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19.05.2016

El concepto de refugiado, en riesgo por el acuerdo UE-Turquía

Médicos Sin Fronteras insta a los gobernantes europeos a cancelar el pacto.

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Estamos ante el mayor desplazamiento de población al que ha asistido la humanidad en décadas: más de 60 millones de personas se han visto obligadas a huir desesperadas, a abandonar sus hogares debido a la guerra, la pobreza y la opresión y a escapar de lugares como Siria, Afganistán, Irak, Somalia o Eritrea. Solo un pequeñísimo porcentaje de estos hombres, mujeres y niños desesperados han arriesgado sus vidas emprendiendo un peligroso viaje en embarcaciones abarrotadas para llamar a las puertas de Europa. Ante esta crisis, los líderes europeos tenían elección: podían optar por trabajar conjuntamente para brindar protección y ayudar a quienes lo necesitaban, o podían rechazarlos y escoger por enviar a estas personas a otros países donde los europeos no pudieran ver su sufrimiento y los líderes de la UE pudieran ocultar más fácilmente su vergüenza. Por desgracia, han optado por esta segunda opción.

El acuerdo entre la UE y Turquía, firmado el pasado mes de marzo, compensa económica y políticamente a Turquía por evitar que la gente llegue a las costas europeas y aceptar a personas deportadas de los miserables campos de detención de Grecia. Para Médicos Sin Fronteras (MSF), este acuerdo obsceno y cruel marca una abdicación histórica de las responsabilidades morales y legales de Europa de proporcionar asilo a quienes se encuentran en una situación de extrema necesidad.

Aunque, lamentablemente, externalizar la gestión de la migración no es nada nuevo, nos encontramos ante el intento más organizado y colectivo jamás realizado bajo la desalmada lógica de rechazar a la gente en lugar de acogerla. Con este acuerdo, Europa y España sientan un peligroso precedente para el resto del mundo al dar a entender que los países pueden comprar una vía de escape para no proporcionar asilo. Si otros Gobiernos siguen el camino marcado por la UE y sus estados miembro, el sistema y la noción de refugiado de los que nos dotamos, y que los países ratificaron, dejarán de existir. Será un paso de gigante aterrador y dramático hacia un mundo más inhumano con los más desafortunados.

Las personas quedarán atrapadas en zonas de guerra sin poder escapar para ponerse a salvo y no tendrán otra opción que quedarse y morir. Y ejemplos no faltan como hemos visto hace unos días cuando el bombardeo de un campo de desplazados próximo a Idlib, en Siria, se saldó con la muerte de, al menos, 28 personas. Este ataque puso de manifiesto de forma trágica que los llamados espacios seguros dentro Siria no son una alternativa viable.

A través de este acuerdo, los líderes de la UE han tomado un camino que debería plantear serias dudas entre los ciudadanos de la próspera Europa. En el año 2016, ¿Quién sigue considerándose humano? ¿Qué vidas importan? ¿Qué ha sido de la empatía? ¿Dónde está la solidaridad ante la angustia y la desesperación de aquellos cuyas vidas han quedado hechas añicos? ¿Nos acercan estas decisiones a un mundo más parecido al soñado por las ideologías totalitarias de la Europa del siglo XX que al propuesto con la creación de la Comunidad Europea?

Son preguntas urgentes que también nos planteamos en organizaciones de ayuda humanitaria como la nuestra. En MSF llevamos prestando ayuda a refugiados y migrantes en Europa desde hace más de 15 años. Insatisfechos con las medidas de disuasión que han llevado a cabo hasta ahora: vallas de alambre de espino y concertinas, perros en la fronteras y construcción de muros cada vez más altos; los líderes europeos han recurrido finalmente a prostituir los conceptos de ayuda humanitaria y cooperación al desarrollo para ponerlos al servicio del control fronterizo, y para utilizarlos para aumentar el sufrimiento de aquellas personas a quienes se supone que tienen como objetivo ayudar.

Además de traicionar el principio humanitario de proporcionar ayuda exclusivamente en función de la necesidad y sin condiciones políticas, el acuerdo entre la UE y Turquía convierte esta ayuda en instrumento de la deslocalización del sufrimiento al enviar este hacia otro destino lejos de las costas, de los ciudadanos y de los medios de comunicación europeos. La ayuda humanitaria debe ser independiente del acuerdo político y debe ofrecerse a quienes la necesitan desesperadamente. En ningún caso puede depender de cuántas personas llegan a la UE desde Turquía.

Europa está dispuesta a emplear miles de millones de euros para poner en práctica este acuerdo, lo cual plantea un dilema en la comunidad humanitaria: ¿Deben las organizaciones de ayuda brindar asistencia como parte de este plan quedando al servicio de la misma política antihumanitaria que tiene como objetivo final mantener a las personas alejadas de suelo europeo?

Desde luego, existen necesidades indiscutibles en Turquía, un país que ya se enfrenta a una situación en la que debe ofrecer una protección efectiva a casi tres millones de refugiados dentro de sus fronteras, pero la ayuda no puede reducirse a una simple moneda de cambio político. Los refugiados no son mercancía que pueda comprarse o venderse, y los gobernantes de los 28 estados miembro de la Unión no pueden rehuir, ni colectiva ni individualmente, su responsabilidad de proporcionarles protección. En lugar de enviar a la gente de vuelta al peligro, Europa debería utilizar sus considerables recursos para acoger y proteger a las personas necesitadas en lugar de pagar a Turquía para mantenerlas alejadas.

Hace unas fechas hemos celebrado el Día de Europa. Los líderes europeos tienen ante sí una magnífica oportunidad para, en deuda con los principios que alumbraron el nacimiento de la UE, cancelar un acuerdo del que ya nos avergonzamos los europeos y por el que nos juzgará la historia.

Dr. José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras