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14.10.2020

La COVID-19 empeora una grave crisis de salud mental en el mayor campo de refugiados de África

En el campo de Dadaab (Kenia), cientos de miles de somalíes han estado atrapados durante décadas. La mezcla de desesperación, ansiedad y miedo, combinada con nuevas incertidumbres a causa de la pandemia, está obligando a los refugiados a tomar medidas extremas.

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Médicos Sin Fronteras dirigimos una clínica de salud mental como parte de nuestro hospital de 100 camas en el campo de Dagahaley, uno de los tres que componen el campo de refugiados de Dadaab. La clínica brinda tratamiento médico a pacientes con diversas enfermedades mentales, como depresión, esquizofrenia, trastornos de la personalidad y de ansiedad.

Somos testigos de un dramático deterioro en la salud mental de los residentes del campo. En Dagahaley, el número de intentos de suicidio está aumentando y las consultas psicosociales han aumentado en más del 50% con respecto al año pasado, durante el mismo período hasta septiembre, de 505 a 766. En los últimos dos meses, cinco personas han intentado suicidarse en el campo, dos con resultados fatales.

Muchos refugiados en Dadaab ya estaban frustrados por la falta de progreso en la búsqueda de soluciones duraderas. Ahora se enfrentan a la nueva situación de COVID-19, donde la escasa asistencia humanitaria de la que dependen se ha reducido aún más en medio de la preocupación de los donantes por la ampliación de las brechas de financiamiento. El Programa Mundial de Alimentos se ha visto obligado a recortar las raciones de alimentos en un 40% y muchos otros organismos han reducido drásticamente su presencia, interrumpiendo gravemente el acceso a los servicios básicos.

Estos recortes en las raciones de alimentos, junto con la falta de empleo remunerado y una incertidumbre constante sobre el futuro, han creado una nueva crisis de salud mental.

En agosto, el hijo de 24 años de Haret Abdiramán se suicidó en el campo de Dagahaley, después de lo que él dice fue una vida sin perspectivas de futuro. “A pesar de terminar su educación secundaria, siguió hablando de lo difícil que era para él la vida en el campo sin trabajo. A menudo decía que deseaba poder quitarse la vida, pero nunca pensé que realmente lo haría".

 

Sin soluciones duraderas a la vista

“La COVID-19 ha puesto fin a las pocas posibilidades que tenían los refugiados de escapar de sus vidas indignas en los campos, agravando la angustia mental de muchos que no tenían nada más que la esperanza de aferrarse”, dice el coordinador de nuestro proyecto para Dadaab, Jeroen Matthys. "Estamos viendo una oleada de desesperación en el campamento".

El número de refugiados reasentados desde Kenia ya se había reducido a un mínimo incluso antes del COVID-19; ahora se ha detenido casi por completo. Regresar voluntariamente a Somalia, donde la inseguridad es generalizada y el sistema de salud está profundamente afectado, no parece una alternativa para la mayoría de los residentes de los campos. En agosto de este año, ACNUR no había informado de retornos de Kenia a Somalia. La promesa de integración local para los refugiados también se ha disipado gradualmente a medida que las iniciativas para extender los servicios estatales a los refugiados siguen estancadas.

La COVID-19 ha dificultado mucho la búsqueda de soluciones sostenibles, pero nunca ha habido acciones muy claras y sólidas para los refugiados de Dadaab. Una serie de compromisos, desde la Declaración de Nairobi de 2017 sobre los refugiados somalíes, que buscaba una solución regional a una de las crisis de refugiados más antiguas del mundo, hasta las declaraciones de apoyo en el primer Foro Mundial sobre los Refugiados, han fracasado. El poco progreso que se había logrado en la expansión de las oportunidades de educación para los refugiados ahora se ve socavado por las interrupciones fruto de la COVID-19.

 

Una paciente espera su turno de consulta en el campo de Dadaab, Kenia.

Fauzia Mohamed, de 30 años, llegó al campo con su familia en 1992, cuando apenas tenía dos años. Ha vivido en el campo desde entonces. Lamenta la nube de incertidumbre que ensombrece sus vidas. “¿Cómo puedes permanecer en un país durante tres décadas, sin saber a dónde perteneces? Sigues siendo un refugiado sin perspectivas. Tiene un impacto aún mayor en los muchos jóvenes de este campo, que están sufriendo económica y socialmente. La tasa de desempleo es muy alta en el campo, pero si se pudieran eliminar las restricciones de movimiento, las condiciones de vida de los refugiados realmente podrían cambiar".

Para la mayoría de los refugiados somalíes que no han conocido más que una vida en los campos, las soluciones duraderas han llegado a parecerles frustrantemente esquivas e inalcanzables. Los refugiados de Dadaab enfrentan la perspectiva de una cadena perpetua en uno de los lugares más duros del mundo. Esperar aquí sin cambios a largo plazo y las esperanzas que se desvanecen rápidamente de una vida libre de las humillaciones diarias del campo están teniendo consecuencias devastadoras en su salud física y psicológica.

 

Aún más incertidumbre por la COVID-19

La COVID-19 puede empeorar mucho las condiciones de vida en estos campos, ya que las preocupaciones por los refugiados de Dadaab pasan aún más a un segundo plano dentro de las prioridades de los donantes. Al mismo tiempo, la crisis económica fruto de la pandemia han disminuido en gran medida las ayudas que provenían del extranjero. Las secuelas de la COVID-19 probablemente asestarán un duro golpe en esta población, y los kenianos marginados no se salvarán. Pero los refugiados, incluso aquellos que tienen acceso a algún tipo de asistencia humanitaria, siguen siendo extremadamente vulnerables y el más mínimo impacto corre el riesgo de cambiar sus vidas por completo.