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04.05.2020

Acompañar hasta el final: la misión más humana frente a la COVID-19

“Ya no hay estrategia ni táctica. Los momentos se cuentan en miradas, en manos que sostienes, en caricias que calman el miedo, también el mío. Entramos en una intimidad indescriptible. Nunca seré capaz de contarla”, relata nuestra compañera Ximena Di Lollo tras una de sus visitas a residencias.

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Por Ximena Di Lollo, coordinadora de atención a mayores en residencias de las operaciones de MSF contra la pandemia de COVID-19 en España

El trabajo en las residencias consiste en asesoramiento sobre cómo afrontar un alto número de enfermos de COVID-19 dando herramientas y formación a su personal, por ejemplo, en el manejo de equipos de protección personal o higiene, y diseñando los circuitos para reducir el riesgo de propagación del virus. Es decir, realizar un rediseño del espacio para que las personas positivas de Covid-19 y los casos asintomáticos permanezcan en áreas separadas. Además de redefinir las dinámicas y movimiento tanto del personal como de residentes para que no haya riesgo de contagio entre unos y otros. A principios de abril, Di Lollo y su equipo recibieron la llamada de una de las primeras residencias que habían visitado porque la situación de los residentes había empeorado.   

Pido a mi compañera enfermera que venga conmigo, que los mayores más graves se han quedado solos y tenemos que ir a ver cómo se encuentran.

Al llegar a la residencia hay una pequeña transición -un momento extraño en el que el mundo se para- antes de pasar de un lugar a otro. Un momento que dura el tiempo de ponerte el traje de protección, los guantes y subir las escaleras.

Entonces, caes en la cuenta, no hay reloj, no hay teléfono, no hay plan que sea más importante que el de ser y estar ahí, en ese preciso momento, como si nada más existiera.

El objetivo ya no son los planes que tenías como responsable de equipo de residencias. Crear un modelo de intervención sanitaria para residencias con la mayor capacidad y el mayor impacto posible y que pudiéramos aplicar a otras zonas del país para salvar todas las vidas posibles.

El objetivo, como digo, deja de ser ese. Y se humaniza. Lo hace a una velocidad increíble: tiene cara, ojos, miedo, desasosiego y desorden. Y nosotras humildemente empezamos a realizar nuestro trabajo. Primero a ordenar y ordenarnos. ¿Quién es quién? ¿Dónde está cada uno? ¿Cuál de todos, de los veinte que están en esta residencia, necesita ser atendido con más urgencia? ¿Cuáles han muerto?

 

Con más orden, gracias sobre todo al perfeccionismo de mi compañera, empezamos la visita. Ya no hay estrategia ni táctica. Los momentos se cuentan en miradas, en manos que sostienes, en caricias que calman el miedo, también el mío. Entramos en una intimidad indescriptible. Nunca seré capaz de contarla.

Los ojos cerrados de la Laia se abren cuando escucha la voz de su hijo al teléfono. No es capaz de hablar pero su rostro revive, como si los pequeños capilares que cruzan su piel trasparente se llenaran súbitamente de sangre y oxígeno. Salimos todos de la sala, intentamos, en la medida de lo posible y en estas circunstancias, crear un espacio lo más sereno e íntimo posible. Solo alguien se queda para sostener el teléfono. Toca decir a hijos, esposos, sobrinos y nietos, lo más amablemente que podemos -tal y como Carme y Cristina, compañeras de MSF, medica especialista en paliativos y la psicóloga, respectivamente, nos han enseñado- que esta puede ser la única oportunidad de decirles a sus seres queridos lo que necesiten, que no importa si alguno no contesta, que no se preocupen por las palabras, que aprovechen este momento único.

Muchos de ellos se aferran a nuestras manos como si fueran las de quien está del otro lado de la pantalla del teléfono. Otros dicen que están bien, que los que están cansados son sus cuidadores y algunos, increíblemente, logran mantener una conversación. En todos sin excepción hay un cambio imperceptible a simple vista pero que llena el ambiente de algo parecido a la luz o, sea lo que sea que es, se parece a la luz.

Las confesiones de miedo, las preguntas por sus compañeros, los pedidos de un vaso de agua, el abrazo que me da la mujer más dulce que haya conocido jamás en un pasillo, las voces llenas de amor de los adioses, la gratitud por la vida, las promesas de reencuentros se mezclan dentro de mí de un modo extraño.

Estos momentos honorables a los que asistimos firmes y rotas al mismo tiempo, tristes pero honradas, me recuerdan a mi primer día en la facultad de medicina, cuando un profesor muy serio nos dijo: “Sanar, sanareis a algunos; pero vuestra verdadera misión será acompañar en la vida y en la muerte, con el mayor respeto del que seáis capaces”, y así ha sido.