 14 años, y allí tuvo a siete de sus hijos. La Guerra del Golfo en 1991 les obligó a regresar a Siria.

La siguiente vez que Najah tuvo que dejar su casa fue en octubre de 2012. Esta vez no tenía otra opción. "No quería dejar mi país, pero la situación era tan mala que pensé que lo mejor sería irse por un tiempo. Nunca imaginé que ese tiempo fuera tan largo”, explica Najah.

Hizo una pequeña bolsa de viaje con algo de ropa y junto a su hija Shaimaa y su hijo Ahmad se dirigió al vecino país de Líbano.

"Creí que la crisis no duraría más de unos meses", afirma Najah con voz resignada. "En mi bolso sólo empaqué ropa de invierno, con la esperanza de que estaría de vuelta antes del verano. Por aquel entonces, todavía tenía esperanza".

Su marido, Nuhad, se unió a ellos, pero regresó a Siria para cobrar su pensión, lo que habría sido suficiente para cubrir sus gastos de vida como refugiados en el Líbano. Najah no ha sabido nada de él desde entonces. Además de la lógica preocupación por la suerte que habrá corrido su marido, está consternada porque no sabe de dónde sacará los 400 dólares que le piden para renovar los permisos de residencia que les permiten a ella y a Ahmad quedarse en el Líbano. Debido a las restricciones impuestas por las autoridades libanesas a los refugiados, Ahmad no puede conseguir trabajo ni viajar libremente por el país.

Por si fuera poco, Najah también tiene sus propios problemas. Desde hace meses, está recibiendo tratamiento para la hipertensión en la clínica de MSF en la ciudad de Al-Abda, y recientemente fue diagnosticada con diabetes. Ella sostiene que sus padecimientos crónicos y su estado mental son consecuencias del dolor que ha experimentado en los últimos cuatro años, pero está satisfecha con la atención que está recibiendo, tanto médica como psicológica.

"Los médicos de aquí no sólo me atienden y rellenan mis recetas, también me dan apoyo moral y consejos para poder hacer frente a las enfermedades y gestionarlas adecuadamente", dice Najah.

A pesar de sus preocupaciones, Najah sonríe a menudo. A veces visita a familiares o vecinos y disfruta de la oportunidad de tener noticias de sus hijos y nietos. Se considera afortunada por tener buenas personas a su alrededor y por haber escapado de las bombas en Alepo.

"A pesar de las difíciles condiciones y desafíos que estoy enfrentando en el Líbano, todavía doy gracias a Dios por tener un techo sobre mi cabeza y buena gente a mi alrededor", dice Najah. "Es mejor que vivir en el terror continuo de los bombardeos".

Najah sueña con volver a Siria, pero dice que no culparía a sus hijos si decidieran no regresar. "Después de todo, cada uno tiene una nueva vida ahora" dice ella.